En un atardecer de julio, en la playa Jericho de Vancouver, el cielo decidió volverse llamas y ofrecer un espectáculo más imponente que el planeado para ese día…Era la tarde que precedía la segunda sesión del concurso de fuegos artificiales sobre agua más grande del mundo y, en pleno verano, antes de la hora de inicio del show humano, el cielo tomó el protagonismo, incendió el escenario, soltó enormes cantidades de agua, desplegó sus propios fuegos (estos sí naturales) en forma de luces blancas que atravesaban el firmamento y opacó, como lo hace siempre la naturaleza, cualquier intento de las personas por crear maravillas para lo sentidos.
