El siguiente artículo presenta cifras escalofriantes que reflejan la situación de crisis humanitaria, sobre todo de los niños, que se vive actualmente en Haití. El planeta entero debe ser consciente de que en este país hay miles de personas que no tienen absolutamente nada; otras miles que perdieron lo poco que tenían; miles de niños que no tienen familia ni educación ni alimentos; y las condiciones sanitarias complican cada vez más el día a día de los haitianos que mueren enfermos en las calles mientras una buena parte del mundo empieza a olvidarse de las conmovedoras imágenes que por algunas semanas ocuparon los titulares de la prensa internacional.
Por favor, no nos olvidemos de Haití; se trata de seres humanos que sin la ayuda del resto del planeta no lograrán jamás tener una vida digna ni construir un futuro mejor para esos niños que hoy están en la calle con el estómago vacío y sin esas figuras fundamentales llamadas papá y mamá.
Los invito a ver esta presentación realizada por el periodista y escritor argentino Mempo Giardinelli sobre el Chaco, una provincia de la República Argentina que vive en condiciones infrahumanas y que nadie se ha preocupado por ayudar. Tal como Chaco, existen cientos de lugares y de comunidades en Argentina, Colombia, América Latina y el resto del mundo a las que nadie presta ninguna atención a no ser que lleguen a los titulares internacionales por alguna tragedia como los terremotos de Haití y Chile.
El planeta debe reflexionar sobre su forma de actuar y ser más proactivo en vez de tener que estar reconstruyendo el mundo y llorando miles de muertos, heridos y personas que lo pierden todo en instantes. Ya sabemos que en Haití las consecuencias del terremoto fueron mucho más devastadoras debido a las condiciones en que vivían los haitianos, a la precariedad de sus construcciones, a la sobrepoblación…
No esperemos a que la naturaleza llame la ayuda con toda su furia; hay que actuar hoy para rescatar a los seres humanos que están abandonados en tantos rincones del planeta. Esto es, valga decirlo, si queremos seguirnos llamando seres humanos.
*Al investigar sobre la presentación que encontrarán a continuación me encontré con que algunas de las imágenes que hacen parte de ella no pertenecen a comunidades del Chaco, sino que fueron tomadas de un documental sobre la India que había sido publicado con anterioridad. Pero no hay que quedarse en ese detalle, ni tampoco detenerse en la parte que critica expresamente al gobierno de la presidenta argentina Cristina Fernández, sino analizar el fondo del asunto y comprender cómo el mundo enfoca toda su atención solo en las poblaciones que viven una tragedia en un día determinado, por encima de aquellas para los que todos los días de la vida constituyen una tragedia de proporciones jamás imaginadas por todos aquellos que solo nos lamentamos frente a los titulares de los grandes medios de comunicación.
La magistral dirección de Clint Eastwood junto con la impecable actuación de Morgan Freeman y con una historia que si no hubiera sido real, sería difícil de creer nos transmiten una emoción que parece sacarnos de la sala de cine por algunos instantes, que nos hace sentir un vínculo con el pueblo sudafricano, el vínculo de la humanidad, y que, a través de unas cuantas imágenes y palabras, nos describe aquellos hechos que, por haber sucedido a pesar de lo lejanos que parecían, nos permiten comprender y nos entregan un pedacito de historia para llevar por dentro como eso a lo que hay que aferrarse cuando se sienta la necesidad de esperanza, de esperanza en un ser humano que tantas veces se aleja de su esencia, en un ser humano que tantas veces se ha mostrado capaz de no sentir al otro, de no sentirse a sí mismo…
Cuando miramos dentro de los ojos de ese gran hombre que es Mandela a través de los de ese otro que lo encarna para contar de la forma más hermosa una parte de su vida, y cuando observamos sin respirar más de lo necesario y en silencio cada uno de los momentos que dieron pie a un final que no pudo ser mejor, es allí cuando recordamos que las más increíbles historias, esas que se nos meten por dentro para siempre, casi en la totalidad de las ocasiones sucedieron en realidad.
El ser humano ha sido capaz de sorprendernos con los más grandes horrores pero también con la más asombrosa sensibilidad, esa que ha logrado unir a millones de seres humanos que jamás creyeron tener nada en común y que, en el caso de Sudáfrica, a través de la grandeza de un hombre, llevó al despertar de ese que apenas se daba cuenta de que era un solo pueblo.
Reproduzco aquí Invictus, el poema del peota inglés William Ernest Henley (Long John Silver) al que Nelson Mandela se ha aferrado cada día de su vida; ese que le ayudó a no perder las fuerzas durante los 27 años que estuvo encarcelado y durante cada uno de los segundos de una vida que ha sido dedicada a la lucha por la convivencia pacífica de los seres humanos y por la unión de un pueblo.
INVICTUS
By William Ernest Henley
Out of the night that covers me,
Black as the Pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul. -
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed. -
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds, and shall find me, unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate;
I am the captain of my soul.
INVICTUS
Por William Ernest Henley
Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.
La historia de Martina Maturana es una de esas hermosas y escalofriantes pruebas de la sensibilidad y la compasión tan esenciales al ser humano que aún existen dentro de los corazones de la mayor parte de la humanidad.
Para quienes no lo saben, Martina es una niña de doce años que vive en la isla Robinson Crusoe, una de las tres que componen el archipiélago Juan Fernández en Chile, y que jugó un papel fundamental en la forma en la que la población de la isla enfrentó los lamentables hechos que siguieron al terremoto del fin de semana.
En Robinson Crusoe el sismo no se sintió con tanta fuerza; Martina le informó a su padre de lo que había sentido, con lo que este llamó al abuelo, que vivía en Valparaíso, y se enteró de la realidad de lo que estaba sucediendo.
A las tres de la mañana y al ver el extraño comportamiento de los barcos y las aguas en el puerto, la reacción de la niña, olvidándose de su temor y de ese instinto contrario de sobrevivir ella misma antes que cualquier cosa, fue salir corriendo de su casa en dirección a la plaza central para, sin saber bien cómo, hacer uso del mecanismo de emergencias allí ubicado y así, de alguna manera, informar a su gente que debían huir para salvar sus vidas.
Fue así como Martina Maturana hizo que poco a poco los habitantes de Robinson Crusoe fueran saliendo de sus casas para correr hacia las partes más altas de la isla, salvándose así de morir minutos después bajo los devastadores efectos de las olas que entraron a los que eran sus hogares destruyéndolos sin piedad alguna.
Como bien lo sabemos hoy, el Ministro de Defensa de Chile pidió disculpas por el error que se cometió al no prevenir a esta población acerca de un posible tsunami que pudiera desencadenarse luego del fuerte terremoto.
Pero a Martina nada la detuvo ni nadie le dijo lo que tenía que hacer; ella lo supo en cuanto se enteró de que los seres humanos que la habían rodeado durante sus cortos doce años de existencia estaban en peligro, y fue así como corrió imparable hacia la plaza para emitir el sonido que salvaría a cientos de personas de morir arrastradas por un mar que creció y entró sin avisar.
Martina Maturana es ese ser humano sin el que la humanidad estaría perdida para siempre.
Tomo prestada esta imagen de Internet solo para manifestar mi tristeza por el pueblo chileno, por todos esos seres humanos que se fueron a dormir en un mundo y amanecieron en otro distinto; por aquellos que en las horas oscuras del día vieron destruido lo que tenían y desaparecidos a aquellos que amaban; por esas personas que hoy se sienten perdidas y que no encuentran la esperanza, esa que en tan solo unos instantes quedó sepultada bajo los escombros.
Catalina Franco Restrepo, periodista y traductora colombiana, es una apasionada de la vida, los viajes, las palabras y las historias de lugares y personajes que va encontrando en sus recorridos y que la inspiran para escribir. Pasó un tiempo como practicante en CNN en Atlanta, ha colaborado con CNN en Español como corresponsal de radio en Colombia, con la W Radio como corresponsal en Medellín, ha sido editora de revistas en el Taller de Edición y actualmente colabora escribiendo para diferentes medios nacionales e internacionales, es traductora y tiene el blog Cartas a la humanidad en El Tiempo.com.
NO a la reelección de alcaldes y gobernadores. No retrocedamos ni le abramos más puertas a la corrupción. 13 hours ago
Samuel Moreno dice que Bogotá es una de las ciudades más seguras de Latinoamérica. #nonoscreantanpendejos18 hours ago
RT @MaisAngel: Increíble q haya gente tan fanática que diga que desde que se fue Uribe las FARC volvieron a hacer de las suyas. Siguen l ... 18 hours ago