Ella es Catalina, así simplemente, Catalina sin más enredos de apellidos ni de explicaciones al responder cuál es su nombre o quién es ella. Tiene cinco años y vive en el corregimiento de Doradal, en el municipio antioqueño de Puerto Triunfo en el Magdalena Medio, entre las blancas paredes de una especie de oasis de casas del color de la nieve, que suben hacia el cielo y contrastan con su azul profundo, haciendo pensar en las paradisíacas imágenes de islas griegas como Santorini.
Pero ella no vive en Santorini ni es la princesa de ningún cuento de hadas. Es una niña humilde que crece en medio de esta región colombiana sin saber qué le depara el futuro ni si la alegría que expresa a través de su sonrisa inocente y sincera pueda tener la misma fuerza en unos años. Ojalá que sí. Ojalá que esa niña que se me acercó brincando llena de vida para decirme “hola” y ofrecerme su más cálida sonrisa pueda aferrarse al poder que le da su condición de inocencia y que la lleva a ver el mundo como un lugar de juegos sin amenazas para los niños.
O quién sabe, a lo mejor a sus cinco años ya conoce la violencia y sabe que el blanco y el azul de su mundo son solo una fachada que esconde sorpresas agridulces. Es posible que la sonrisa de su carita, su pelo dorado, su vestido de muñeca, su silencio opacado por el brillo de unos ojitos curiosos, se hayan acercado para saludarme con ese “hola” sin revelarme eso otro que pasaba por la mente de la niña. Algo me dejó con la duda cuando, sin ser yo nadie para ella y sin haberle dado nada, Catalina me preguntó dulcemente “¿Cuándo vuelven?”, mientras yo cerraba la puerta del carro.

