Unos humanos

Nos bajamos del carro en un parqueadero de visitantes de una unidad cerrada. Empezamos a caminar por un andén angostico, él detrás de mí, y vimos que venían tres niños en fila, montados en unos carritos impulsándose con los pies.

Nos hicimos a un lado para no interrumpirles el camino y nos quedamos mirándolos, mientras el niño que iba de primero les decía, muy serio, a los otros: “¡Paren, vienen personas que tienen que tener cuidado al pasar por nuestra calle! ¡Cuidado que van a pasar unos humanos!”

Y pasamos los humanos y ellos, ese otro universo que son los niños, siguieron su camino.

 

El cambio

La alegría de ver cómo le cambia la vida a la gente.

 

La soledad

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Más allá de lo que conocemos como Colombia, de las personas, paisajes, costumbres y necesidades que identificamos como colombianos, hay un pequeño universo –a la vez inmenso– que también hace parte del país y del que oímos hablar, pero que se nos queda en noticia, nos suena a extranjero, no nos duele lo suficiente, solo hasta que lo tenemos al frente.

Allá, en el norte del país, después de llegar a esa Riohacha de ambiente vallenatero y mochilas Wayúu que colorean el malecón, empezó la aventura en camionetas que probablemente llegaron de Venezuela a precios irrisorios, para adentrarnos en una Colombia extrema que pocos se imaginan.

Hicimos una parada en Manaure para ver por primera vez un mar rosado: las piscinas de agua salada en proceso de evaporación para extraer la sal. Allí, embobados con el espectáculo de la naturaleza, se nos acercaron tres niños. Una de ellas era Julieth, una chiquita sin camisa de unos cuatro años que miró la silla del carro, agarró sin preguntar una botella de plástico con dos tragos de agua que quedaban y se la metió a la boca como si fuera a salvarle la vida.

– Está seca –nos dijo Álex, nuestro guía.

Después, mientras tomábamos fotos, volvieron los niños a pedirnos alguna moneda. Los otros dos le insistían a mi acompañante, pero Julieth, en silencio, se me acercó y me abrazó fuerte por la cintura. Me asusté y sentí una necesidad de protegerla que no puedo explicar. La abracé y empecé a acariciarle el pelo, entonces ella apretó con más fuerza y recostó la cabecita en mi estómago. Para ella eran tal vez unos minutos de tranquilidad, de olvidarlo todo. Para mí, un instante como un golpe que nunca borraré.

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El cansancio

Me la imaginé de regreso a casa sentada en el bus, en silencio, sola, cansada y sintiéndose vieja, enferma.

Sentía dolor en la cabeza, el cuello y los brazos, pero tenía la obligación de llegar a la casa a seguir y la tarea sin alternativa de volverse a levantar al otro día, con el mismo cansancio y el mismo dolor, para viajar nuevamente en ese bus, sola y en silencio, hacia otra casa esencialmente distinta a la suya, a recorrer esquinas empolvadas y desaparecer desórdenes ajenos.

– Y sabe que si para de hacerlo, si no puede más, si renuncia a esa rutina, no come –me respondió mi esposo cuando le dije que me dolía su cansancio, minutos después de que ella se fuera al final de esa tarde.

Una mujer de unos 65 años, que cada día, seis veces a la semana, va a una casa distinta a hacer el aseo, cocinar, lavar la ropa.

Esa mañana ella me contó que el sábado anterior había pensado que se iba a morir. Que le había dado un ardor muy raro en la parte de atrás de la cabeza y que le dolía el brazo, que se sentía rara.

– Pero qué más me va a pasar a mí, después de todo lo que me ha pasado en la vida –me dijo.

– Es urgente ir a donde un médico. Eso hay que hacerlo revisar –le insistí, impotente.

– ¿Para qué? Se va uno hasta por allá lejos, paga pasajes, puede llegar muriéndose y lo dejan esperando horas, y cuando lo atienden le recetan acetaminofén. Yo mejor no voy. Para qué.

Eso me dijo y qué más le iba a decir yo. Entonces sigue así, esperando, gastándose el cansancio cada día, viajando en silencio, esperando.

 

La fortuna

Tengo un problema enorme. Un bebé de 36 semanas de mi familia está muy grave en el hospital y allí no tienen cómo atenderlo. ¡Necesitamos ayuda! Una ambulancia medicalizada para transportarlo a otra ciudad. Somos una familia muy pobre – le explicó un hombre a un periodista de una emisora a la que llamó como último recurso.

“Somos una familia muy pobre”, afirmó, como quien dice: el bebé puede salvarse pero nosotros no podemos salvarlo.

Somos una familia muy pobre, es un hecho, así de simple, así funciona.

La descripción más simple, las palabras más comunes, pero me cuesta digerir esa frase, esa aceptación, esa resignación, esa descripción del propio mundo, de la propia fortuna, del azar, de lo que rodea a unos bebés y a otros.

 

Por ahí

Nos miró con cara extrañada cuando le pedimos que no nos cambiara los cubiertos y le explicamos que podíamos seguir comiendo con los mismos, que no tenía sentido sumarle piezas a la montaña de trastes por lavar. Tratando de cumplir con lo que le enseñan para hacer bien su trabajo, el mesero insistió, pero nosotros insistimos más.

– ¿Trabajaste antes en otro restaurante? Tu cara se me hace muy conocida… –le dije.

Nos mencionó cuatro o cinco sitios distintos.

– ¡Ah, te los conoces todos! –le respondí.

– Ah, sí, es que las cosas ya no son como antes. Todo es diferente y uno debe ir de aquí para allá buscando las mejores oportunidades. Hoy le enseñan a uno muchas cosas: que inglés, que una capacitación, entonces hay que pensar en lo mejor para la familia… –reflexionó.

– ¡Claro, así es! –le dije.

– Además –nos miró, sentados en la mesa, frente a nuestros platos–, a ver si uno también puede llevar a la esposa de vez en cuando a comer por ahí…

Por ahí. No ahí, en esos sitios en los que ve comer a otros todos los días, pero sí alguna vez, por ahí.

 

– Había un perro –comenzó Garp.

– ¿Qué clase de perro? –quiso saber Walt.

– Un enorme pastor alemán.

– ¿Cómo se llamaba?

– No tenía nombre. Vivía en una ciudad de Alemania después de la guerra.

– ¿Qué guerra? –preguntó Walt.

– La segunda guerra mundial.

– Claro –coincidió el niño.

– El perro había estado en la guerra… Había sido guardián, de modo que era feroz y muy inteligente.

– Muy malo.

– No, no era malo ni bueno y a veces era ambas cosas –prosiguió Garp –. Era cualquier cosa que su amo le enseñara a ser, porque estaba adiestrado para hacer lo que su amo le dijera que hiciera.

– ¿Cómo sabía quién era su amo? –preguntó Walt.

 

 

El mundo según Garp. John Irving.

En voz baja

Nadie debería sentirse menos que nadie. La cantidad de billetes en el banco o en el bolsillo no debería establecer clasificaciones entre los seres humanos y determinar quiénes miran hacia arriba y quiénes hacia abajo. No debería cambiar la forma de ser, de sentir y de actuar de las personas.

Hace poco se enfermó la mujer que nos ayuda en mi casa y vino, digámosle Anita, a reemplazarla durante un tiempo.

Anita es del Chocó, habla muy pasito, no mira a los ojos. Desde que llegó intenté mostrarle que en mi casa nadie era menos que nadie y hacerla sentir que su trabajo era valioso.

– A usted todo le gusta, doña Catalina. Gracias por ser tan amable. Hay personas que lo tratan muy mal a uno –me dijo una vez mientras yo almorzaba.

Pero me seguía diciendo “doña Catalina” y cuando yo le empecé a decir “doña Anita” me respondía “¡cómo así que doña Anita!”, mirando el piso y con risa nerviosa.

A veces ella me preguntaba cómo hacer alguna cosa y yo le decía que como a ella le pareciera mejor. La respuesta era un no rotundo: yo era la que tenía que decir cómo se hacía porque solo así estaría bien.

Sin falta, cuando iba a salir de mi casa, me pedía que por favor le revisara el bolso. Yo, con la respiración cortada ante algo tan absurdo, le pedía inútilmente que lo cerrara, que no tenía que mostrarme nada.

Desde el momento en el que un ser humano parte de que es menos, de que los demás asumen que va a hacer algo malo, de que son los otros los que siempre tienen la razón, cuando no puede mirar a los ojos y llamar a los demás por su nombre, cuando es incapaz de afirmar algo y de expresar lo que piensa, algo se rompe en el mundo.

Finalmente, la persona que trabajaba conmigo antes se alivió y ayer por la tarde me despedí de Anita, con el corazón arrugado. Le dije que le agradecía enormemente su trabajo y que quería recomendársela a alguien cercano a mí, a una amiga que tenía un bebé de dos años.

– Anita, ¿te gustan los niños? –le pregunté.

– Ah, yo no sé, usted es la que sabe –me respondió mirando hacia el suelo, casi no se le oía la voz.

– ¿Yo sé si te gustan los niños? ¿Cómo voy a saberlo yo?

– Usted es la que sabe –fue lo único que pudo afirmar.

Para recordar cada segundo de la vida, para tener la imagen en la mente y en el corazón cuando se pida un plato de comida, cuando uno sabe que hay algún alimento que se va a dejar o que la porción es demasiado grande. Para jamás desperdiciar un alimento y para que la solidaridad y la compasión no se desprendan ni un segundo de nuestras acciones:

– Si usted me asegura que no va a decir nada yo le digo cuál es mi secreto.

Dice Amena y habla más bajito y mira alrededor como quien quiere asegurarse. Yo le digo que claro, que a quién le voy a contar qué, y ella me dice que a veces pone a hervir agua y le agrega algo, una piedra, una rama, cuando los chicos no la ven.

– Entonces los chicos ven que estoy cocinando algo y yo les digo que va a tardar, que se duerman un ratito, que después los despierto. Y entonces así se duermen más tranquilos.

Yo escucho; no le pregunto qué le dicen al día siguiente, cómo hace para que funcione más de una vez: me parece que no quiero saber.

 

El hambre. Martín Caparrós.

El infinito

Sentado a mi lado, un hombre canoso y de corbata inclinaba su cabeza hacia delante, con la cumbamba recostada en el pecho y los ojos cerrados, mientras las demás personas terminaban de acomodarse en el avión.

Después de todo un día de trabajo y reuniones, mis párpados también le ganaban la batalla a la luz del día.

Como es común en cualquier vuelo, al empezar el carreteo del avión percibí ese movimiento leve del cambio de posición de la gente, como el que se acomoda cuando llega la hora de algo.

Hice un esfuerzo para abrir los ojos. El hombre que estaba a mi lado se dio la bendición y yo miré por la ventana mientras nos alejábamos del suelo y nos adentrábamos en el blanco de las nubes. Pensé: que el cansancio no gane nunca la batalla; mientras disfrute de perderme en el cielo y ver el infinito sabré que estoy viva.

 

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias.

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre lo que me conmueve, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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