En un hermoso pueblo colombiano, Santa Fe de Antioquia, se reúnen cada día decenas de vendedores a organizar cientos de coloridos productos de una forma tan creativa y meticulosa, que el resultado final –diariamente- termina pareciéndose a una postal, o quizá a la imagen de una novela de realismo mágico.
Me acerco para observar más en detalle cada una de las cosas que estas personas ofrecen puestas sobre mesas, colgadas, en el suelo; cada elemento ubicado en el justo lugar para contrastar de una manera indescriptible con los colores y las formas de todo lo demás.
Saludo a una niña vestida de morado y le pregunto por uno de esos dulces que solo en un pueblo colombiano se pueden conseguir. Ella, como hablando de un producto que conoce a fondo y que se ha convertido en parte esencial de sus días, me explica que ese dulce blanco es una panelita de coco y que es absolutamente deliciosa.
Eso no lo dudo. Los sabores colombianos, mezclados con la magia y la pasión que les infunden quienes los preparan, se quedan para siempre en el gusto y en la memoria de quien los prueban por primera vez.









