Ojosdelalma

November13th

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La masacre de El Salado, un pequeño corregimiento del Carmen de Bolívar en el departamento de Bolívar en Colombia,  es uno de esos episodios de los que cuando uno conoce más detalles siente que se trata de eventos surrealistas y de hechos imposibles ocurridos en un país creado para una novela de realismo mágico. Es la Colombia de la sangre, la Colombia real pero difícil de creer e inimaginable para quienes no están presentes en el día a día para ser testigos, así sea a través de las letras que se escriben como intento de dejar alguna memoria, de lo más bajo de una guerra interminable librada todos los días en los campos colombianos.

Cuando leí la crónica, publicada por la revista Semana, que les comparto a continuación a través del enlace no pude más que llenarme de asombro (ni que fuera la primera vez que oía, veía o leía  historias de barbaridades de tal magnitud) ante unos hechos tan atroces, tan crueles, tan inhumanos. Realmente, como si fuera una niña que oyera por vez primera acerca de la existencia de la maldad y de la guerra, me preguntaba internamente de dónde podrían salir las ideas, las palabras, la voluntad, la decisión, la unión de un grupo, las fuerzas para arremeter de manera tan definitiva contra una comunidad inocente e indefensa que tuvo que pagar con su sangre y con su memoria la fatal condena que le impuso el destino por haber nacido donde nació.

Me resulta absurdo pensar en que en mi mismo país, en lugares no tan lejanos de donde vivo tranquilamente mi vida, personas como yo, otros colombianos, se vean obligados a vivir bajo el imperio del miedo, la sangre y la muerte. ¿Quién soy yo para que, siendo colombiana y habitando estas mismas tierras, otro como yo ponga su cuerpo y su alma por mí? ¿Alguien, tan siquiera una persona, entiende lo que pasa durante estos episodios o entiende que el mundo entero no frene en seco y decida radicalmente hacer algo para impedirlos?

No hay palabras ni castigos suficientes para tratar de explicar o hacer justicia con lo que pasó en El Salado en febrero del año 2000. Nada puede borrar la sangre ni las imágenes que quedaron para siempre grabadas en la memoria de quienes sobrevivieron a unos días de infierno que acabaron con sus vidas, así sus nombres no hagan parte de la lista de muertos. La masacre de El Salado no tiene explicación.

Estos son algunos apartes de la crónica publicada por la revista Semana en su versión electrónica el 30 de agosto de 2008 (http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?idArt=114966):

Finalizaba la mañana del 18 de febrero de 2000, y un sol inclemente caía perpendicular sobre la plaza. En el piso yacía el cuerpo aún tibio de Luis Pablo Redondo, un maestro al que habían torturado y asesinado cruelmente. Lo hicieron frente a un centenar de pobladores que miraban estupefactos el espectáculo. Para empezar le quitaron las orejas con un cuchillo. Luego, lo apuñalaron decenas de veces entre las costillas y el vientre. Aún vivo, le pusieron una bolsa negra en la cabeza. Los gritos del atormentado se confundían con pequeños quejidos del público horrorizado. La voz del hombre se fue apagando y luego un tiro de fusil lo dejó todo en silencio. Ni siquiera los perros ladraron. El eco del disparo se sintió en todo el pueblo. La matanza había empezado. Y ahora Nayibis, apaleada en todo el cuerpo, estaba en el cadalso, atada al único árbol que le da sombra a la plaza, mirando de frente, con ojos despavoridos, la iglesia de la que hasta Dios había huido”.

 

 “Mientras tanto en el pueblo la inquietud crecía. Por una llamada telefónica alguien supo que el campero que salió de El Salado nunca había llegado a su destino en El Carmen. Luego empezaron a llegar campesinos que huían despavoridos de las veredas que los paramilitares estaban arrasando. Los habitantes de El Salado, llenos de pánico, se reunieron sin saber qué decisión tomar. Muchos emprendieron la huida sin pensarlo dos veces. Otros entendieron que el desplazamiento era inminente cuando vieron a los guerrilleros de las Farc corriendo en retirada. Habían perdido hombres, tenían varios heridos y estaban buscando refugio en el monte. Uno de ellos alcanzó a decirles a los habitantes de El Salado: ‘Corran, corran que vienen a acabar el pueblo’”.

 

Teresa Castro y David Montes, una pareja que a pesar de los infortunios parece feliz, fueron de los primeros que emprendieron la retirada. “En el camino a Arenas nos reunimos en un caney de tabaco como unas 100 personas. Los niños lloraban de hambre y sed. Queríamos devolvernos, pero cuando oímos los tiros y supimos que estaban matando a la gente en los caminos, nos tiramos al monte. Duramos dos días caminando sin nada que comer. Me desmayé y les pedí a los demás que siguieran. Pero no me dejaron, y al fin pudimos salir…El camino fue tan tortuoso, que Helen Margarita Arrieta, una niña de apenas 6 años, murió deshidratada mientras le imploraba a una vecina que le diera agua. Pero en esas tierras no había ni una gota de líquido. Sólo el inclemente calor de la Costa”.

 

“En medio de la zozobra por los disparos que se oían a lo lejos, pasaron las aproximadamente 200 personas que aún quedaban en el pueblo ese jueves 17 de febrero. La aparente calma se vino a romper el viernes a las 9 de la mañana, cuando de repente vieron el pueblo lleno de hombres armados. No hubo tiempo de huir. “Estamos en El Salado ¡no joda!. Salgan, partida de guerrilleros, que todo el mundo se muere hoy”, gritó uno de los paramilitares, y Leticia, que estaba en el lavadero, empezó a llorar porque desde ese momento supo que la tragedia tan anunciada ya era inevitable. La muerte se cernía sobre El Salado”.

 

Mientras tanto, un helicóptero que volaba bajito ametrallaba las casas del pueblo. En una de ellas murió destrozado por una bala Libardo Trejos, quien se escondía junto a varios vecinos, y cuya sangre bañó durante todo el día a una niña de 5 años, que desde ese día no ha vuelto a hablar ni se ha recuperado del trauma”.

 

“Las muertes se producían cada media hora. La gente estaba bajo el sol inclemente, de pie, viendo cómo se llenaba de cadáveres la plaza, y como los paramilitares festejaban su ‘hazaña’. Los paramilitares sacaron los tambores, las gaitas y los acordeones, y con cada muerto, hacían un toque. Era un ambiente de corraleja, donde las fieras tenían la ventaja y las víctimas estaban indefensas”.

 

“Al caer la noche, en la cancha yacían 18 cadáveres. El sol inflamó los cuerpos muy pronto y los cerdos, atraídos por la sangre, empezaron a devorarlos. Cuando los paramilitares dieron la orden de irse a dormir a las casas, muchos encontraron a sus familiares muertos en las calles o en los mismos ranchos. El número de víctimas ese día, sólo en la parte urbana de El Salado, ascendía a 38. Y en los alrededores ya llegaba a 28.

Esa noche nadie durmió, nadie comió, nadie bebió. Y nadie habló. El silencio sólo fue interrumpido por las cigarras, el viento que levantaba los techos y las voces de los paramilitares que patrullaron toda la noche. Lejos se oían de vez en cuando disparos y risas.

Al amanecer los paramilitares seguían allí. Parecía que la pesadilla nunca acabaría. Parecía que se hubiesen quedado para siempre. Entonces, mordiendo el polvo, la gente sacó mesas para poner sus muertos, abrieron la iglesia y arrumaron allí los cadáveres para salvarlos de los animales y del sol. Empezaron a cavar fosas en silencio, mientras los paras saquearon las tiendas y empezaron a beber y a bailar. Pasadas las 4 de la tarde se escucharon unos disparos al aire. Era la señal de la retirada. Empezaron a salir, borrachos, advirtiéndoles a los sobrevivientes que deberían irse y no regresar jamás.

A las 5 la gente pudo por fin llorar a sus muertos. Se abrazaban unos a los otros, gritando, revolcándose en el suelo de tristeza. Maldiciendo y pidiendo castigo. Los perros, que habían estado callados todo el tiempo, empezaron a aullar desesperados”.

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