Este hombre se acerco a mí en el Parque Lleras, en Medellín, para hacerme una oferta que no pude rechazar. Llegó como cualquier vendedor pero sus palabras me hicieron mirarlo diferente. No me pidió que le ayudara, sino que me dijo: “Yo vengo a ofrecerle algo que le va a interesar porque lo que tengo es la felicidad. Aquí en mis postres y mis arepas rellenas de queso está la felicidad. Usted los compra, son deliciosos, y además ayuda a una fundación para la que yo trabajo que beneficiará en alimentos y transporte a otras personas necesitadas…”
“Aquí tengo la felicidad…”, estas palabras acompañadas de una sonrisa sincera supieron llegarme y decidí ayudarle a este hombre comprándole uno de sus paquetes de seis arepas rellenas de queso, y a cambio le pedí que me regalara una foto para conservar una imagen de ese momento. Él sonrió, le tomé esta foto y después me dio las gracias por mi colaboración.
Lo increíble es que una media hora después, cuando ya había guardado las arepas y mientras comía sentada en una mesa en la calle, observé a un hombre de unos 60 años que se acercó a uno de los meseros y le recibió unas papas fritas, las sobras de unas personas que se habían parado de otra mesa.
En silencio, con el corazón apretado, seguí observando lo que hacía el señor. Tomó las papas y un poco de salsa de tomate, y encartado con algunos collares que vendía en la calle, se paró cerca de un muro y, de pie, se devoró las papas a una velocidad y con una concentración que revelaban dolorosamente su hambre.
No pude contener las lágrimas ante la situación de ese hombre cansado al final de todo un día de trabajo, además un 28 de diciembre, con el estómago vacío y sufriendo por qué llevaría esa noche a su casa.
Cuando terminó de comer, se acercó de nuevo para entregarle el plato al mesero y yo, sin pensarlo mucho, lo llamé a mi lado y saqué las arepas. Se las entregué y le dije que eran unas arepas rellenas de queso para que compartiera con su familia.
El hombre me miró, sonrió y me agradeció desde el alma deseándome que Dios me bendijera. De eso estoy segura.
Realmente, en esas arepas que el primer personaje me había ofrecido con una sonrisa estaba la felicidad.


