Que rompamos los ciclos

Estados Unidos está adaptando nuevamente edificios para que sus pilotos de guerra duerman y vivan en las bases militares que albergan los aviones portadores de armas nucleares, de manera que estén listos para despegar ante la temible orden del demente, impulsivo y caricaturesco Donald Trump.

Que volvemos a la época de la disuasión nuclear. Que otra vez hay que tratar de digerir que hay una gente –líderes del mundo– que está dispuesta a estallar desde el aire a poblaciones enteras, a mujeres, hombres, niños, viejos, familias, mascotas, animales salvajes, árboles, ríos y casas junto con todas sus historias; a que en segundos todo eso quede reducido a cenizas, quemaduras, amputaciones y enfermedades que persigan a abuelos, padres e hijos durante décadas. Gente que está dispuesta a seguir probando que el hombre es su propio peor enemigo, su mayor temor.

Uno esperaría que la historia realmente enseñara. Que el hombre, como un ser racional, se alejara de sus más grandes amenazas y se uniera como especie frente a ellas. Pero el ser humano insiste en crearlas y en dividirse para poder hablar de primeros, segundos y terceros lugares en las escalas del poder.

Ojalá no estemos condenados a estos ciclos mortales a los que nos someten esos hombres enfermos y hambrientos de poder, que se alimentan más de la guerra que del amor para llenar sus vacíos de humanidad. Ojalá la vida de las familias en distintos lugares del mundo esté marcada por la educación, la paz y la tranquilidad de una cotidianidad sencilla en el planeta que se nos prestó, y no por la aterradora espera de las bolas de fuego creadas por unos pocos hombres para destruir su propia casa.

Ojalá sepamos romper esos ciclos eligiendo sabiamente a nuestros líderes, pues son ellos quienes moldean nuestra historia. Ojalá no permitamos que nos manipulen para vendernos sus guerras, que nos matan a nosotros también.

 

Que nos duela el agua

Frecuentemente me duele el agua. Me duele entrar a un baño público y encontrar una canilla abierta. Me duele ver cuando alguien más está lavando los platos y cae el chorro durante minutos mientras esa persona conversa con alguien más mirando en otra dirección. Me duele que alguien eche una basura al inodoro y después tire de la perilla para vaciar varios litros de agua potable. Me duele ver nuestra preciosa agua cayendo a borbotones para lavar un carro. Me duelen las duchas interminables y las lavadas de dientes con el sonido del agua de fondo. Me duele ver una manguera abierta sin objeto. Me duele ver cientos de botellitas de plástico que hacen que lo que llevan dentro le salga aún más caro al planeta.

El agua nos debe doler. El mundo cambia un poquito si la próxima vez que seamos parte de una situación así –por nosotros o por alguien más– pensamos en que hay lugares –demasiados lugares– en donde los niños, las mujeres y los viejos caminan durante kilómetros cada día, descalzos, con poco alimento en el estómago y después tienen que regresar esa misma distancia cargando el peso de un agua demasiado costosa, para, aun así, beberla contaminada y, muchas veces, enfermar –y hasta morir– por eso.

Que nos duela el agua, que a nuestros hijos, desde chiquitos, les duela el agua.

 

Nuestra única casa

Ante la furia –o la tristeza y la desolación expresadas con ferocidad– de la naturaleza no podemos hacer nada. A pesar de los avances que hayamos alcanzado, nos informan que se vienen el viento y el agua enfurecidos y, aunque lo sepamos, solo nos queda esperarlos como el niño que se sienta en el rincón con la mirada baja porque se sabe culpable. Ahí sí estamos solos, ahí sí somos una misma humanidad capaz de reconocerse en los sentimientos comunes e incoloros del asombro y el terror, un grupo vulnerable de muñequitos diminutos con sus construcciones inútiles y expectantes ante el enojo de esa verdadera casa a la que no nos cansamos de golpear.

Esa casa enorme, llena de maravillas y gratuita en la que cabemos todos es la que, paradójicamente, valoramos menos y damos por sentada, la que menos cuidamos, la que dividimos según las pobres, ambiciosas e inhumanas ideas de los hombres, de manera que allí donde había espacio para todos, para compartir y enriquecer esas maravillas creadas por la casa sin pensar en las obsesiones de sus habitantes, pareciera que ya no cabe casi ninguno.

Entonces la casa no entiende y se entristece y se enfurece. Se pregunta qué les pasa a esos hombres si les diseñó y construyó desinteresadamente los más amplios y hermosos campos y mares y cielos y bosques, y después los llenó de árboles y flores y pájaros y mariposas y peces, y además permitió que crecieran frutos de todos los colores y sabores, y puso todo aquello a disposición de su creatividad y buenos sentimientos, contando y confiando en su supuesta racionalidad o, mejor, en su humanidad.

Lloran hoy los mares y los árboles y los pájaros y las nubes y los caballos y las montañas. Les hemos hecho daño. Y lo seguimos haciendo. ¡Pobres, están condenados a compartir una misma casa con nosotros, no tienen más a dónde ir! Y entonces lloramos también los hombres porque nos envuelven sus lágrimas, llenas de dolor y desilusión, colmadas de incertidumbre.

Se entristece y se enfurece nuestra casa cuando le agradecemos dividiendo y destruyendo sin pensarlo su majestuosa y única creación.

Es una sola, que no se nos olvide.

 

Diseñar la vida con un solo brazo

Fotografía de @AfshinIsmaeli.

Observé despacio, conteniendo el aire, la foto de un bebé al que le faltaba un bracito. La manga izquierda de su pijama rosada quedaba colgando y dibujaba, en su extremo, un agujero por el que no se asomaba la vida. Leí que Daniel, como lo pusieron los médicos en el hospital, pues nadie sabe de dónde salió ni dónde está su familia, fue encontrado en las ruinas de Mosul: que, después de que unos terroristas lo pusieran en media calle como una trampa (matando a tres soldados iraquíes que intentaron ayudarlo), un perro se le comió el bracito.

Daniel es un bebé y aún no tiene la capacidad de entender que su situación dista mucho de ser “la vida normal”, que no todos pasan por algo así. Pero, muy en el fondo, su inocencia y su dolor –su humanidad– lo deben sospechar.

Con suerte –o tal vez sin ella–, si Daniel sobrevive a este tiempo de guerra que se siente infinito (y esto es desde la distancia); si consigue salir de ese hospital y no ser el blanco de otra bomba, otro disparo u otra trampa; si crece sin familia en algún toldo de algún campo de refugiados de algún país que se haya dignado a ofrecer un terreno polvoriento e inutilizado a los que no tienen derecho a un rincón de mundo; si aprende a diseñar su vida con un solo brazo y recuerda su destino cada que sienta la falta del otro, posiblemente entre a hacer parte de ese torbellino de sinsentidos a los que el universo rechaza con insistencia y que se transforma en la base del odio y la violencia, desquitándose a su vez con ese universo.

A veces el sinsentido nace, sí, de los adultos en que se han convertido esos niños abusados, hambrientos, abandonados, faltos de amor, a los que se les dijo que eran menos que los demás, o de esos a los que un perro se les ha comido un brazo porque fueron dejados en la calle como trampas mortales de la estupidez de los hombres; pero, a veces, tantas tantas veces, el sinsentido, la base principal y poderosa de esa violencia, nace de quienes se han atribuido la potestad de gritarles a los anteriores que nacieron para menos, que no tienen rincón de mundo, nace de esos seres humanos que, desde la lejanía y la comodidad de un hogar calentito, se asquean con los abandonados por la suerte, con los obligados a diseñar su vida con un brazo, y escupen su ignorancia sin cesar.

 

Miedo al miedo

Ayer por la tarde pedí un Uber para ir a reunirme con unas amigas. Me recogió un hombre joven y, después de montarme en el puesto de adelante como ellos lo solicitan casi siempre, me sentí algo incómoda porque percibí una mirada intensa de parte de él y por su forma de hablar. Me puso conversación sobre el servicio de Uber y yo, que no sabía si me sentía segura o no, seguí la conversación evitando un poco su mirada, pero hablando con un ser humano que me estaba prestando un servicio y que lo había hecho todo bien. De pronto, me recomendó otra aplicación y me dijo que le parecía muy buena y segura, porque también los hacía sentir seguros a ellos como conductores, ya que a veces le pasaba que recogía a personas que le causaban ciertas dudas y se sentía intranquilo. Así que ya éramos dos. Me dijo, contándome un ejemplo, que hacía unos días le había tocado un hombre que lo había saludado “¿qué más niño?”, con el acento y la connotación que solo los paisas conocemos, y que él se había sentido algo extraño. Entonces, hasta ese momento, yo estaba intranquila en un carro por alguien que hablaba de una manera y que a su vez se sentía intranquilo en otro carro por alguien que hablaba de esa manera que yo percibía que él hablaba…

Pareciera que no tiene fin. ¿En qué momento empezamos a sentir desconfianza de todo y a tenernos miedo entre todos y a todo?

Somos seres humanos. Ojalá pudiera más el lazo de la solidaridad y de una esencia compartida, que el pánico que se nos ha metido por dentro y ahora parece tomar las decisiones por nosotros.

 

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias, y he decidido que entorno a eso tiene que girar mi vida.

Por eso ahora, a partir de mi experiencia de años planeando viajes y viajando, quiero ayudarles a otros a planear los suyos y compartir con ellos esa felicidad que produce explorar el mundo.

Ah, y pronto vendrá mi primer libro…

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre historias que me conmueven, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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