Ayer por la noche estaba en el supermercado haciendo la fila para pagar, cansada después de haber trabajado todo el día, cuando, mientras esperaba, observé a las personas que iban delante de mí: una señora y un niño que vestían los chalecos para poder movilizarse en su moto, que en este caso es un medio de transporte y no una diversión, y que tenían unos cuantos productos en una canastica, lo necesario para llevar a la casa después de un día de trabajo que con seguridad tuvo muchas más horas de las que deberían ser.
Me quedé observando mientras la señora le pidió al niño que la ayudara a sacar las cosas de la canasta para ponerlas al lado de la caja registradora. El niño empezó a sacar una a una las cosas, despacio, mientras su madre observaba con cuidado, analizando si definitivamente las llevaría o si no eran tan necesarias como para gastar los contados pesos en ellas. El niño, de unos siete años y usando gafas para corregir su visión, sacó un sobre de un refresco en polvo y cuando lo fue a poner al lado de la caja su madre le dijo “no, eso no lo voy a llevar”, el niño le dijo “¿no?”, un poco extrañado al principio, pero inmediatamente comprensivo, cómplice de su madre en eso que se llama necesidad. Tomó el sobre y lo puso en otra canasta que había en el piso, y procedió a sacar el próximo producto: un pequeño paquete de chocolatinas Jet. La mamá lo miró y le dijo “eso tampoco lo voy a llevar”, el niño, sin expresión alguna, miró hacia arriba a su madre en silencio y luego bajó sus párpados mientras ponía el paquete de chocolates en el suelo sin decir una sola palabra, comprendiendo como un adulto que si su mamá no podía, no podía. La madre sonrió y le dijo “mentiras, mi amor, que esas sí las vamos a llevar”, a lo que el niño tampoco dijo mucho, sino que, con una tímida sonrisa, volvió a coger el paquete para ponerlo junto a lo que esa noche llevarían a casa.
Ella no tiene con qué comprar el jugo y decide ahorrarse esos pesos que servirán para otra cosa, pero sí le compra los chocolates a su hijito a como dé lugar. Ella le da gusto y luego lo verá sonreír cuando se coma sus dulces. Esa es Colombia.

