Descalzo; con sus gafas de una sola pata; con una sonrisa que deja ver unos dientes desordenados y teñidos de sufrimiento, así como su vida misma; y oliendo a lo que huele quien ha dormido en la calle y no se ha bañado en días de eternos recorridos en busca de no morir de hambre, este hombre se acerca a mí para ofrecerme las pulseras de las que vive, para decirme que intenta venderlas con el único propósito de cerrar sus ojos esa noche sin haber dejado de comer.
Me cuenta que es de Cali pero que vive en Cartagena hace unos siete u ocho años; que está completamente solo en el mundo y que no tiene idea de dónde se encuentre su familia; que se la pasa descalzo recorriendo rincones para que alguien se apiade de su estómago vacío.
Veo un poco de rabia detrás de todo lo que me cuenta, pero aún así se le escapan varias sonrisas y sus historias de dolor se ven interrumpidas por chistes. Es un colombiano más de esos que abundan en nuestras calles, es un colombiano más que aún no pierde la esperanza.




