Todos los días de mi vida trato de entender cómo es posible que nos matemos unos a otros, que nos odiemos tanto sin conocernos, que emprendamos guerras inimaginables contra nosotros mismos, que nos autodestruyamos de una manera tan violenta y radical.
El tema de las persecuciones que han sufrido los judíos a lo largo de la historia, y de su punto más alto y monstruoso durante la Segunda Guerra Mundial, me atormenta; y ese tormento se hace aún más profundo cuando pienso en ese pueblo que tanto ha sufrido y que hoy es protagonista de otro de los episodios más dolorosos de nuestra historia: el conflicto entre Israel y Palestina.
¿Acaso si he sufrido mucho no debo comprender aún más el sufrimiento del otro y ser incapaz de no compadecerme? ¿Cómo es que permitimos que el mundo siga como si nada cuando ya fuimos testigos silenciosos del casi exterminio de un pueblo y hoy vemos a otro luchando por el simple derecho a existir?
Qué bárbaros somos. A veces el silencio y la pasividad son los peores actores.
Al parecer, y lo reflejan muy bien las siguientes palabras de Amos Oz en su libro Una historia de amor y oscuridad, nuestras intenciones son muy bonitas cuando se describen en medio del sufrimiento, pero se tiñen de otros colores cuando la vida nos muestra la luz.
(Aparte del tema que estoy tocando, las siguientes palabras me dan escalofrío cuando las pienso en relación con esos que están dispuestos a que todo sea sangre con tal de conseguir el orden. Qué peligroso puede volverse quien impone el orden a como dé lugar: aún mucho más que aquel que causaba los disturbios.)
A los únicos que no temíamos mucho era a los alemanes. Recuerdo que en el 34 o el 35 yo era la única de la familia que seguía en Rovno, para terminar mis estudios de enfermería, en el 35 aún había bastantes entre nosotros que esperaban que llegase Hitler, decían que con él al menos habría leyes y disciplina, y cada uno sabía dónde estaba su sitio, que no importaba mucho lo que Hitler dijera, lo importante era que allí, en Alemania, había impuesto un orden alemán ejemplar y que la chusma temblaba ante él. Lo importante era que con Hitler al menos no habría tumultos callejeros ni anarquía; entre nosotros aún se pensaba entonces que la anarquía era la peor situación posible: la mayor pesadilla era que los sacerdotes empezaran un día a instigar en las iglesias diciendo que la sangre de Jesús volvería a ser derramada por culpa de los judíos y comenzasen a repicar sus pavorosas campanas, y los campesinos lo escucharan, se llenaran la barriga de aguardiente, cogieran las hachas y las horcas y empezara todo. Leer más










































































