
Mientras los turistas caminan por una hermosa placita del Viejo San Juan, en Puerto Rico, en medio de iluminaciones de todos los colores y al lado de un árbol de Navidad bajo el que resaltan decenas de regalos, esta niña camina sin descansar gritando: “¡helado, helado¡ ¡Ice cream, ice cream!”, mirando hacia todos lados en busca de unos ojos que no estén demasiado ocupados para verla y de un estómago que no esté tan lleno como para no dejarse tentar por su helado de coco o de piña.
Para ella la Navidad es diferente, como para millones de niños alrededor del mundo; mientras algunos se pasean llenos de bolsas de compras navideñas y ríen a carcajadas mientras toman fotografías con los adornos y las luces, ella camina inquieta y observa con cuidado, no deja que su voz descanse ofreciendo su helado, su ice cream, seguramente para poder contribuir en algo con su familia y que, de esta manera, ellos también puedan tener una cena de Navidad.
A esta edad ella ya sabe lo que es la necesidad, sabe lo que es el trabajo, sabe lo que es no poder descansar; ella sabe que es diferente a esos que caminan a su alrededor.
