Escondida detrás de unas hojas verdes que había visto en innumerables ocasiones me encontré a la vida.
La descubrí ahí, quieta, tranquila, dando sus primeros respiros, maravillosa, frágil.
La verdad es que la esperaba desde hacía días, desde cuando vi que una madre había llegado con pequeñas ramitas para construir su hogar precisamente en el mío y para darle existencia a una vida que cuidaría con la suya.
Pasaron los días y esa madre esperaba, paciente, que la vida brotara en ese lugar al que ella jamás permitió que entrara el frío.
Después, cuando me di cuenta de que ella salía con más frecuencia, fue que descubrí a la vida en sus primeros instantes, cuando todavía no había visto el mundo que la recibía y solo podía esperar que una vida más experimentada se encargara de ayudarle a aferrarse a la existencia y de mostrarle el camino.
Vi cómo, con el pasar de los días, esa piel protectora de un nuevo cuerpo se fue llenando de plumas; cómo la madre llegaba a su nido a encontrarse con un pico abierto que recibía de ella sus fuerzas; cómo esa vida fue creciendo, se fue asomando y untándose del mundo; cómo, cuando se sintió listo, ese pequeño cuerpo que se veía tan frágil, alzó el vuelo y me dejó, melancólica y maravillada, observando qué seguiría en esa historia mágica que cuenta la vida cada vez.
Durante los dos días siguientes ese nuevo ser, que ya era un pajarito emplumado intentando conquistar el cielo, permaneció en los alrededores de ese nido en el que respiró por primera vez, esforzándose por alcanzar a su madre que lo esperaba en puntos más altos, y que, viéndolo chocarse contra los muros y mirar hacia arriba pidiéndole ayuda, le enseñaba que la vida no era tan fácil y que tenía que aprender por pasos, a veces a los golpes.
Una mañana, finalmente, ya no oí más ese insistente llamado que pedía ayuda –y que me partía el corazón- ni pude encontrar a ese ser al que había visto desde que parecía demasiado vulnerable para llamarse vida.
Pero sí, se trataba de una nueva vida y ahora había partido, libre, a descubrir un mundo inmenso en el que tantos no alcanzarían a imaginarse el complejo y mágico proceso por el que había pasado para encontrarse allí, volando por los aires y dueño, ahora, de características y capacidades que podrían parecer imposibles.
Fui testigo de algo hermoso. Creo que quien haya tenido la fortuna de estar allí para observar los mecanismos que tiene la vida –todo tipo de vida- para protegerse y sobrevivir debe mirar el universo de una manera diferente.
La vida es maravillosa y es frágil; no debe dejar de ser nuestra prioridad jamás.




