Mujer completa

Junto con otro montón de derechos y libertades fundamentales de las mujeres, la decisión de ser o no madres debe ser respetada por todas y unirnos como un género rico y lleno de posibilidades.

A propósito de este día simbólico para la mujer me encantaría hacer una defensa de la mujer completa en sí misma, no como la extensión de nadie más.

Personalmente, no solo me siento inmensamente feliz de ser mujer –lo escogería una y mil veces si fuera a nacer de nuevo y me lo preguntaran–, sino que tengo la fortuna de percibir que mi entorno me es favorable. No me siento menospreciada, relegada o discriminada, y a lo largo de mi vida me he encontrado con una cantidad de oportunidades maravillosas en todos los aspectos. Me he dedicado a explorar la vida desde los viajes, las lecturas, el pensamiento, el amor y el trabajo, y en todas esas experiencias he descubierto posibilidades infinitas (Sé que una gran mayoría de las mujeres en el mundo no cuentan con esas circunstancias y por eso apoyo profundamente las tantas defensas de los derechos y de la igualdad de la mujer).

Por eso, para mí otra de las posibilidades de las mujeres, la de tener hijos, es solo eso: una posibilidad. Es decir, un camino que puedo o no tomar, una decisión de mi pareja y mía de acuerdo con nuestros sueños y objetivos de vida, con nuestra visión del mundo y nuestro concepto de felicidad.

Me parece machista de parte de las mismas mujeres que, si sienten que encuentran su realización convirtiéndose en madres, juzguen a aquellas que no quieren serlo ni encuentran su propia realización en ello. Y de ahí las presiones sociales, que sé que afectan a muchas mujeres ya sea porque no quieren o no pueden tener hijos. ¿Qué tal un montón de niños que llegan al mundo por mujeres a las que la presión llevó a dar “el siguiente paso” de las expectativas sociales? ¿No es ese un problema muy grave, triste, absurdo e irresponsable de la sociedad?

Si tratara, no alcanzaría a expresar lo que siento por el rol y el amor de una mamá: en la mía he tenido durante mis 32 años al ser más inmenso, más maravilloso, la conexión más profunda que pueda imaginar, el amor más incondicional, el lazo más eterno. Por ella sé de lo que es capaz una mamá y lo valoro desde lo más hondo de mi ser. Por ella daría mi vida sin dudarlo un instante y su dedicación y amor son, a su vez, la base del más grande amor que existe en mí.

Entonces no es que no sea consciente de que esa posibilidad puede ser maravillosa o que no tenga la certeza de que si tuviera un hijo lo amaría hasta el dolor y mi prioridad sería, en lo posible, ayudarlo a convertirse en un gran ser humano, mucho más allá de meterlo a las 200 clases de las que oigo hablar hoy en día o de obsesionarlo con su alimentación o tergiversar sus pasiones según mis propios prejuicios.

Sé que, si decido no tener hijos, no tendré la perspectiva desde el otro lado, del de la madre. Pero, ¿y qué? Tengo la de la hija y la de la mujer –completa en sí misma–, que se siente realizada todos los días de su vida con la construcción de su propia humanidad, recorriendo su camino, luchando por sus sueños, saboreándose el mundo, ilusionada con un montón de proyectos, viviendo un amor indescriptible en pareja, en familia.

Y es que una familia pueden ser un hombre y un perro, o lo que uno decida que sea. Admiro un montón el esfuerzo, la dedicación y la entrega de madres extraordinarias que conozco, que sienten un gran amor por sus hijos y que son felices con el tipo de vida que escogieron (en eso, en escoger, está la libertad). Me encantaría empezar a dejar de ver la sorpresa de muchos cuando una mujer les cuenta que no sabe si tendrá hijos. Eso no es sino una visión machista y bastante simple de lo que puede ser y alcanzar una mujer.

Expreso mi duda con la más absoluta convicción: no sé si quiero tener hijos y antes me daba más susto que ahora la posibilidad de decidir que no.

Seguramente, si no los tengo, me perderé de un montón de cosas; y seguramente las que sí los han tenido se perderán de otro montón. Y todas probablemente estaremos viendo la parte más valiosa de lo que escogimos. Cada una con sus decisiones vivirá una vida completamente distinta y decidirá cuánto disfruta y qué tan realizada se siente. Cuando se escoge un plato en un restaurante se deja de probar otro que podría habernos gustado más, o menos. Y así cuando elegimos a la persona con la que compartiremos la vida, nuestra profesión, la ciudad en la que vamos a vivir, etc.

Así que, qué alegría saber que hay una cantidad de mujeres que siguen sintiendo ese “instinto” y soñando con ser mamás, aportándole amor y educación al mundo a través de sus hijos. Y qué alegría, también, que cada día seamos más las mujeres que lo vemos como una opción, que exploramos roles diversos y que posiblemente nos dediquemos a cumplir otro tipo de sueños, que también enriquecerán inmensamente nuestra humanidad –y a cada una como mujer.

 

Llenar la vida

En medio de tanta corrupción, de ver a tantas personas que pasan por encima de cualquier cosa –de sus valores, de la ley, de sus amigos y familia, de gente más vulnerable, de los sueños que alguna vez tuvieron como profesionales y como personas, de naciones enteras– para obtener dinero y poder, es un consuelo enorme para otros el reconocernos como seres humanos normalitos, de círculo pequeño y ambiciones más humanas, esos que somos felices desde el fondo del alma con la sonrisa de la persona que amamos al despertarnos y su abrazo de reencuentro al final de la tarde; los que queremos explotar de amor con la mirada cariñosa de un perro y sonreímos al oír por la ventana el canto de los pájaros; los que soñamos con conocer nuevos rincones de este planeta hermoso y trabajamos cada día para irlos descubriendo despacio; los que cerramos la llave del agua y apagamos las luces porque nos duelen los ríos, los mares, los árboles y cada pedacito de la naturaleza a la que tanto daño le hacemos; los que amamos profundamente a nuestros padres y a unos pocos más, y hemos entendido que ningún tipo de éxito, y mucho menos el dinero o el poder, valen más ni se comparan con la inmensidad, la profundidad y la intensidad del amor incondicional. Ese es el único que nos produce felicidad pura y limpia, y esperanza para cualquiera que sea nuestro destino aquí en la tierra y con lo que sea que venga después (en los momentos de miedo o incertidumbre me consuelo pensando que al llegar la muerte entraré en un abrazo eterno con esas personas sin las que no concibo la vida).
Recuerdo que, a partir de mi esencia independiente y de mis ambiciones profesionales, hace ya unos añitos, cuando terminé el colegio, sentía que Medellín era demasiado estrecha, que me cortaba las alas y que tal vez debía irme a vivir a otra parte. A eso le agradezco el haberme llevado a explorar el mundo y desarrollar esta pasión deliciosa que tengo por viajar, que me llena el alma y se ha convertido en uno de mis mayores motores de vida. Pero, también, la primera vez que me fui a otro país por un tiempo –donde fui absolutamente feliz–, descubrí que esas emociones desbordadas que me producían las nuevas experiencias me llevaban corriendo a un teléfono para compartirlas con los que amaba y a un computador a escribirlas para podérselas mostrar con más detalle, para no olvidar nada, para transmitirles algo de esa intensidad. ¡Ay, cómo deseaba que pudieran ver lo que estaba viendo yo!
Entonces entendí y acepté que el amor y las personas irremplazables de mi vida serían el número uno en ella por siempre. Seguí soñando y luchando incansablemente por mis sueños, y claro que el haber decidido vivir en Medellín me ha hecho renunciar a oportunidades que me hacían salir lágrimas de ilusión, pero decidí creer en que no hay un solo camino para llegar a la meta, sino que uno toma decisiones, vive, y la vida va construyendo caminos. Así, después de esa primera vez viví otros dos períodos en distintos lugares y viajo todo lo que puedo, pero regreso al amor, a la base, para soñar al lado de los irremplazables, para pasar este ratico de la vida amando y agradeciendo de cerca, y no perdiendo de vista las prioridades.
Sin amores que hagan sentir que el corazón se quiere estallar, ¿para qué lo demás? ¡Qué delicia los detalles del día a día sin necesidades de grandeza ni reconocimientos triviales! No ensuciemos el mundo. Construyamos formas limpias de llegar, amemos, no nos traicionemos y no llenemos la vida de vacío.

De muros y puentes

Leyendo sobre el nuevo consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el general Mc Master, que entra en remplazo del fallido Flynn, en un evidente y positivo contraste con sus ideas y sin miedo a enfrentarse a Trump y a la ideología que este viene pregonando, por ejemplo al rechazar el término “terrorismo islámico radical” y explicar lo básico: que quienes ponen bombas actúan contra el propio Islam y son simplemente terroristas, y que no se puede calificar y castigar a una religión completa (¡alrededor de 1600 millones de personas!) por los actos radicales y cobardes de unos tantos que se escudan en una religión para verse representados de alguna manera ante el mundo –y tal vez para convencerse a ellos mismos de que hacen lo correcto y de que están protegidos por algún dios–, pienso en la diferencia que hacen las personas.

A los que nos duele Trump, a esos que nos quita la tranquilidad el hecho de que esté dedicado a trabajar por que nos odiemos en un planeta que necesita construir puentes en vez de muros, nos producen esperanza esas voces que se atreven a recordarles lo más elemental, lo más humano, a aquellos que se han acostumbrado a inventarse una nueva realidad para huir de aquella que los espanta porque no la entienden, y para escapar, también, del cambio, que es apenas lógico que nos produzca temor, a todos.

Si se hubiera quedado Flynn, tendríamos a un hombre clave apoyando las tesis extremistas del pavoroso Steve Bannon en boca de Trump, mientras que con Mc Master, posiblemente oigamos una voz de equilibrio en ese equipo oscuro que empieza a gobernar, influyendo en la toma de decisiones que pueden cambiarles la vida a millones de personas, de familias.

La diferencia que hace una persona es absoluta. Cuando tiene poder es más evidente: Trump es el nuevo presidente del país más poderoso del mundo y utilizando los medios que están a su disposición, además de las políticas que pone en práctica, difunde ideas y valores que, para su tipo de público, quedan legitimados, motivando, por ejemplo, que se multipliquen los insultos y los ataques a otras razas, religiones y culturas.

Pero en la gente del común, esos que nos movemos en un pequeño círculo –aunque multiplicado por el alcance de internet y de las redes sociales– también es determinante. Mis padres, mi esposo y las personas que intervienen mis experiencias, sumadas a mi esencia, a los libros que leo, los lugares que visito y demás, afectan mi mirada del universo y las decisiones que tomo, y repercuten a su vez en los más cercanos a mí.

Cada persona tiene un papel vital en su entorno y la suma de entornos es nuestro mundo. Por eso la educación juega un rol fundamental. Si hoy le enseño a un niño a no pisar las lombrices ni tirarles piedras a los pájaros ni arrancar las flores, si le enseño que no es un juego y lo motivo a respetar profundamente a los animales y a la naturaleza, su huella positiva en el planeta –y lo que les enseñe a los que lo rodean– será de gran importancia; si no lo hago o le muestro el irrespeto a través de mi ejemplo, solo contribuiré al aumento de la destrucción, desde lo espiritual hasta lo material.

Ojalá tengamos la convicción, la capacidad y la voluntad para educar seres humanos y para seguir trabajando y fortaleciendo nuestra propia humanidad, a ver si nos sorprenden los más creativos puentes y no los más poderosos muros.

 

La nación mayor

El miedo se ha convertido en el líder de nuestros días. Ha sido la principal motivación de varias de las mayorías que se han pronunciado en los últimos meses, redireccionando el rumbo de sociedades enteras, sin saber muy bien lo que han elegido ni por qué lo han hecho.

Después de ver una encuesta que se hizo tanto en Estados Unidos como en varios países europeos, en la que encontraron resultados similares de mayorías que apoyarían leyes para prohibir la entrada de nacionales de países de mayoría musulmana a sus naciones en el futuro, hice el ejercicio de tratar de entender qué podría pasar por la cabeza –o por las emociones– de estas personas.

Poniéndome en su lugar –o pensando como viajera que soy–, podría decir: “vivíamos muy tranquilos (y esto sí que sería una afirmación dudosa teniendo en cuenta la historia de Europa y lo que pasa actualmente, y cada vez más seguido, en tantas ciudades de Estados Unidos, que nada tiene que ver con musulmanes), hasta que empezamos a saber de explosiones o tiroteos por parte de musulmanes en nuestro territorio…”

Entonces sí, pensé, es cierto que es mejor salir de casa sin temer si allí a donde vamos algo puede estallar. Pensé también en los cientos de millones de musulmanes que nada tienen que ver con eso y que se sienten igual –o peor– de asqueados ante la demencia de unos cuantos “de los suyos”, con los que lo único que tienen en común es una clasificación al azar, y que se han convertido en su condena. No pude dejar de recordar esos contados colombianos mafiosos y tristemente representativos en tantos imaginarios que tan mal rato nos han hecho pasar a los casi 48 millones de colombianos de bien cuando intentamos explicar a un extranjero que jamás hemos visto la maldita cocaína, o nos demoramos en un aeropuerto poniendo ojos de niños buenos frente a agentes de inmigración con cara de puño que han leído la palabra clave en nuestro pasaporte.

Y así, cuántas situaciones más.

También, lo de siempre, tener en cuenta el resto de los datos de la encuesta que evidencian la desinformación absoluta de las personas del común –igualmente mal encaminada debido al miedo– que afirman creer que en sus países vive y vivirá una cifra desproporcionadamente mayor de musulmanes de la que realmente lo hace o lo hará según cálculos basados en la realidad. Que no saben –o no quieren saber– que gran parte de esos atentados que temen los han cometido musulmanes nacidos y educados en sus países y no inmigrantes que hubieran podido detenerse en un aeropuerto o una frontera. Y, como no, que los perfiles de quienes apoyan este tipo de leyes son bastante dicientes: los mayores de 60 años frente a los menores de 30, quienes no estudiaron más allá de la secundaria frente a los universitarios, y la población rural frente a la urbana.

Está de acuerdo con ello –teme mucho más– quien jamás ha convivido con otras culturas ni conoce un poco más de historia, de proporciones, de humanidad. Puro desconocimiento y puras ganas de lo malo pero conocido. Miedo al cuento que echa el populista de turno.

Entonces vamos a lo siguiente: personas nacidas y educadas en Europa y Estados Unidos han cometido crímenes en nombre de organizaciones terroristas que dicen actuar en nombre del Islam, y, como se sabe, muchos han hecho sus contactos y han recibido entrenamiento y órdenes por internet. En simples comunidades virtuales se han sentido parte de ese llamado al odio y a destruir, y han actuado.

Como se diría popularmente, entonces no crucemos la puerta de la casa porque nos puede pisar un carro.

Más nos valdría, en nombre de las seguridades nacionales y la tranquilidad absoluta, terminar de una vez por todas con el peligro de internet; encontrar el peor defecto que por ignorancia asociemos con cada nacionalidad para prohibir la entrada de esa y todas las demás a nuestro territorio; no reconocerles derechos a parejas del mismo sexo porque nos volvemos una sociedad “anormal”; no mandar los hijos al colegio para que el de nariz pequeña no llame narizón al narizón –y de pronto algún día este decida dispararle a toda su clase–; y no compartir la vida con nadie porque nuestra experticia en demonizar las diferencias nos ha llevado a que en esta nación mayor, la de la humanidad entera, se llegue una y otra vez a la guerra absoluta: con otro país, otra raza, otra religión, con la propia familia y con uno mismo.

 

PD: Si entendiéramos que los muros lo único que crearán son divisiones violentas –y pasajeras– que tarde o temprano estallarán, y que no se trata de alejarnos para no vernos, sino de aprendernos a mirar para reconocernos en los otros y enseñárselo a las nuevas generaciones, de manera que la posibilidad de contemplar un futuro en paz exista al menos en las ideas…

 

Pelotas de ping-pong

Tal vez nos convirtamos todos en pelotas de ping-pong: el uno llega allí a donde no les gusta el color de su piel, el otro allí a donde detestan aquello en lo que cree y uno más allí a donde no soportan el sonido de su forma de hablar.

Entonces empieza el juego de la demencia, se construyen e imponen ideas y leyes en forma de raquetas infalibles, con las que los gobiernos y los ciudadanos más cobardes golpean a ciegas y sin cesar esos pedazos de humanidad convertidos en pelotas que se han deformado hasta no encajar en ningún lado de la mesa y que, aporreadas en lo más profundo, terminan estallándose unas contra otras en medio del espacio de nadie, de todos.

Así, parece que queremos estallar la humanidad.

 

Un mundo que se ha vuelto loco

Por estos días me despierto por la mañana tratando de pensar que no, que no era verdad, que todo era una inverosímil pesadilla y que puedo levantarme a construir mi día en un mundo que, en medio de sus barbaridades y a pico monto, parecía ir hacia delante, al menos en lo relativo a la seriedad, la racionalidad, la decencia y la responsabilidad de la mayoría de los líderes de los países desarrollados que, para bien o para mal, definen el rumbo del planeta.

Pero no. Me levanto a profundizar el shock, a recibir un nuevo dardo, a encogerme por dentro porque la película de terror continúa, sin final visible ni predecible.

Los tormentos permanentes e impopulares que nunca nos abandonan a quienes nos duele la borrosa humanidad, como el hambre, las guerras, el hecho de que haya tantos obligados a escapar de todos lados para no llegar a ninguno, y ese tipo de situaciones que son pan de cada día, parecen solo un recuerdo de tiempos mejores que están lejos de volver.

Siempre lo traigo a colación: hemos asumido que ya pasó lo peor y que no se puede repetir. Las carnicerías de épocas antiguas, las esclavitudes formales, las monstruosas guerras mundiales que nos permitimos. Todo eso es cosa de un pasado en el que todavía no sabíamos lo que sabemos hoy ni teníamos cierto orden en la sociedad internacional. Rápidamente nos acostumbramos a que los derechos fundamentales se den por sentado, al menos en las ideas.

Pensábamos que todo podía ir mal, pero no tanto.

Así, podíamos criticar con razón muchas acciones de un país tan determinante como Estados Unidos, pero parecía imposible que su presidente afirmara públicamente que está de acuerdo con la tortura porque funciona, que calle a los periodistas y les responda preguntas según su conveniencia, que no crea que el hombre tenga que ver con el cambio climático, que considere que los inmigrantes son violadores, que pretenda revisar los informes científicos antes de que se hagan públicos, que vaya a construir un muro con un vecino dependiente en el momento en que menos inmigrantes de ese país llegan a su territorio y quiera humillarlos diciéndoles que ellos lo tendrán que pagar, que considere que Japón debe tener armamento nuclear, que admire a un demente como Putin y quiera permitirle sus excesos, que eche para atrás una reforma que ampliaba la salud a 20 millones de personas más, que quiera dejar de acoger a los refugiados, que irrespete a las mujeres cada que le da la gana, que pretenda deshacer el acuerdo nuclear con Irán, que hable de prohibirles la entrada a Estados Unidos a los musulmanes (que constituyen una séptima parte del mundo), que esté cerrándole las puertas comerciales y humanas de su país al mundo, y que afirme que podría empezar a dispararle a la gente en la Quinta Avenida y ni así perdería votos.

Eso, además de haber ganado con tres millones de votos menos que su rival, afirmando que esa diferencia fue por puros votos de ilegales. Su película no termina nunca y, a través de su poder y sus medios, empieza a convertirla en la realidad de millones de personas que no tienen como cuestionarla y que creen que tal vez les favorece creerla.

Un borracho ha tomado el timón del barco en la época de la posverdad. Se lo hemos permitido porque esa posverdad se ha apoderado de más mentes de las que creíamos posible.

La política nos tiene hartos. Hartos de las mentiras, de las burlas, de la corrupción, de la burocracia y de la inhumanidad. Hastiados del irrespeto hacia las sociedades para las que se creó. Pero ver a un payaso demente riéndose de nosotros –de la vida– en la cara, ver que los avances de años, logrados con las luchas de generaciones, se deshacen segundo a segundo, eso desgarra por dentro.

Cuáles derechos humanos, cuál compasión, cuál libertad y cuál convivencia pacífica, si nos estamos diciendo que no hemos entendido nada y que tal vez estemos condenados a un ciclo mortal.

Al menos yo, cuando abro los ojos por estos días, me encuentro de frente con un mundo que se ha vuelto loco.

 

La adversidad

Fácil afirmar cómo debería vivir el otro su vida. Desde la distancia todo parece más simple.

Los mismos que condenan a toda costa el aborto, casi siempre apoyándose en argumentos de dioses que de humanos tienen muy poco, se empeñan en defender lo que llaman la “familia tradicional” y en reducir a las demás a familias disfuncionales que se salen del molde que les metieron en la cabeza, probablemente a partir de ideas que alguna iglesia dijo tomar de algún dios para decir cómo deberían vivir las personas… desde la lejanía.

Entonces les parece descabellado que una mujer sola, un hombre solo, dos mujeres juntas o dos hombres juntos, por no mencionar las tantas posibilidades, formen una familia y quieran adoptar un niño. Vamos a ver: cuando una mujer sola, en circunstancias inimaginables para muchos como una violación, una enfermedad, la falta de recursos económicos o la incapacidad de recibir a un ser humano para educarlo y ofrecerle un hogar digno y seguro, hacen que tome la decisión de no traer a esa persona al mundo, les parece completamente inadmisible, “un pecado”. Pero cuando esa misma mujer sola desea con todas sus fuerzas y tiene los medios para ofrecerle un hogar digno, seguro y amoroso a un niño o niña que no lo tiene, ahí sí no les parece bien porque una mujer sola –o dos mujeres, dos hombres o un hombre– no constituyen la familia que se han imaginado (aunque no sea para ellos, sino para el desafortunado desconocido).

Eso querría decir que les parece más lógico y más humano que un niño viva en las más duras circunstancias con una mujer sola que se sentía incapaz de recibirlo, a que otra mujer, que también está sola y que lo ha buscado a toda costa, le dé la bienvenida en su hogar a ese que, precisamente, no tenía uno.

Dirán entonces, frente al aborto: “que no aborte, que lo dé en adopción” (nuevamente desde la lejanía, sin saber lo que eso significa en la vida de una mujer ni tener en cuenta sus derechos). Y eso nos lleva a que lo que quieren es que haya un montón de niños en adopción, pero oponiéndose a que gran parte de las familias existentes que quieren adoptar puedan hacerlo.

También dirán, sobre las distintas familias: “no queremos que nuestros hijos se eduquen con ese ejemplo, que tengan amiguitos con dos papás, o dos mamás, o vengan de hogares monoparentales”… ¡Por dios! Seamos conscientes de que estamos hablando de las vidas de otros, de si un niño tendrá hogar o no y las consecuencias de uno u otro camino.

Tal vez sus hijos tengan un mejor ejemplo en una sociedad con más hogares sanos y menos obligados, y tal vez deberían dedicarse a educarlos en la diversidad, a construir buenos seres humanos capaces de convivir en la diferencia, de aprender de ella, de sentir compasión y de interpretar las dificultades de otros para respetarlos en vez de señalarlos.

No seamos tan arcaicos y tan egoístas. Dejemos de querer vivir la vida de los demás y de gastarnos el tiempo afirmando en el vacío. Una familia no es lo que diga un diccionario ni un libro religioso o legal. Una familia es lo que buenamente logran construir uno o varios seres humanos desde sus posibilidades dentro de la adversidad que es vivir.

 

Justificar

Hace un par de días iba a presentar algo frente a un público y quise asegurarme de pronunciar bien un nombre con una mezcla árabe que vi en la lista. Casualmente, me presentaron a esa persona antes de empezar y aproveché para aclarar mi duda.

– ¿Así se pronuncia tu nombre? –y procedí a hacer mi mejor intento para que sonara bien.

– Sí, así. Es que resulta que mi mamá es del Medio Oriente… ¡Pero yo no, yo soy católico! –se apresuró a responder.

Me sorprendió tanto, que no tuve tiempo de decirle todo lo que hubiera querido. Solo alcancé a pronunciar un tonto “yo adoro el Medio Oriente…”, como un intento simple pero claro de expresarle que había llamado positivamente mi atención, que no tenía nada que explicar…

Pensándolo bien, tal vez fue mejor esa frase porque, si fuéramos al fondo y con toda sinceridad, hubiera querido decirle que bastante más interesante encontraría a alguien con raíces del Medio Oriente que a uno que se declarara “católico”. Pero esa soy yo, también con mis prejuicios, y probablemente él hasta se identifique más ahora –real o aparentemente– con esa descripción de sí mismo que hoy causa menos inquietud.

Como si uno u otro tuviera más derecho de ser o estar, o de dar una conferencia por lo alto, por las letras que componen su nombre o por las coordenadas geográficas en las que lo parió la naturaleza.

Pero me quedé fría. Fría porque al parecer ha llegado demasiado lejos la idea de tener que justificar quiénes somos o de dónde venimos para no producir miedo, rechazo o juicios definitivos en los demás, que no tienen idea de quiénes somos. Fría por un mundo en el que las barreras se multiplican cada segundo a partir de cualquier característica que nos diferencie del otro. Fría porque lo hemos enfriado todo, hemos dejado a un lado eso de “seres humanos” para vernos como “los de tal parte”, “los de tal color”, “los que creen en tal cosa”, “a los que les gusta convivir con tal género”, “los que sí y los que no”.

Puras ideas que nos han metido desde el poder para volvernos paranoicos, para que nos odiemos, nos matemos y necesitemos protección todo el tiempo. Puro miedo de mirarnos a los ojos y compartir el puto mundo.

 

*Y a modo de anécdota, sí que resultó interesante ese personaje de cejas gruesas que jamás podrá ocultar.

 

No ha pasado nada

Para ir a la parte más humana y más práctica del triunfo del Señor T, hay que hablar del miedo y de la indiferencia. Del nuevo y sonoro triunfo del miedo de las poblaciones menos educadas, que se convierte en herramienta efectiva de poder para líderes populistas interesados simplemente en ganar y permanecer, a costa de lo que sea. El tercero de este tipo en lo que va del año, pero con varios otros en el ambiente que se pueden consolidar.

El miedo es peligrosísimo porque hace que las personas acepten lo que sea con tal de creer que todo va a mejorar. El miedo es el que hace que las sociedades hayan cedido en sus derechos a la libertad y a la privacidad, con tal de obtener “seguridad”. El miedo de la Alemania absolutamente debilitada ante el mundo después del Tratado de Versalles fue el que engrandeció a Hitler como líder poderoso y capaz de volver a convertir a ese país en el más fuerte, en la raza suprema, en el que no aceptaría a todos aquellos incómodos y menos buenos, y ya sabemos lo que pasó.

Entonces entra a jugar la indiferencia. Casi todos, por poco que se involucren en temas políticos, manifiestan hoy estar sorprendidos con el triunfo de un demente personaje de la televisión. Pero, también, muchos, en esa tendencia del ser humano a aferrarse a la normalidad, dicen que bueno, que tal vez no será tan grave, que nos demos cuenta de que el mundo siguió normal, de que las acciones no han caído, de que “no ha pasado nada”, como si el hecho de que el Señor T haya ganado significara que en ese preciso instante iba a explotar una bomba atómica o, de lo contrario, no ha pasado nada.

Hay muchos preocupados solo por su más cercano alrededor. Con plena seguridad esos no son el inmigrante latino –o de cualquier otra parte– que lleva décadas partiéndose el lomo en el país de las oportunidades, luchando por ser reconocido como un ser humano con derechos, pero teniendo al menos la certeza de vivir en la súper democracia en la que un tirano xenófobo jamás podría subirse al poder. Son ellos solo algunos de los que se despiertan hoy con ese panorama escalofriante sobre la nuca.

Nos tenemos que preocupar, claro que sí. Me decía alguien, con cariño y con la intención de darme ánimos en este estado de estupefacción y tristeza mío, que debíamos estar agradecidos porque nos ha tocado una vida muy buena, que nuestros abuelos vivieron guerras mundiales y un mundo muy difícil, que no pasaría nada. Y le decía yo que sí, que claro que agradecía la buena vida que me tocó, pero que sintiera un poco lo que pasaba hoy, con millones de inmigrantes a la deriva sin una esquina de mundo para dormir con los ojos cerrados; con una Siria demencial que continúa destrozando día a día y año tras año todo resto de humanidad ante el silencio generalizado; con una Rusia amenazante que ha vuelto a apoderarse de territorios ajenos frente a una comunidad internacional que ya no tiene la más remota idea de qué hacer para no desencadenar esa tercera guerra mundial con nombre propio.

Sobre todo, nos acercamos a Ella cuando los triunfos que estamos haciendo posibles a través de la democracia van en el sentido de dividirnos, de volver a calificar de menos a los diferentes, de tenernos miedo, de no confiar en la cercanía de nadie. Justamente, al final de la Segunda Guerra Mundial se crearon las Naciones Unidas para que los estados pertenecieran a un mismo grupo, tuvieran ciertas reglas, para tener un mundo más unido y menos propenso a la autodestrucción. Más tarde se creó también la Unión Europea entre países que un día lo habían dado todo para destruirse mutuamente y ahora tendrían una interdependencia económica y una integración progresiva en distintos ámbitos, de manera que no quisieran –o no pudieran– hacerse daño.

Y ahora el Reino Unido vota para salirse de la Unión Europea con una cantidad de votantes que ni siquiera sabían qué era eso; en Colombia se vota no a un proceso de paz bajo un montón de argumentos y mentiras indescriptibles del líder de la mano dura; y en el país más poderoso del mundo se le da el liderazgo a un aislacionista que quiere mirarse el ombligo y “make America great again”, es decir, que solo sean ellos –o él–, que no se ensucien con lo que no les concierne, que si el mundo se muere de hambre o de tristeza, o si llega la Tercera, aquí no ha pasado nada.

 

Los perdedores del Pato Trump

El próximo Presidente del país más poderoso del mundo tiene el nombre de un pato de Disney. Donald Trump. A su alrededor todo es un reality show. Sí, en serio, el multimillonario que critica a los multimillonarios, que insulta en cada frase a todos los que son diferentes a él (incluida su esposa, que es mujer e inmigrante), que basó su campaña en disparates xenófobos, retrógrados, egoístas e ignorantes como construir un muro en toda la frontera mexicana, prohibir la entrada de musulmanes a la democracia más antigua del mundo, echar para atrás los tratados de libre comercio y deportar masivamente a millones de inmigrantes (recordando las “deportaciones masivas” que terminaron en el exterminio Nazi hace no tanto tiempo como solemos creer), sí, ese es el nuevo Presidente de Estados Unidos.

Ese histérico, impulsivo y ególatra que en plena campaña afirmó que podía decir lo que le diera la gana y aun así ganaría. Será él quien tenga los códigos nucleares de la mayor potencia del mundo, es decir, quien podrá decidir cuándo y dónde utilizar una bomba nuclear contra la gente que no le guste. Será él quien empiece a utilizar el poder de veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU, probablemente de la mano de su nuevo amigo Putin, para impedir o dar vía libre a lo que más les convenga desde el punto de vista del poder y el ego, en contravía de los derechos humanos y del bienestar de las poblaciones más vulnerables. Será él quien intente echar para atrás la Reforma Sanitaria de Obama que les permite tener un seguro de salud a millones de personas que no lo tenían; quien convierta a la Corte Suprema de su país en una institución conservadora en contravía de las libertades básicas que ha ido adoptando la sociedad a medida que avanza en la forma de analizar y vivir la vida; quien decida alejarse del resto cuando le convenga y bloquee fronteras y tratados de libre comercio, pero a la vez decida qué guerras y en qué países tiene intereses y cómo actuar frente a ellos; quien retroceda en relaciones tan complejas que hoy están mejor que antes, como las de Irán y Cuba, con las repercusiones que eso tiene para la humanidad; y quien decida, también, cómo será el apoyo al proceso de paz y al cada vez más lejano posconflicto en Colombia (ya Uribe lo llamó “Presidente Trump”, aunque todavía no lo sea, porque sabe que a los líderes como ellos los enloquecen esas glorificaciones –a él aún algunos lo llaman “Presidente Uribe”–, y habló en esa misma frase en otros de sus términos favoritos como el “narcoterrorismo” y la “tiranía de Venezuela”).

Ese ser ignorante, a quien le tienen sin cuidado el futuro de su país y el del planeta mientras pueda demostrar que es capaz de todo por más fondo que toque con sus afirmaciones (y, ojalá que no, con sus hechos), será el hombre más poderoso del mundo. Sus caprichos podrán reencaminar y cambiar el camino de su país, de 330 millones de habitantes, y sí, el del mundo.

Triunfos como ese, además de todo lo anterior, no hacen sino fomentar la violencia entre las personas y las culturas, el insulto al diferente, el odio al otro, los actos xenófobos y la defensa de los territorios y los “derechos exclusivos” por parte de algunos frente a otros que “no los merecen”, que son menos ante sus ojos.

Con este vacío y esta incertidumbre se instala la desesperanza y perdemos todos. Pierde la humanidad, que se aleja cada vez más de su esencia social y compasiva, y de los derechos fundamentales que ha defendido como la libertad, la vida y la búsqueda de la felicidad; pierden los pueblos que se han unido para ser más ricos y más viables; pierde profundamente la democracia que hoy, más que nunca, enaltece la estupidez del ser humano.

 

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias.

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre lo que me conmueve, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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