Instantes

Qué satisfactorio es cederle el paso al otro y por ahí derecho ganarse la sonrisa de un desconocido. Esos instantes que no percibimos tan representativos son pequeñas conexiones de humanidad que nos recuerdan que aquí estamos todos, luchándola, con la misma incertidumbre frente a la muerte y la misma necesidad de amor, todo eso antes que cualquier otra banalidad de aquellas a las que sí les manifestamos importancia. Son instantes que nos recuerdan que estamos vivos junto a otros que merecen también esa sonrisa y, siempre, compasión.

Que nuestras acciones generen más de esas conexiones instantáneas, inesperadas y esperanzadoras, y que nuestra mente y corazón sepan valorarlas.

Agradezco los indignados

Yo, a diferencia de quienes prefieren la comodidad de la anestesia permanente, agradezco los indignados.

Una vez, hace algunos años, un escritor a quien admiro y valoro profundamente, me dijo unas palabras bonitas sobre mis escritos, entre ellas, que se alegraba de encontrar ese sentimiento de indignación, la única forma de lucha contra la indiferencia.

También, a veces, cuando descubre el desconsuelo en mi mirada por situaciones percibidas como remotas, pero que a mí no me dejan dormir, mi mamá me dice que no puedo cargar con el peso del mundo.

Así duela, así implique más esfuerzo y así les estorbe a tantos, tenemos que indignarnos para convertirnos en seres humanos proactivos, dolientes, sensibles, compasivos, seres humanos que tomen acción desde sus posibilidades. Los indignados han cambiado la historia. Una sociedad indiferente es una sociedad sin esperanza.

Nada más fácil que prestarles atención solo a las cosas bonitas, sobre todo cuando las malas no nos tocan de cerca. Lo bueno es cómodo y muy popular, pero lo que duele hace un equilibrio bien importante. Es decir, en un mundo complicado, la belleza, la magia y lo positivo son un consuelo maravilloso que nunca debemos dejar de lado, pero eso no puede implicar olvidar o ignorar la contraparte.

Así mismo, con las posibilidades de comunicación de hoy, esa indignación hay que compartirla, hay que contar esas historias para alcanzar a otros que no tendrían cómo más sentirlas. La sensibilidad que generemos nos hará más humanos, creará lazos fundamentales, producirá ideas y permitirá construir una mejor sociedad.

Ojalá las nuevas generaciones sean curiosas, aprendan a indignarse frente a su entorno y a entender que si son afortunadas, con más razón deben compadecerse de los que no lo son e incluir dentro de sus sueños y proyectos formas creativas de generar sensibilidad y oportunidad.

Así que le agradezco en el alma a ese escritor el haberme expresado el valor que le daba a mi dolor frente al mundo, que comparto a través de historias que me llegan al alma, y a mi mamá que me ayude a levantarme cuando toco fondo, para seguir cargando a mi manera con el peso que pueda, sin desfallecer en el intento pero sin renunciar a la humanidad que me hace la persona que soy. Sin distanciarme de lo que me rodea, esté lejos o cerca.

Y le agradezco al universo, también, por cada uno de los indignados que, desde su percepción de la vida, nos sensibilizan para erradicar el peor de nuestros males: la indiferencia.

Casi siempre cuando las historias duelen, cuando contienen esa mezcla única de belleza y tristeza, son reveladoras: nos ayudan a comprender algo nuevo de nosotros mismos y del universo que habitamos.

Y es que yo vivo maravillada con cada detalle de este universo, será por eso que me duele.

 

El hombre detrás del estado

A veces, cuando pensamos que hemos avanzado en aquello de un mundo más civilizado y armónico, en una especie de conciencia colectiva de nuestra capacidad de autodestrucción que nos ayude a frenarnos y a hacernos más pasito, cuando sentimos que los estados más desarrollados –que de cierta manera percibimos como “más confiables” porque han sufrido el horror y aprendido de sus propias guerras, con la esperanza de que comprendan mejor para intentar no repetir– son los que pueden salvarnos, a todos, al mundo, recordamos que esas naciones en realidad son, tantas veces, el hombre que las gobierna.

Esos estados cuyos nombres suenan por años a una especie de garantía de tranquilidad, hasta que cumplen el ciclo y llega el hombre que es, o que no es, y que puede ser cualquiera y tener la visión del mundo que le dé la gana. Y ese hombre se aprovecha del miedo del momento, arma el rompecabezas de su mensaje, acaricia y se ríe del grupillo que respalda sus designios a ciegas, se trepa al trono para hacerlo temblar y redirecciona la máquina completa.

Y otras naciones observan y les agrada la idea, y allí por supuesto hay hombres parecidos que corren a hacer lo propio.

Y entonces tiembla y cambia de rumbo también el planeta y esos estados que nos tranquilizaban ya nos asustan, y nuestros antiguos amigos son ya enemigos, y recordamos los horrores del pasado como si fueran visiones del futuro.

Y comprendemos que las naciones son, contra todos los pronósticos, tan vulnerables como el estado de ánimo humano y, así, el mundo.

 

Una vida más bonita

Tomo el siguiente fragmento del libro “Voces de Chernóbil”, de Svetlana Alexievich, sobre el peor desastre tecnológico del siglo XX, para pensar en nuestra relación con los animales y los demás seres vivos. Con todos ellos convivimos en un mismo planeta, que no es más de los unos que de los otros. Simplemente somos distintos: nosotros tenemos la capacidad de razonar y, además, de comunicar. Que no nos aprovechemos de la vida de los más vulnerables. Que nos duelan. Que seamos conscientes de que no tenemos más derecho que ellos a la vida o al respeto. Que mostremos nuestra humanidad a través de la compasión y el amor. Que valoremos esa compañía maravillosa y única que nos ha dado el universo materializada en animales y naturaleza para hacer la vida más bonita, más llevadera.

“–En la tierra de Chernóbil uno siente lástima del hombre. Pero más pena dan los animales. Y no he dicho una cosa por otra. Ahora lo aclaro… ¿Qué es lo que quedaba en la zona muerta cuando se marchaban los hombres? Las viejas tumbas y las fosas biológicas, los así llamados ‘cementerios para animales’. El hombre solo se salvaba a sí mismo, traicionando al resto de los seres vivos.

Después de que la población abandonara el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiros a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanas…, también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a las aves que debían sacrificar para alimentarse. Y en el Antiguo Egipto, el animal tenía derecho a quejarse del hombre. En uno de los papiros conservados en una pirámide se puede leer: ‘No se ha encontrado queja alguna del toro contra N’. Antes de partir hacia el reino de los muertos, los egipcios leían una oración que decía: ‘No he ofendido a animal alguno. Y no lo he privado ni de grano ni de hierba’”.

 

Mujer completa

Junto con otro montón de derechos y libertades fundamentales de las mujeres, la decisión de ser o no madres debe ser respetada por todas y unirnos como un género rico y lleno de posibilidades.

A propósito de este día simbólico para la mujer me encantaría hacer una defensa de la mujer completa en sí misma, no como la extensión de nadie más.

Personalmente, no solo me siento inmensamente feliz de ser mujer –lo escogería una y mil veces si fuera a nacer de nuevo y me lo preguntaran–, sino que tengo la fortuna de percibir que mi entorno me es favorable. No me siento menospreciada, relegada o discriminada, y a lo largo de mi vida me he encontrado con una cantidad de oportunidades maravillosas en todos los aspectos. Me he dedicado a explorar la vida desde los viajes, las lecturas, el pensamiento, el amor y el trabajo, y en todas esas experiencias he descubierto posibilidades infinitas (Sé que una gran mayoría de las mujeres en el mundo no cuentan con esas circunstancias y por eso apoyo profundamente las tantas defensas de los derechos y de la igualdad de la mujer).

Por eso, para mí otra de las posibilidades de las mujeres, la de tener hijos, es solo eso: una posibilidad. Es decir, un camino que puedo o no tomar, una decisión de mi pareja y mía de acuerdo con nuestros sueños y objetivos de vida, con nuestra visión del mundo y nuestro concepto de felicidad.

Me parece machista de parte de las mismas mujeres que, si sienten que encuentran su realización convirtiéndose en madres, juzguen a aquellas que no quieren serlo ni encuentran su propia realización en ello. Y de ahí las presiones sociales, que sé que afectan a muchas mujeres ya sea porque no quieren o no pueden tener hijos. ¿Qué tal un montón de niños que llegan al mundo por mujeres a las que la presión llevó a dar “el siguiente paso” de las expectativas sociales? ¿No es ese un problema muy grave, triste, absurdo e irresponsable de la sociedad?

Si tratara, no alcanzaría a expresar lo que siento por el rol y el amor de una mamá: en la mía he tenido durante mis 32 años al ser más inmenso, más maravilloso, la conexión más profunda que pueda imaginar, el amor más incondicional, el lazo más eterno. Por ella sé de lo que es capaz una mamá y lo valoro desde lo más hondo de mi ser. Por ella daría mi vida sin dudarlo un instante y su dedicación y amor son, a su vez, la base del más grande amor que existe en mí.

Entonces no es que no sea consciente de que esa posibilidad puede ser maravillosa o que no tenga la certeza de que si tuviera un hijo lo amaría hasta el dolor y mi prioridad sería, en lo posible, ayudarlo a convertirse en un gran ser humano, mucho más allá de meterlo a las 200 clases de las que oigo hablar hoy en día o de obsesionarlo con su alimentación o tergiversar sus pasiones según mis propios prejuicios.

Sé que, si decido no tener hijos, no tendré la perspectiva desde el otro lado, del de la madre. Pero, ¿y qué? Tengo la de la hija y la de la mujer –completa en sí misma–, que se siente realizada todos los días de su vida con la construcción de su propia humanidad, recorriendo su camino, luchando por sus sueños, saboreándose el mundo, ilusionada con un montón de proyectos, viviendo un amor indescriptible en pareja, en familia.

Y es que una familia pueden ser un hombre y un perro, o lo que uno decida que sea. Admiro un montón el esfuerzo, la dedicación y la entrega de madres extraordinarias que conozco, que sienten un gran amor por sus hijos y que son felices con el tipo de vida que escogieron (en eso, en escoger, está la libertad). Me encantaría empezar a dejar de ver la sorpresa de muchos cuando una mujer les cuenta que no sabe si tendrá hijos. Eso no es sino una visión machista y bastante simple de lo que puede ser y alcanzar una mujer.

Expreso mi duda con la más absoluta convicción: no sé si quiero tener hijos y antes me daba más susto que ahora la posibilidad de decidir que no.

Seguramente, si no los tengo, me perderé de un montón de cosas; y seguramente las que sí los han tenido se perderán de otro montón. Y todas probablemente estaremos viendo la parte más valiosa de lo que escogimos. Cada una con sus decisiones vivirá una vida completamente distinta y decidirá cuánto disfruta y qué tan realizada se siente. Cuando se escoge un plato en un restaurante se deja de probar otro que podría habernos gustado más, o menos. Y así cuando elegimos a la persona con la que compartiremos la vida, nuestra profesión, la ciudad en la que vamos a vivir, etc.

Así que, qué alegría saber que hay una cantidad de mujeres que siguen sintiendo ese “instinto” y soñando con ser mamás, aportándole amor y educación al mundo a través de sus hijos. Y qué alegría, también, que cada día seamos más las mujeres que lo vemos como una opción, que exploramos roles diversos y que posiblemente nos dediquemos a cumplir otro tipo de sueños, que también enriquecerán inmensamente nuestra humanidad –y a cada una como mujer.

 

Autora

Catalina Franco Restrepo es una periodista, traductora y soñadora colombiana, Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, apasionada por la vida, los viajes, los idiomas, las palabras y las historias de lugares y personajes que se encuentra en sus recorridos por el mundo y que la inspiran para escribir. Vivió en Montreal, en donde estudió francés; pasó un tiempo como practicante en CNN en Atlanta; ha colaborado con CNN en Español como corresponsal de radio en Colombia y con la W Radio como corresponsal en Medellín; ha sido editora de revistas; y actualmente colabora escribiendo para diferentes medios nacionales e internacionales, hace traducciones y asesora las comunicaciones de distintas empresas.

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