Ojosdelalma
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  • December 1st

    Todos los días de mi vida trato de entender cómo es posible que nos matemos unos a otros, que nos odiemos tanto sin conocernos, que emprendamos guerras inimaginables contra nosotros mismos, que nos autodestruyamos de una manera tan violenta y radical.

    El tema de las persecuciones que han sufrido los judíos a lo largo de la historia, y de su punto más alto y monstruoso durante la Segunda Guerra Mundial, me atormenta; y ese tormento se hace aún más profundo cuando pienso en ese pueblo que tanto ha sufrido y que hoy es protagonista de otro de los episodios más dolorosos de nuestra historia: el conflicto entre Israel y Palestina.

    ¿Acaso si he sufrido mucho no debo comprender aún más el sufrimiento del otro y ser incapaz de no compadecerme? ¿Cómo es que permitimos que el mundo siga como si nada cuando ya fuimos testigos silenciosos del casi exterminio de un pueblo y hoy vemos a otro luchando por el simple derecho a existir?
    Qué bárbaros somos. A veces el silencio y la pasividad son los peores actores.

    Al parecer, y lo reflejan muy bien las siguientes palabras de Amos Oz en su libro Una historia de amor y oscuridad, nuestras intenciones son muy bonitas cuando se describen en medio del sufrimiento, pero se tiñen de otros colores cuando la vida nos muestra la luz.

    (Aparte del tema que estoy tocando, las siguientes palabras me dan escalofrío cuando las pienso en relación con esos que están dispuestos a que todo sea sangre con tal de conseguir el orden. Qué peligroso puede volverse quien impone el orden a como dé lugar: aún mucho más que aquel que causaba los disturbios.)

    A los únicos que no temíamos mucho era a los alemanes. Recuerdo que en el 34 o el 35 yo era la única de la familia que seguía en Rovno, para terminar mis estudios de enfermería, en el 35 aún había bastantes entre nosotros que esperaban que llegase Hitler, decían que con él al menos habría leyes y disciplina, y cada uno sabía dónde estaba su sitio, que no importaba mucho lo que Hitler dijera, lo importante era que allí, en Alemania, había impuesto un orden alemán ejemplar y que la chusma temblaba ante él. Lo importante era que con Hitler al menos no habría tumultos callejeros ni anarquía; entre nosotros aún se pensaba entonces que la anarquía era la peor situación posible: la mayor pesadilla era que los sacerdotes empezaran un día a instigar en las iglesias diciendo que la sangre de Jesús volvería a ser derramada por culpa de los judíos y comenzasen a repicar sus pavorosas campanas, y los campesinos lo escucharan, se llenaran la barriga de aguardiente, cogieran las hachas y las horcas y empezara todo. Leer más

  • November 28th

    Me sería difícil estar más de acuerdo:

    Lo malo de Trotsky, Lenin, Stalin y sus camaradas, eso pensaba tu abuelo, era que intentaron enseguida regular de nuevo de la vida según lo que decían los libros, los libros de Marx, de Engels y de otros grandes pensadores como ellos que tal vez conocían muy bien la literatura pero que no tenían ni idea de la vida, ni de la maldad, la envidia, el egoísmo, la perversidad y la alegría por el mal ajeno. ¡Nunca, nunca se podrá regular la vida por lo que dice un libro! ¡Ningún libro! ¡Ni nuestro Shuljam Aruj, ni las palabras de Jesús ni el Manifiesto de Marx! ¡Jamás! Además, nos decía siempre, sería mejor regular menos y ayudar más al prójimo e incluso algo de compasión. Tu abuelo creía en dos cosas: en la compasión y en la justicia… Pero opinaba que siempre había que unir las dos cosas: La justicia sin compasión es un matadero, no justicia. Por otra parte, la compasión sin justicia tal vez esté bien para Jesús, pero no para los hombres sencillos que comieron la manzana del mal. Así veía él las cosas: menos orden y más piedad.

    Una historia de amor y oscuridad. Amos Oz.

  • November 1st

    El mundo ya alcanzó los siete mil millones de personas. Nos multiplicamos nosotros y también se multiplican la desigualdad y la exclusión. Mientras tanto, existen muchos debates sobre cuál es el verdadero problema y cuál la solución: ¿Será que el mundo no está produciendo lo suficiente hoy ni será capaz de producir lo que van a necesitar los miles de millones de personas que llegarán al planeta durante el próximo siglo? ¿O será que, por el contrario, sí producimos lo suficiente y sí tenemos el espacio necesario (toda la población del mundo cabría, hombro a hombro, en el territorio de Los Ángeles, según la National Geographic), pero el problema es que eso que se produce está muy mal repartido y no le llega a la mayoría de la población mundial?

    Creo que el debate no es tan difícil, sino solo incómodo.

    Les comparto estas palabras de José Ignacio Torreblanca en su blog Café Steiner de El País, así como un video de la National Geographic que ilustra la situación demográfica en la que nos encontramos:

    El problema es la inequidad, una inequidad que se genera tanto en la política, puesto que el hambre es recurrente en los Estados autoritarios, frágiles o fallidos, como en unos mercados mal regulados que, bajo incentivos perversos, están encareciendo los alimentos vía la especulación con los precios (según el Parlamento Europeo, la especulación financiera es responsable del 50% del incremento de los precios de los alimentos).

  • June 26th

    “No habíamos experimentado ningún gozo sin pena, viendo a Viena deshecha y a los alemanes doblegados; no compasión sino una pena más profunda que se confundía con nuestra propia miseria, con la sensación pesada, inminente, de un mal irreparables y definitivo, omnipresente, anidado como una gangrena en las vísceras de Europa y del mundo, simiente de futuros males.”

    “¿Sabían lo que había ocurrido en Auschwitz, las matanzas silenciosas y cotidianas, a un paso de sus puertas? Si lo sabían, ¿cómo podían ir por la calle, volver a sus casas y mirar a sus hijos, cruzar el umbral de una iglesia? Si no lo sabían, tenían que escucharnos religiosamente, enterarse por nosotros, por mí, de todo y rápidamente: sentía el número tatuado en mi brazo gritar como una herida.”

    “Me parecía que todos habrían tenido que interrogarnos, leernos en la cara quiénes éramos, y escuchar con humildad nuestro relato. Pero ninguno nos miraba a los ojos, ninguno aceptó el desafío: eran sordos, ciegos y mudos, pertrechados en sus ruinas como en un reducto de voluntaria ignorancia, todavía fuertes, todavía capaces de odio y de desprecio, prisioneros todavía del viejo complejo de soberbia y de culpa.”

    La tregua. Primo Levi.

  • May 30th

    Hace ya algunos días un hombre que se lucha su trabajo todos los días y al que nada le sobra me dijo: “acabo de ayudar a una persona”. Me contó que esa tarde se habían quedado trabajando un poco más de lo acostumbrado en la oficina y que él le ofreció a su secretaria acercarla en el carro hasta una estación de metro. Me contó que cuando iban en el carro pasaron frente a un supermercado y él le preguntó a ella que dónde mercaba:

    - No, don Pedro*, yo no merco… Para mercar hay que tener mucha plata… Yo voy comprando cositas que necesito en la tienda…

    Silencio.

    - Ana*, ¿me acompañaría un momento que tengo que comprar algo aquí para no tener que volver hasta acá después?

    Ella dijo sí y él entró determinado al supermercado.

    - ¿Qué es lo que más les gusta comer a sus hijos? –le preguntó él.

    - ¡Ay, don Pedro! ¿Cómo así?

    - Sí, ¿por qué no les busca aquí algunas cositas y se las lleva esta noche?

    - No…Cómo se le ocurre…

    - Ana, haga un mercado y compre todo lo que les quiera llevar. Compre carne, compre lo que quiera.

    Entonces ella, avergonzada y nerviosa pero sabiéndose dentro de un momento único y dejándose llevar por su humanidad, empezó a echar cosas al carrito del mercado y a contarle a él que esto le gustaba a su hijo y aquello a su hija. Ella compró lo que quiso con los ojos aguados. Él la montó a un taxi para que pudiera llevar cómodamente las bolsas de un mercado que jamás había hecho.

    Él me dijo: “Yo sé que ella estaba feliz, pero te confieso, y estoy seguro de ello, que mi emoción era mayor. Lo que hice me hizo más feliz a mí que a ella. Y es una felicidad que me ha durado. Todavía la siento.”

    Esa noche ella llegó con la sorpresa a su casa. Al otro día le contó a él que su hija le había dicho: “Mami: tu jefe es un ángel”.

    Ese mercado seguramente les duraría unas dos semanas. Con toda seguridad no cambiará el hecho de que sigan comprando las “cositas que van necesitando” en la tienda y que, por ahora, no tengan cómo hacer un buen mercado. Pero sí cambió un día en la vida de una familia y, probablemente, cambió algo en el corazón de dos niños que han llegado a sentir hambre y que se han comparado con aquellos que no lo han sentido: probablemente se reemplazó algo de rabia con algo de agradecimiento; algo de resignación con algo de esperanza.

    *Nombres cambiados.

    *Tengo en mis manos las cartas que le escribieron esos dos hijos a ella en el día de la madre. Son unas palabras que no se le olvidan a uno nunca después de haberlas leído. Necesito pedir permiso para publicar aunque sea una. Es que deberían ser leídas por más personas.

  • May 25th

    Lo que siento cada segundo de cada día de mi vida, y eso que no he visto nada:

    No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

    La tregua. Primo Levi.

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