Ojosdelalma

July19th

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“Finalmente no dio tiempo para llevarla a la maternidad; hubo que llamar de la Hertastrasse, que quedaba allí cerca, a una antigua comadrona que ya sólo tomaba su maletín de vez en cuando. En el dormitorio, pues, nos ayudó a mamá y a mí a separarnos.

Vi pues la luz del mundo en forma de dos bombillas de sesenta vatios.

[…]

Y si en cuanto embrión sólo me había escuchado imperturbablemente a mí mismo y había contemplado mi imagen reflejada en las aguas maternas, con espíritu tanto más crítico atendía ahora a las primeras manifestaciones espontáneas de mis padres bajo la luz de las bombillas…conservo todas y cada una de aquellas palabras tan importantes ahora para mí, porque constituyen mis primeras impresiones…después de haber reflexionado debidamente sobre todo lo que había escuchado, decidí hacer esto y aquello y no hacer, en ningún caso, eso y lo otro.

- Es un niño –dijo aquel señor Matzerath que creía ser mi padre-. Más adelante podrá hacerse cargo del negocio. Ahora sabemos por fin para quién trabajamos.

Mamá pensaba menos en el negocio y más en la ropita de su bebé: -Ya lo sabía yo que iba a ser un niño, aunque alguna vez dijera que sería una nena.

Así tuve ocasión de familiarizarme tempranamente con la lógica femenina, y en seguida dijo: -Cuando el pequeño Óscar cumpla tres años, le compraremos un tambor.

Por un buen rato estuve reflexionando y comparando la promesa materna y la paterna. Mientras, observaba y escuchaba una mariposa nocturna que se había extraviado en el cuarto…lo que retuve fue el ruido que se producía entre la mariposa y las bombillas. La mariposa parloteaba sin cesar, como si tuviera prisa por vaciarse de su saber, como si no debiera tener ya más ocasión de futuros coloquios con las bombillas, como si el diálogo entablado con ellas hubiera de ser su última confesión y, una vez obtenido el género de absolución que suelen dar las bombillas, ya no hubiera más lugar para el pecado y la ilusión.

Y hoy Óscar dice simplemente: la mariposa tocaba el tambor…con el tambor se saca a la gente de sus casas, al son del tambor se la congrega y al son del tambor se la manda a la tumba.

[…]

Gritando pues por fuera y dando la impresión de un recién nacido amoratado, tomé la decisión de rechazar rotundamente la proposición de mi padre y todo lo relativo al negocio de ultramarinos, y de examinar en cambio con simpatía en su momento, o sea en ocasión de mi tercer aniversario, el deseo de mamá.

Al lado de estas especulaciones relativas a mi futuro, me confirmé a mí mismo que mamá y aquel padre Matzerath carecían del sentido necesario para comprender mis objeciones y decisiones y respetarlas en su caso. Solitario, pues, e incomprendido yacía Óscar bajo las bombillas, habiendo llegado a la conclusión de que aquello iba a ser así hasta que un día, sesenta o setenta años más adelante, viniera un cortocircuito definitivo a interrumpir la corriente de todos los manantiales luminosos; perdí en consecuencia el gusto de la vida aun antes de que esta empezara bajo las bombillas, y sólo la perspectiva del tambor de hojalata me retuvo en aquella ocasión de dar a mi deseo de volver a la posición embrionaria en presentación cefálica una expresión más categórica.”
El tambor de hojalata. Günter Grass.

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