En un quiosco playero de Aruba conocí a Juan. Juan era una langosta de colores vivos, grande y hermosa que resaltaba en el aire, colgada de sus antenas, que tenía agarradas uno de los encargados del servicio en ese lugar paradisíaco, un chico joven y alegre, y con un estilo tranquilo, muy típico de aquellos viven junto al mar.
El chico me vio mirar la langosta y me preguntó si quería tomarme una foto con ella, a lo que respondí encantada que sí. Llegó mi turno de tomarla por las antenas y fue en ese momento cuando aquel que me la entregó me dijo: “se llama Juan”. Encantada de ver que tenía a ese colorido y maravilloso personaje con nombre propio entre mis manos, y de comprobar que quienes lo cuidaban eran tan cariñosos como para ponerle un nombre, sonreí frente a la cámara e inmortalicé a Juan, en ese buen momento, junto a mí.
Después vino el momento de volver a entregar a Juan a su “dueño” y, sin saber aún por qué, me dolió la separación. Entonces fue cuando supe cuál era su destino. El chico que llevaba a Juan, con ayuda de otro como él, subió con una cuerda una jaula que estaba dentro del mar y en la que había otras langostas que no sabían lo poco que les quedaba de vida. La historia era esta: Juan había salido de esa jaula para estar todo el día en un lugar más visible y así antojar a los turistas pero, como no se había vendido, volvía ahora a ese pequeño espacio que lo dejaba ver su libertad sin poderla tocar y solo por poco muy tiempo más.
Cuando entendí todo no pude comprender cómo era posible que le pusieran Juan a esa hermosa langosta que iban a hervir tan pronto. Entonces me acerqué a la jaula y a los captores, tratando de disimular el nudo que tenía por dentro, y les pregunté si no les daba tristeza privar a Juan de su vida de libertad en el transparente mar de Aruba. El hombre que hacía los nudos en la jaula para asegurarse que las langostas no se salieran con la suya se volteó y me dirigió una mirada: “lo que hay que hacer es no mirar y listo”.
Tragué con dificultad y sentí unas ganas inmensas de nadar bajo ese muelle y deshacer esos nudos tan crueles que les aseguraban a Juan y a las demás langostas un destino tan trágico. No lo hice. Me sentí cómplice del fin de la vida de aquel a quien había cargado unos minutos antes y a quien creía haber inmortalizado en mi fotografía.
Hoy, cuando algunos defensores de las corridas de toros me dicen que si a uno no le gusta ver eso, lo que tiene que hacer es no ir para no ver, pero dejar que quienes disfrutan con el sufrimiento de un animal que, sangrante, lucha por su vida, me pregunto qué mundo tan maravilloso y diferente tendríamos si más personas sintiéramos un dolor real aun con aquello de lo que no somos testigos directos.
Siempre es bueno que seamos conscientes de que el hecho de que no veamos algo no quiere decir que esto no esté sucediendo ni que sea menos cruel o menos abominable.
No cerremos los ojos frente al dolor del mundo.





