Ojosdelalma

September29th

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Raíces en Bogotá y Cartagena, nostalgias de Buenos Aires, amigos en Nueva York y Madrid…y eso extraño que sentía por Cali. Pasiones desenfrenadas de Fanny Mikey por el mundo.


Esa que tarareaba “Volver” cuando aterrizaba en Buenos Aires. Esa que pintaba una línea en cada aeropuerto colombiano y tomaba de la mano a sus acompañantes para sacarlos del país en un instante. Esa que un amigo de su corazón describe como una mujer hermosa, una guerrera incansable, una que muchas mujeres fue. Esa que decía ser una elegida de los dioses, y que alguien que la amaba cuenta, algo tenía de ángel.

Esa que muchos piensan llegó de Argentina, pero que un compañero soñador cree que vino de las estrellas, del mundo de los duendes, del universo de las hadas, como una estrella fugaz que empezó a brillar por el Pacífico y se volvió a ir por ahí. Fanny de todos los colores y sabores; un alma con raíces esparcidas por el mundo, que pasó gran parte de su vida en un avión, uno que procuraba fuera muy colombiano para sentirse como en su tierra mientras estaba en el aire, mientras se alejaba llevada por esa pasión que era para ella ir a otros mundos a encontrarse con seres inimaginables.

Conocedora de todo tipo de destinos y amante de ciudades lejanas y opuestas, era distraída y se perdía si la dejaban sola, no por casualidad, sino por el asombro de los ojos de su alma que, deslumbrados, se embobaban con la gente y con la cultura del teatro. Eran los ojos de una mujer que amaba a la humanidad.

Para ella Argentina era como “Volver” para Gardel. Buenos Aires le sabía a tango, a vino, a trasnocho, a amigos de infancia, al mercado de antigüedades de San Telmo en donde se sentaba en el mismo café a tomarse un trago especial en hielo; le sabía a caminatas por la Recoleta, en donde empezó a hacer teatro y se reunía a solucionar el mundo con intelectuales; era su casa, familia, sangre, infancia, bohemia, cafés, corrientes de noche, tardes de tertulia y de mate; era la ciudad que amaba profundamente, a donde iba cuando se sentía necesitada de familia.

Dormía poco porque disfrutaba sin medida. Se quitaba el estigma de empresaria y se volvía porteña. Iba a Caminito y a su sitio preferido nacido del tango más famoso del mundo, La Cumparsita, donde se deleitaba con el espectáculo de grandes como Argentino Ledezma y Julio Bocca. Era la cuna de Pedro I., descrito como un hombre encantador, un tipo brillante, un loco apasionado, el eterno amor de su vida, ese del que se separó de cuerpo pero al que amó con el alma.

Y decía que daba todo por un amor, que prefería historias de desamor que no haber amado nunca. Dama soñadora e inagotable, hasta el último minuto demostró que nada era imposible. Soñaba con cantar tango pero nunca creyó poder, y en sus últimos meses, sin saber que lo eran, tomó clases y cantó en “Perfume de Arrabal y Tango”, en Cali pero sobre un tango… Evocando su ciudad natal desde esa otra que le dio una segunda vida, despidiéndose de la que le dio su existencia y de esa por la que entró al país que se convirtió en su ancla a este mundo.

Cali le enseñó la rumba, el calor, la salsa, Juanchito, el trasnocho, el sabor de la mujer colombiana, la fiesta del puente para allá; fue su inicio en el mundo teatral en Colombia, conoció a sus primeros amigos, encontró a sus grandes maestros; significó perseguir un amor, pero también el amor a un pueblo, a la música, a actuar en esa tierra que descubrió.

Por la selva de Buenaventura entró a un paraíso que jamás quiso abandonar. De ahí se fue a Bogotá, a esa que su Pedro I. le describió como la Atenas del teatro, y entonces ella la convirtió en eso, le entregó su vida. La transformó en cultura y teatros, la hizo menos aburrida, menos triste, se inventó un festival que cobijaba los cinco continentes y así la capital de Colombia se convirtió en capital de teatro del planeta.

Pero no se enamoró de una sola ciudad; Cartagena y las Islas del Rosario fueron su paraíso, donde se desconectaba del agite y tomaba ese ron Tres Esquinas que tanto le gustaba. En Cartagena, decía, se detenía el tiempo, el ritmo era de bolero: lento, tranquilo y sin afán; se fascinaba con las palenqueras, no pensaba en nada, oía vallenatos y se volvía cartagenera. A Islas del Rosario llegaba valiente sobre las verdes aguas del Caribe, así nunca hubiera aprendido a nadar, y allí leía, creaba nuevos personajes, hacía tertulias y salía diciendo que le tuvieran miedo porque se había quitado cuarenta años de encima.

Las calles del mundo la sorprendían con espectáculos, como cuando conoció la nieve al salir de una obra en Estocolmo. Nueva York y Madrid eran dos de sus lugares favoritos porque allí la recibían una gran oferta de teatro y, lo más importante, amigos del alma. A Nueva York iba a ver actuar a Al Pacino y en Madrid llegaba a la casa de su amiga Lucía, y era feliz amando el flamenco, la vida gitana, el Museo del Prado, la comida, la vida nocturna, el buen vino…

Y así, se hicieron realidad casi todos sus sueños, aunque no hablara inglés ni conociera un poco más de África. La imbatible luchadora mostró con cada latido de su corazón cuánto valía vivir ese instante, que ningún sueño era inalcanzable, que los amigos y la pasión movían al mundo; dijo que moriría sobre el escenario y con sus botas puestas, que actuaría hasta el último suspiro, y, de cierta forma, mágica como ella, lo hizo, actuó y cantó tango con las fuerzas finales, en su amada Cali, y después de eso no se paró más.

Fue su cuerpo el único que le falló. Su mente siempre estuvo lúcida. No ha muerto; su espíritu trasciende lleno de vida. Y ahora, esa parte física hecha cenizas reposa en sus Islas de Rosario y en Buenos Aires, y su alma no tiene que dividirse para verlo todo, sino que reina satisfecha entre los tablados del mundo, dueña de escenarios y creadora de personajes, en un nivel que solo ella, la reina del teatro que un poco tenía de ángel, jamás será olvidada por la pasión que movió su vida.

*Este artículo es un homenaje póstumo a Fanny Mikey que escribí para la revista Avianca en su edición No.43, en octubre de 2008. Lo publico en este blog para que quede una memoria digital a la que cualquiera pueda tener acceso.

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