Justificar

Hace un par de días iba a presentar algo frente a un público y quise asegurarme de pronunciar bien un nombre con una mezcla árabe que vi en la lista. Casualmente, me presentaron a esa persona antes de empezar y aproveché para aclarar mi duda.

– ¿Así se pronuncia tu nombre? –y procedí a hacer mi mejor intento para que sonara bien.

– Sí, así. Es que resulta que mi mamá es del Medio Oriente… ¡Pero yo no, yo soy católico! –se apresuró a responder.

Me sorprendió tanto, que no tuve tiempo de decirle todo lo que hubiera querido. Solo alcancé a pronunciar un tonto “yo adoro el Medio Oriente…”, como un intento simple pero claro de expresarle que había llamado positivamente mi atención, que no tenía nada que explicar…

Pensándolo bien, tal vez fue mejor esa frase porque, si fuéramos al fondo y con toda sinceridad, hubiera querido decirle que bastante más interesante encontraría a alguien con raíces del Medio Oriente que a uno que se declarara “católico”. Pero esa soy yo, también con mis prejuicios, y probablemente él hasta se identifique más ahora –real o aparentemente– con esa descripción de sí mismo que hoy causa menos inquietud.

Como si uno u otro tuviera más derecho de ser o estar, o de dar una conferencia por lo alto, por las letras que componen su nombre o por las coordenadas geográficas en las que lo parió la naturaleza.

Pero me quedé fría. Fría porque al parecer ha llegado demasiado lejos la idea de tener que justificar quiénes somos o de dónde venimos para no producir miedo, rechazo o juicios definitivos en los demás, que no tienen idea de quiénes somos. Fría por un mundo en el que las barreras se multiplican cada segundo a partir de cualquier característica que nos diferencie del otro. Fría porque lo hemos enfriado todo, hemos dejado a un lado eso de “seres humanos” para vernos como “los de tal parte”, “los de tal color”, “los que creen en tal cosa”, “a los que les gusta convivir con tal género”, “los que sí y los que no”.

Puras ideas que nos han metido desde el poder para volvernos paranoicos, para que nos odiemos, nos matemos y necesitemos protección todo el tiempo. Puro miedo de mirarnos a los ojos y compartir el puto mundo.

 

*Y a modo de anécdota, sí que resultó interesante ese personaje de cejas gruesas que jamás podrá ocultar.

 

Lobos

Tan acostumbrados estamos al horror, que la mayor parte del tiempo lo sentimos solo como el ruido de fondo de una historia inverosímil que se empeña en regresar cada vez que abrimos los ojos. Nos hemos convertido en el horror.

Les comparto un fragmento precioso de “La vida entera”, del escritor israelí David Grossman, en el que Ora le cuenta a Abram la situación que vivió con su hijo Ofer (un niño), para recordar que, con suerte, somos –hemos sido– ese tipo de ser humano que en un principio se sorprendió e intentó rechazar ese horror.

 

Ofer me preguntó de qué estaban hechas las albóndigas y yo murmuré cualquier cosa, seguramente le dije que eran unas bolas que se hacían con carne, porque él se quedó pensando un momento y me preguntó qué era la carne.

Abram hace un esfuerzo y se sienta. Se abraza las piernas.

La verdad es que Ilan siempre había dicho que estaba esperando que Ofer formulara esa pregunta, desde el mismo momento en el que empezó a hablar y, en realidad, desde el momento en que vimos el tipo de niño que era.

¿A qué te refieres con eso de «el tipo de niño que era»?

[…]

Bueno, pues le dije a Ofer que era eso, simplemente carne. Se lo dije con la mayor indiferencia. No es nada en especial, solo carne. Ya sabes, como la que comemos casi a diario. Carne.

[…]

Metí la cabeza en las profundidades de la nevera intentando ignorarlo y también por rehuir su mirada, pero él no cedió y me preguntó a quién le quitaban esa carne. Y te diré que a él le encantaba la carne, la ternera y el pollo sobre todo. Fuera de eso apenas comía nada, pero las albóndigas, los escalopes y las hamburguesas le encantaban. Estaba hecho un auténtico carnívoro, cosa que alegraba mucho a Ilan, y la verdad es que no sé por qué también a mí.

¿Cómo?

Que me alegraba de que le gustara la carne, no sé, la verdad es que era una satisfacción bastante primaria. ¿Lo entiendes, verdad?

 […]

Ofer se quedó pensativo un momento y después me preguntó por la vaca de la que se coge la carne. Quería saber si la carne le volvía a crecer de nuevo.

Si la carne le volvía a crecer de nuevo, repite Abram sonriendo.

Intenté escabullirme diciéndole que no exactamente, que no era exactamente así como sucedía, y entonces Ofer volvió a empezar a pasearse por la cocina, cada vez más deprisa, y como me di cuenta de que estaba muy preocupado, porque me llegó a preguntar abiertamente si a la vaca le quedaba una herida cuando se le quitaba la carne, a mí no me quedó más remedio que decirle que sí.

Abram la escucha repentinamente embelesado ante los ricos matices que aprecia en la escena que le está siendo descrita. Ve a Ora de pie en la cocina hablando con el niño y a este, enjuto, muy serio y preocupado, correteando por la estrecha cocina, tocándose el lóbulo de la oreja y mirando a su madre con impotencia. Abram, inconscientemente, se lleva la mano a la cara para protegerse de la insufrible lluvia de esquirlas provenientes del interior de ese hogar. La cocina, la nevera abierta, la mesa puesta para dos, los vapores que se elevan de las cazuelas puestas al fuego, la madre, el niño pequeño, su sufrimiento.

Y entonces me preguntó si se le quita la carne a la vaca cuando ya está muerta y así ya no le duele. Estaba intentando por todos los medios encontrar una salida honrosa a todo ese asunto, ya me entiendes, una salida honrosa para mí, pero de paso también para toda la humanidad, así que enseguida me di cuenta de que tenía que inventarme una mentira piadosa y que después, con el tiempo, cuando estuviera más fuerte, hubiera crecido y se hubiera empapado bien de proteína animal, ya llegaría el momento de darle a conocer lo que tú una vez llamaste «Hechos de vida y muerte». No te puedes ni imaginar lo muchísimo que Ilan se enfadó conmigo después por no haber sido capaz de inventarme algo, y encima tuve que darle la razón, porque la tenía. Y con la mirada encendida añade: porque con los niños hay que saber limar los cantos, ocultar cosas, suavizarles los hechos, no nos queda otra salida, qué se le va a hacer, pero yo… nunca fui capaz de hacerlo porque no estaba dispuesta a mentir.

[…]

Entonces Ofer se puso todavía más nervioso al verme callada y empezó a dar vueltas por la cocina como una peonza, yendo y viniendo, hablando consigo mismo, y me di cuenta de que ni siquiera era capaz de decir con palabras lo que sospechaba, hasta que al final, y eso no lo olvidaré jamás, bajó la cabeza y se quedó allí encogido, todo encorvado -con el más delicado de los gestos Ora se transforma en Ofer, es su cuerpo, es su cara, es la mirada del niño asomándose a los ojos de ella. Y Abram lo ve, lo está viendo, es Ofer, míralo, lo estás viendo, ya no podrás olvidarlo, no podrás estar sin él-, y a continuación me preguntó si había alguien que mataba a la vaca para quitarle la carne, y ¿qué podía responderle yo? Le dije que sí.

Al oírlo se puso a correr por toda la casa, de una punta a la otra, completamente enloquecido y gritando -Ora recuerda el fino aullido que no parecía la voz de Ofer, ni siquiera una voz humana, pero que brotaba de él-, tocaba los objetos, los muebles, los zapatos que había en el suelo, corría, gritaba y tocaba las llaves que estaban encima de la mesa, los picaportes de las puertas, la verdad es que resultaba sobrecogedor, parecía una especie de rito, no sé, como si se estuviera despidiendo de todo lo que…

Ora mira a Abram con ternura, entristecida por lo que le está contando y por lo que todavía él va a tener que oír y piensa en que lo está contagiando, como si de una enfermedad se tratara, del sufrimiento que supone la crianza de los hijos.

Ofer corrió hasta el final del pasillo, junto a la puerta del cuarto de baño, ya sabes, donde estaba el perchero de los abrigos, y desde allí se puso a gritar, ¿la matáis?, ¿matáis a la vaca para quitarle la carne?, ¡dímelo!, ¿sí?, ¿sí?, ¿se lo hacéis porque sí? Y en ese momento comprendí, quizá por primera vez en mi vida, lo que significa el hecho de que comamos seres vivos, lo que significa el hecho de que los matemos para comérnoslos, y cómo nos educamos para llegar a no comprender que en el plato tenemos la pata arrancada de un pollo, y que Ofer no estaba dispuesto a engañarse de esa manera, ¿lo entiendes? Él era un ser completamente transparente, susurra Ora, ¿y sabes lo que es tener un niño así en este mundo de mierda?

Abram se retrae. De repente siente en lo más profundo de sus entrañas el estremecimiento de pavor que sintió cuando Ora le contó que estaba embarazada.

Ella bebe agua de la botella y se lava la cara. Le tiende la botella y él, sin pensarlo, se echa el resto del agua por la cabeza.

De repente la expresión de su rostro se hizo impenetrable, es como si se hubiera encerrado en sí mismo, así -Ora se lo muestra apretando con fuerza los puños-, y después se puso a correr por todo el pasillo, desde el cuarto de baño hasta la cocina, y empezó a darme patadas, imagínate, algo que nunca había hecho, me daba patadas con todas sus fuerzas y gritaba, ¡sois como los lobos!, ¡las personas son como los lobos!, ¡no quiero estar con vosotros!”

 

Qué distinto sería el mundo si cada uno rescatara siquiera un pedazo de su origen.

 

Si Dios quiere

“Si Dios quiere”, me dice –o me decía– ella siempre que yo me despedía diciéndole que nos veíamos en un par de días. Y yo pensaba, cada vez, en la incertidumbre de una vida que le dejaba todo a lo que “Dios” quisiera.

La semana pasada puso sus zapatos al lado de la puerta de mi casa al entrar porque estaban muy empolvados. Entonces me contó que por fin, después de esperarlo toda la vida, estaban haciendo unos arreglitos en su casa: el alcantarillado, la puerta del baño, las baldosas del piso…

– ¡Llevamos esperando esto toda la vida! Pero es un polvero, todo está revolcado y desordenado – me contó.

– No importa, doña Mónica, valdrá la pena. Son unos días de incomodidad, pero después estarán felices con una casa mucho mejor –le respondí.

Mónica tiene 63 años y vive con un hijo y la esposa, una hija y la nieta. Ella trabaja todos los días para todos, yendo a distintas casas a hacer el aseo, y haciendo el aseo y la comida de su propia casa. No descansa y no sé cómo le da el cuerpo. Hasta que no le da.

– También queríamos hacer una tercera losa en la casa pero mi hijo me dijo que mejor todavía no, que primero hiciéramos esto otro y que más adelante veríamos. Lo que pasa es que uno a esta edad no quiere esperar mucho para hacer las cosas… –me contó el lunes, ya con las reformas más avanzadas y cerca de empezar a vivir ese sueño que durante años le pareció imposible.

– Doña Mónica, paso a paso lo van haciendo y van a disfrutar cada avance que logren –le dije, y hoy lo recuerdo estremecida.

El martes nos llamaron a decirnos que Mónica no podría venir el jueves porque le había dado un derrame cerebral y que estaba en la clínica. El hijo, llorando, nos decía que le ayudáramos a no dejarla morir.

A pesar de que Mónica lleva más de los años que debieran ser trabajando sin descanso y aportando de lo poco que recibe al sistema de seguridad social, resulta que la maldita EPS (entidad prestadora de salud) que tiene (Cafesalud) no le permite trasladarla a una clínica en la que haya un neurólogo que la pueda atender.

Así las cosas, tenía razón ella en que tal vez no debía esperar para vivir en una casa mejor porque ahora no sabemos si la podrá ver.  Además de la tortura que vivía cada vez que tenía que pedir una cita médica para que la atendieran y le creyeran, la tomaran en serio, parece que un inhumano sistema de salud le venía robando la vida mes a mes hasta que ya no diera más.

Y no dio más. Hoy es un cuerpo de mujer en una camilla en cualquier pasillo a la que no hay que prestarle mucha atención. Ya veremos qué podemos hacer nosotros por ella en medio de este circo para el que quienes tienen menos dinero también tienen menos importancia.

Así las cosas, aún no sabemos si Dios querrá que nos veamos el lunes.

 

Al llegar al bordillo, cogió a la paloma con su manita, le quitó la caperuza y se la metió hábilmente en el bolsillo. El pájaro irguió ansiosamente la cabeza ante su nuevo entorno, pero la visión del rostro serio y familiar de Paul le tranquilizó.

Paul observó el pichón durante un rato, cogiéndolo otra vez con las dos manos, y en la silenciosa oscuridad, pude oír su voz de niño. Estaba adiestrando al pájaro en un lenguaje que había practicado. ‘Recuerda esta casa.’ ‘Sigue esta ruta.’ ‘Ten cuidado con tal peligro o tal obstáculo.’ ‘Piensa en todo lo que hemos ensayado.’ ‘Acuérdate de quiénes son tus amigos.’ Todo eran buenos consejos. Cuando acabó, se acercó el pájaro a la nariz y olió la picuda cabecita. Cerró los ojos, luego lo levantó y lo lanzó hacia arriba. Las largas y brillantes alas del pájaro se apoderaron de la noche instantáneamente. Se elevó y se desvaneció como una idea fugaz, y sus alas blancas se volvieron más y más pequeñas mientras atravesaba las copas de los árboles, cada vez más lejos.

 

El periodista deportivo. Richard Ford.

 

Mirar con simpatía

– Gracias por mirarme con simpatía –me dijo con una sonrisa rodeada de arrugas y pelo blanco, un hombre delgado de unos ochenta años que caminaba despacio y solo por la calle.

Se había detenido junto a nuestra mesa para mostrarnos las manchas en su piel, contarnos que se había contaminado con mercurio trabajando el oro en Segovia y pedirnos alguna ayuda.

– Eso lo seca a uno –nos dijo, a unos pasos de distancia, advirtiéndonos que no era nada contagioso, tras ese agradecimiento por saludarlo como a un ser humano y sonreírle, por no huirle ni despreciarlo ni hacerme la que no lo veía como respuesta a su primer intento de acercarse que, en la mayoría de las ocasiones, debe vivir en medio de la invisibilidad.

– ¿Cómo fue lo del mercurio? –le preguntó mi amiga.

– Gracias por preguntarme, me voy a sentar aquí unos segundos y les cuento –dijo venciendo la barrera, mientras corría una silla, y respiró, aunque inseguro al sentarse, para explicarnos el proceso del trabajo con el oro y cómo había llegado el mercurio a una herida que tenía en el brazo.

Después de terminar su historia le dimos unos pesos y, con esa misma sonrisa rodeada de arrugas y pelo blanco, nos dijo que nos agradecía por haberle preguntado, que había descansado unos minutos y se había relajado un poco.

Era un anciano cansado y enfermo, un hombre que, más que esos pesos, necesitaba sentarse un par de segundos y que alguien le hablara, lo oyera y le sonriera.

Lo vimos alejarse así, solo, con pequeños pasos que lo hacían ver como moviéndose un poco hacia cada lado, con su correa y su camisa por dentro, en las calles de una ciudad, menos amigables que las de su pueblo.

Hay que mirar con simpatía. Siempre.

 

Autora

Catalina Franco Restrepo es una periodista, traductora y soñadora colombiana, Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, apasionada por la vida, los viajes, los idiomas, las palabras y las historias de lugares y personajes que se encuentra en sus recorridos por el mundo y que la inspiran para escribir. Vivió en Montreal, en donde estudió francés; pasó un tiempo como practicante en CNN en Atlanta; ha colaborado con CNN en Español como corresponsal de radio en Colombia y con la W Radio como corresponsal en Medellín; ha sido editora de revistas; y actualmente colabora escribiendo para diferentes medios nacionales e internacionales, hace traducciones y asesora las comunicaciones de distintas empresas.

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