Al borde de la carretera llegando a Santa Fe de Antioquia me encuentro con un hombre y un niño que, como varias otras decenas –tal vez cientos- de campesinos de la zona, improvisan cada día con lo que pueden su pequeño punto de venta de frutas para, bajo el sol ardiente, tratar de antojar a quienes pasan en carro a toda velocidad y así poder conseguir esos pocos pesos que necesitan para comer ese día, para vivir.
El niño me sonríe mientras su padre, sudando, escoge los mejores mangos y los entrega dentro de una bolsa a través de la ventanilla de un carro. Son unos mangos menos que vender y solo unos pocos pesos que se han ganado. Pero para reunir lo suficiente para darle de comer a la familia ese día es necesario que, al ver ese pequeño quiosco, muchas otras personas lo perciban como algo más que una simple imagen del paisaje, disminuyan la velocidad y decidan comprar sus frutas allí.
Al otro día, la espera será la misma.







