Así viven en el corregimiento de Peñalisa, junto al río Cauca en el suroeste antioqueño (en Colombia), cientos de personas que limitan sus pasos a los de estas paredes y techos de ladrillo y lata construidos con el mayor esfuerzo, y en el menor espacio, para proteger a ancianos y niños de los desquites de la lluvia, de la furia de las aguas del río, del frío y el viento de la noche, y de la fuerza de todo lo externo que a veces se ensaña con ellos al punto de que ni los muros los pueden esconder.
En medio del verde de las montañas, los árboles y la abundancia de la naturaleza, a estas personas las caracterizan los colores no solo de sus paredes y de la ropa colgada bajo el sol, sino también los de su alegría, de esa con la que corren y juegan los niños, y de esa con la que saludan y ofrecen su ayuda los adultos…Aquí ni la pobreza ni el hambre ni las aguas enfurecidas ni la falta de modernidad opacan el brillo y la recursividad de estos seres humanos esencialmente coloridos y cálidos.



