Seis ojitos brillantes y tres sonrisas tímidas se acercan a mí con cuidado para ver si me intereso por lo que tienen para ofrecerme o, como segunda opción, para intentar que su inocencia, la ternura de sus pequeñas manitos y el hambre que se asoma a través de sus ojos me conmuevan y me lleven a regalarles algo, a ayudarles desde mi posición privilegiada.
Son Daiana, John Arley y Vanessa, tres pequeños de unos cuatro o cinco años que caminan juntos por las calles del corregimiento de Peñalisa, en el suroeste antioqueño, sosteniendo unos recipientes blancos que contienen lo que los convierte en niños trabajadores empezando a conocer las tareas de su labor en ese duro camino para ganarse la vida: mangos.
Sí, a su corta edad, estos tres niños pasan sus días vendiendo mangos a doscientos pesos (10 centavos de dólar). Les pregunto si son hermanitos y me dicen que no, que son amiguitos y que salen a vender sus mangos juntos. Les digo, entonces, que son unos niños muy hermosos y que si puedo tomarles una foto, a lo que sigue una sonrisa de alago embellecida por un abrazo para posar frente a la cámara, ante la cual se desvanece luego la sonrisa, no sé si por timidez o como una revelación de lo que de verdad llevan por dentro sus corazones.
Daiana, John Arley y Vanessa deberían estar en el colegio aprendiendo y jugando, lejanos aún del concepto del dinero y de la necesidad, esencialmente adulta, de salir a la calle a cumplir con responsabilidades para ganarse la vida y tener con qué comer. Al verlos me preguntaba cuántos años me llevarían si los comparara conmigo en el momento en que tuve su edad…Sé por sus miradas que nuestra niñez no fue la misma, sé por la expresión de sus caras que ellos ya comprenden que deben hacer su mayor esfuerzo para lograr vender su mango de doscientos pesos.















































































