Ojosdelalma
  • Punto de vista
  • July 15th

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    Es triste ver cómo vivimos en medio de contradicciones dolorosas e incomprensibles que parecen invisibles ante los ojos de unas mayorías insensibilizadas, resignadas y acostumbradas a la desigualdad como destino, como realidad única e irrenunciable.

    Después de un mes entero de fiestas y fútbol que unieron a millones de personas de distintas naciones del planeta entre las que me incluyo, y así yo misma haya disfrutado viendo los espectáculos de inauguración y clausura, y los estadios majestuosos y modernos llenos de caras coloridas y banderas, no puedo quedarme con ese sabor agridulce que me producen momentos como este.

    Me refiero a la contradicción que se vive en este país del llamado continente olvidado: Sudáfrica tiene cincuenta millones de habitantes, más de 50% de su población bajo la línea de pobreza, un tercio de su población viviendo con un dólar o menos al día, menos de 20% de su población disfrutando de las oportunidades del primer mundo, una tasa de desempleo de 30%, una expectativa de vida de 49 años y 18% de su población padeciendo el virus del SIDA; pero, como si esto no contara a la hora de tomar decisiones para mejorar la situación de un país que necesita alimentos, vivienda, escuelas, hospitales, agua potable y otros servicios básicos, Sudáfrica invirtió, de acuerdo con el gobierno, 6.300 millones de dólares en toda la organización del mundial, dejándole ingresos por 2.400 millones de dólares a la FIFA.

    Empecemos por partes. Es claro que la inversión hace que se creen empleos directos e indirectos y que lleguen turistas a gastar su dinero en el país, es decir, que la inversión se recupera. Además, el país vivió momentos únicos en su historia y se proyectó ante el mundo como una nación capaz de albergar un evento de semejante importancia y de recibir personas de todo el planeta para ofrecerles lo mejor que tiene.

    Pero es difícil dejar de sentir un dolor profundo al pensar que esa inversión se haya hecho en fiestas y estadios que difícilmente serán sostenibles, mientras millones de personas pasan hambre, sufren por enfermedades y mueren ante la indiferencia de su propio pueblo y de una comunidad internacional que sabe que existen ese hambre, esas enfermedades, esa falta de agua y esas muertes, pero que continúa gastándose su dinero en celebrar el fútbol.

    Como bien se ha dicho, Sudáfrica cuenta con los recursos para llevar a cabo un evento así y, aunque recupera la inversión, tiene el enorme problema de la desigualdad en el reparto de la riqueza. La situación de África no da espera. Es diariamente que mueren y sufren millones de personas.

    Miremos algunas cifras: Sudáfrica invirtió 1.642 millones de dólares en la construcción de cinco estadios nuevos y en la remodelación de cinco que ya existían. Se ha dicho que estos estadios servirán para que se practiquen el fútbol y el rugby, así como para eventos religiosos y musicales, y, en algunos casos, para albergar a parte de la población si se presenta una emergencia. Pero ya se han unido varias voces para calificarlos de elefantes blancos, es decir, de lugares enormes y costosos que no tendrán el uso suficiente y que serán casi imposibles de sostener. Leer más | Comentarios

  • July 13th

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    El increíble caso de Íngrid Betancourt

    Estoy de acuerdo con Samper Ospina cuando pide en su última columna de la revista Semana que incluyan este último y brillante episodio como final de la tal miniserie de la Operación Jaque. A ver si esos mismos que la ven son los mismos ciegos que un día pidieron que Íngrid Betancourt se ganara el Premio Nobel de Paz. Jamás entendí semejante absurdo: ¿qué hizo ella para contribuir a la paz? ¿irse en contra de todas las advertencias para ganar puntos en su campaña presidencial? ¿qué diferencia tenía ella con los demás secuestrados a quienes ese público tan ávido de historias emocionantes y amarillas no tuvo tan en cuenta? Las únicas que logro ver yo son dos: primero, que ella fue secuestrada en medio de un acto desmedido de querer figurar y sumarle puntos favorables a su imagen –creyendo que nada le pasaría, obviamente- mientras que la mayoría de los otros fueron privados de su libertad durante el cumplimiento de su deber con el país –esos sí, con recursos y protección precarios-, y, segundo, que Íngrid y su familia se aprovecharon al máximo de su omnipotente ciudadanía francesa y de su condición socioeconómica privilegiada en medio de tanto secuestrado pobre y anónimo. Eso es todo. Duro pero cierto.

    Nadie –de verdad, nadie- niega por un solo segundo que el secuestro sea la más vil e inhumana de las estrategias utilizadas por esos guerrilleros que se han olvidado de su condición humana y que parecen haber dejado de sentir, ni tampoco que quienes lo han padecido hayan tenido la oscura fortuna de vivir en carne propia una pesadilla inimaginable para la mayoría de la humanidad. Tampoco puede negar nadie que el secuestro de un ser querido pueda representar la desgracia de una familia entera, esa que no tiene remedio y que clava en el alma de un grupo de personas una tristeza que no se puede arrancar con nada.

    Pero tampoco es posible desconocer que existen personas calculadoras y amantes del poder, la fama y el dinero que, muy a pesar de su tristeza, logran manipular las situaciones y aprovecharse de ellas ante los ojos atónitos de una sociedad. Ya se vio a una Yolanda Pulecio pantallera durante esos años eternos que duró el secuestro de Íngrid, tanto para ella como para los demás colombianos –guardando las proporciones-; ya oímos incrédulos los llamados de personas de diferentes lugares del mundo que proponían a esa “heroína francesa” como Premio Nobel de Paz y que la comparaban con Juana de Arco. Después esperamos nerviosos los colombianos –incluso aquellos a quienes no nos convencía ese espectáculo que se había formado en torno a la leyenda de Íngrid Betancourt- a que esa heroína que recuperó su libertad –y que nos hizo llorar de alegría y observar las imágenes con los pelos de punta por el solo símbolo en el que se había convertido, el símbolo de un país en el que la sangre y la privación de la libertad se habían vuelto cosa de todos los días- anunciara sus intenciones en el ámbito político colombiano como continuación de una campaña que nunca pudo finalizar, y respiramos tranquilos –con un poco de compasión- cuando esa mujer enjuta y de cabellos largos se sumió en un largo silencio más allá de las fronteras geográficas del país. Leer más | Comentarios

  • June 8th

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    Hoy, unos días después de haber sentido toda la intensidad de ese dolor de la profunda decepción que me causó la primera vuelta de las elecciones presidenciales y que compartí con ustedes, mis lectores, en unas pocas palabras, confieso, y me saco de adentro, que hubo algo más que pareció martillar ese sentimiento hasta dejarlo bien clavado dentro de mí: ese día, cuando iba en el asiento derecho de la parte delantera de un carro y con el corazón apretado y las lágrimas a punto de caer pero aguantándose como para no hacer oficial el dolor de la decepción, vi que el tráfico se detenía y que había gente reunida en torno a algo; sin saber por qué, aún no sé por qué, miré a través del vidrio y lo vi, vi una motocicleta tirada en el piso y a su lado a un hombre de pelos grisáceos que se teñían lentamente de rojo uniéndose con un charco de ese mar que representa la vida y la muerte. Vi a un hombre luchando por la vida sin decir una palabra, sin moverse, esperando.

    No necesité más; esa imagen de sufrimiento y de la fragilidad del ser humano frente a la vida me derrumbó, hizo explotar esas lágrimas que tanto se habían esforzado por no salir. Era como si la vida me estuviera diciendo a gritos que sí, que todo seguiría siendo injusto a pesar de que yo me indignara y llorara con todas mis fuerzas; que el hombre sufriría hasta el fin de sus días sin que hubiera nada que yo pudiera hacer para impedirlo; que llorara y escribiera para tratar de que otros entendieran lo que mi corazón sentía, pero que siempre serían muchos más lo que jamás llegarían a entenderlo; que mi indignación sería absurda para muchos y un dolor real solo para mí misma; que la vida y la sangre correrían siempre por las calles y no dejarían de ser pasajeras; que el hambre y el dolor de otros no dejarían de ser una anécdota más para una mayoría abrumadora; que demasiados serían los seres humanos que en ese preciso instante estarían perdiendo sus vidas sin haber llegado a sentir ni por un segundo que estas les pertenecían, sin haber vivido.

    Se necesitaron la dolorosa y escalofriante opinión expresada por una mayoría que en realidad no lo es, y la imagen de un hombre a quien el universo le arrebataba la vida cuando menos lo esperaba para derrumbarme.

    A veces siento que este mundo es demasiado para mí; a veces me pregunto si podré con él.

  • June 2nd

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    En vista de que en las últimas semanas –durante la etapa final de la campaña presidencial en Colombia- he recibido algunos comentarios y mensajes (aclaro: no de colegas, sino de conocidos y amigos) que me preguntan –o me reclaman- sobre mi “objetividad” y mi “imparcialidad” a la hora de escribir en mis blogs y en mis espacios en redes sociales como Facebook y Twitter, me he visto obligada –como un deber con aquellos que siguen mi trabajo y que, de pronto, no conocen muy a fondo las aguas del periodismo y/o los derechos ciudadanos- a escribir y a publicar parcialmente la respuesta que le di a la última persona que me escribió.

    Esta persona me pedía informar con objetividad, me decía que tratara de quitarme la venda que tenía en los ojos, que sabía que estos temas apasionantes lo podían hacer “perder el norte” a uno, que le encantaba mi trabajo pero que últimamente se sentía leyendo opiniones de una ciudadana cualquiera y no informaciones imparciales de una periodista, y me mencionaba como ejemplo a una reconocida columnista argumentando que ella sí hablaba de manera imparcial y sin dar su opinión (?) sobre lo que informaba. Me pregunté qué creerían los lectores que encontrarían en una columna de opinión.

    Antes de que lean la respuesta, permítanme confesarles que me llamó bastante la atención y me dejó bastante sorprendida esta duda tan –ante mis ojos de periodista y ciudadana- absolutamente injustificada desde todo punto de vista de la que he sido objeto por parte de unas cuantas personas –muy pocas (cuatro), en realidad, pero suficientes para quererme pronunciar públicamente.

    Y es que una cosa es que no les guste mi trabajo –o que no estén de acuerdo con mi opinión y eso les moleste sobremanera-, lo cual están en todo su derecho de pensar o sentir, y otra, bien diferente, que yo no lo esté haciendo de forma profesional o que esté incumpliendo con algún pilar del periodismo o de la ciudadanía digna.

    A continuación transcribo la mayor parte de la respuesta que le di a la última persona que me escribió (añado algunas cosas y omito lo personal, lo que iba dirigido a esa persona específicamente; dejo algunas cosas que le dicen algo directamente a la persona pero que pueden ser entendidas como hablándole a todo aquel que esté de acuerdo con la opinión de quien me escribió que, imagino, debe ser más de uno):

    Empiezo por partes porque tengo mucho que decir.

    Antes que todo, lo que me parece fundamental es aclararte que recibo tus palabras de una forma totalmente positiva y con el mayor respeto que, ante mis ojos, merece alguien como tú, una persona que me ha demostrado ser inteligente y hablar con argumentos.

    Segundo, te digo que lo que me dices en tu email es un gran ejemplo de cómo la comunicación directa definitivamente es tan importante para que dos personas lleguen a entenderse cuando sus puntos de vista son tan diferentes y cuando la visión de la una sobre la otra se aleja tanto de la realidad.

    Te digo directa y sinceramente, también, antes de empezar, que lo único que no me gustó de tu email y que me pareció un poco salido de ese respeto con el que nos queremos hablar fue la parte de “trates de quitarte esa venda que tienes en los ojos” y de “perder el norte”. Yo no tengo ninguna venda en los ojos ni he perdido el norte; soy una persona inteligente, educada y con una gran formación profesional que me permiten formarme conceptos de la realidad y transmitirlos como profesional y como ciudadana de la manera en que yo desee sin transgredir los derechos de ningún otro ciudadano. (Aquí hago una aclaración: esa frasecita de la “venda en los ojos” fue utilizada en dos de los cuatro mensajes que he recibido y, además, la he visto como muy de moda en Facebook en los comentarios que les hacen unos a otros, específicamente los que están de acuerdo con un candidato y piensan que el otro es una locura. Considero de lo más absurdo e irrespetuoso que alguien utilice ese término como diciéndole al otro que el hecho de que no vea lo mismo que él ve quiere decir que no está viendo, que tiene los ojos tapados. Eso solo demuestra ganas de atacar, resentimiento, ganas de convencer al otro por la fuerza, de hacerle pensar que está loco, pero en ningún momento constituye un argumento ni nada constructivo.) Leer más | Comentarios

  • May 31st

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    Hoy no escribiré nada nuevo porque la decepción de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia ha hecho que me cuestione más que nunca sobre el círculo tan vacío y egoísta en el que me vengo moviendo desde que nací, y me ha robado las palabras con todas sus fuerzas.

    Solo sé que no será por mucho tiempo. Son las grandes decepciones las que le revuelcan a uno la vida y de las que nacen las grandes ideas.

    Lo único que me reconforta es saber que no soy una más de esa masa a la que no le duele lo que no ve. No soy una más.

    Por más sola que me sienta en este mar de egoísmo, me he encontrado con una que otra alma que persigue ideales humanos y que, con seguridad, brillará en medio de esa masa borrosa y sucia en la que tantas veces logra convertirse la mayoría.

  • May 26th

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    Al final de este texto les comparto una buena columna de Daniel Samper Pizano sobre los atropellos que sufrimos los latinoamericanos, y especialmente los colombianos, en los aeropuertos del mundo. A todos aquellos que, como yo, se han sentido humillados e impotentes frente a un par de manos y un par de ojos de robot que todo lo atraviesan, tanto el cuerpo como lo que lo acompaña (y a veces pareciera que, así como nos relataba Orwell en 1984, también quisieran atravesar la mente para detectar algún gesto, algún pensamiento rebelde que hubiera logrado escaparse y dejarse ver), los invito a leer estas palabras que, tristemente, constituyen por lo menos una especie de apoyo moral y de confidencia entre todos esos seres humanos que, por haber nacido donde nacimos, tenemos que soportar que otros como nosotros nos juzguen y nos traten de entrada como a traficantes y delincuentes, y logren, muchas veces y por muy patético que esto sea, ponernos nerviosos y hacernos preguntar internamente por qué nos alteramos si no tenemos nada que esconder.

    Es así de patético.

    A mí me ha tocado perder un avión en Vancouver y tenerme que quedar un día más por las demoras en emigración; he tenido que soportar que la mayoría de las veces que viajo por fuera de Colombia, sobre todo en Estados Unidos y en Canadá, me interroguen largamente porque mi pasaporte fue robado a un camión de la agencia de viajes que lo llevaba a Bogotá para renovar la visa americana HACE MÁS DE 8 AÑOS, así tenga decenas de entradas y salidas del país después del condenado robo; he tenido que sonreírle falsamente a quien me interroga para que las cosas no se alarguen más de lo necesario y así mi frustración no llegue a apoderarse de mí; increíblemente, una vez llegué a sentir que un vacío me inundaba cuando, en Atlanta, mi computador portátil –que lo más importante que contiene son estos humildes textos, mi música y las fotos de mis buenos momentos- pareció darles a estos tenebrosos pero tristes seres una señal de que yo llevaba algún tipo de explosivos y sentí por unos momentos lo que era ser terrorista o, mejor, ser juzgado como tal sin serlo…En esa ocasión, finalmente y después de unos minutos eternos en los que nadie me explicó nada ni intentó tranquilizarme, después de haberme hecho cambiar de colores y maldecir hasta el cansancio lo que nos toca aceptar, me armé de valor para preguntarle a uno de estos seres, con una mirada aún más penetrante y llena de indignación, cómo diablos podía mi computador activar una alarma de explosivos, y él, muy tranquilo y sin afán alguno, me respondió que me podía ir y que eso podía pasar por muchos motivos como contacto con algún medicamento…

    Sin comentarios. La úlcera es mía, el poder de ellos. Leer más | Comentarios

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