El cambio

La alegría de ver cómo le cambia la vida a la gente.

 

La soledad

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Más allá de lo que conocemos como Colombia, de las personas, paisajes, costumbres y necesidades que identificamos como colombianos, hay un pequeño universo –a la vez inmenso– que también hace parte del país y del que oímos hablar, pero que se nos queda en noticia, nos suena a extranjero, no nos duele lo suficiente, solo hasta que lo tenemos al frente.

Allá, en el norte del país, después de llegar a esa Riohacha de ambiente vallenatero y mochilas Wayúu que colorean el malecón, empezó la aventura en camionetas que probablemente llegaron de Venezuela a precios irrisorios, para adentrarnos en una Colombia extrema que pocos se imaginan.

Hicimos una parada en Manaure para ver por primera vez un mar rosado: las piscinas de agua salada en proceso de evaporación para extraer la sal. Allí, embobados con el espectáculo de la naturaleza, se nos acercaron tres niños. Una de ellas era Julieth, una chiquita sin camisa de unos cuatro años que miró la silla del carro, agarró sin preguntar una botella de plástico con dos tragos de agua que quedaban y se la metió a la boca como si fuera a salvarle la vida.

– Está seca –nos dijo Álex, nuestro guía.

Después, mientras tomábamos fotos, volvieron los niños a pedirnos alguna moneda. Los otros dos le insistían a mi acompañante, pero Julieth, en silencio, se me acercó y me abrazó fuerte por la cintura. Me asusté y sentí una necesidad de protegerla que no puedo explicar. La abracé y empecé a acariciarle el pelo, entonces ella apretó con más fuerza y recostó la cabecita en mi estómago. Para ella eran tal vez unos minutos de tranquilidad, de olvidarlo todo. Para mí, un instante como un golpe que nunca borraré.

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Sobrevivir

Dharavi Slum Mumbai

– ¿Hay al menos momentos felices en sus vidas? Quiero decir, ratos tranquilos y alegres que los motiven, aunque sean cortos, algún tiempo libre que compartan en familia o hagan lo que les gusta… –le pregunté desconsolada, fingiendo serenidad por respeto, como una niña que ruega por última vez una respuesta que le devuelva la ilusión.

– No. Se vive para trabajar, se sobrevive. Tal vez algún domingo haya unos minutos para sentarse con los amigos, pero nada más. Dicen que Mumbai es la ciudad de los sueños, pero es en realidad la ciudad de la supervivencia –me respondió con absoluta franqueza y resignación, un poco sorprendido por mi interés en lo que no veía, Sunil, nuestro guía a través de los callejones del Dharavi Slum, el que hasta hace poco era el slum más grande de Asia y el segundo del mundo.

En nuestra condición de extranjeros, de turistas, prácticamente de extraterrestres, sin Sunil no hubiéramos podido caminar por allí ni tocar por esas dos horas –pero para siempre– una realidad que sería imposible de imaginar a partir de cualquier descripción. Las Naciones Unidas definen un slum como una zona degradada de una ciudad que se caracteriza por la baja calidad de sus viviendas, la miseria y la falta de seguridad en la tenencia. Es una de las veces en las que las palabras parecen no significar nada. Y para ayudar a darles forma a esas palabras no podíamos tomar fotos, por respeto.

En Dharavi viven un millón de personas en 2.4 kilómetros cuadrados. Un slum es también eso: sobrepoblación, falta de todo.

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La desnudez

Mezquita. Tánger, Marruecos.

Mezquita. Tánger, Marruecos.

Con el absoluto respeto que me inspira el mundo musulmán, me paré junto a mis padres y mi esposo a unos pasos de la puerta de una mezquita en Tánger, Marruecos, a observar en silencio mientras entraban a rezar los hombres durante su llamada a la oración.

Desde antes de acercarnos le pedí el favor a mi familia de no tomar una sola foto y de mirar con respeto, no como presenciando algo extraño, una especie de show, sino acercándonos desde lo más profundo a las costumbres de otros seres humanos, en medio de una arquitectura y una historia preciosas.

Alrededor de nuestro silencio –me hubiera gustado ser invisible en ese momento– pasaban los hombres, muchos niños, se quitaban los zapatos en la puerta y encontraban rápidamente un lugar para rezar.

Pero ese silencio se rompió de manera brusca, cuando un hombre que iba hacia la mezquita cambió su dirección y caminó directamente hacia mí, gritándome que nos fuéramos, que no teníamos nada que hacer ahí.

  • ¡Además, estás desnuda! –me gritó sin el más mínimo pudor.

Bajo los 35 grados centígrados que hacía en Tánger empezando el verano, yo vestía unos shorts y una camisa sin mangas (no llevaba nada para cubrirme los hombros porque no iba a entrar a la mezquita). A pesar del sobresalto que me produjo la palabra “desnuda” en ese tono, viniendo de un hombre desconocido, ante mi familia y la gente que había alrededor, y sin tener en cuenta cuál pudiera ser la reacción de ese hombre que me miraba con ojos violentos y que estaba rodeado de muchos otros que tal vez pensaran igual, respiré y le respondí en el mismo tono que había usado él.

  • ¡Respétame, no estoy desnuda! ¡O a lo mejor lo estoy para tu cultura, pero no para la mía! ¡Yo respeto tu cultura, respeta tú la mía!

Se lo dije mirándolo a los ojos, sin alejarme, mientras él continuaba gritándome y mi familia permanecía en silencio, mi esposo halándome de un brazo para que nos fuéramos.

Pero para mí era imposible irme de ahí así, así que seguimos repitiendo cada uno lo mismo y al mismo tiempo, él cada vez en un tono más bajo, con más calma, hasta que su discurso dejó de ser insultante y pasó a decirme, gagueando, que lo dejara explicarme, mientras yo daba la vuelta para irme.

Se había quedado sin argumentos. No creo que en el fondo hubiera dejado de verme desnuda ni de rechazar todo lo que yo representaba, pero pienso que fue consciente de cómo me estaba irrespetando y, en vez de aumentar su violencia, como perfectamente hubiera podido hacer ante cuatro turistas indefensos y contrarios a sus costumbres, creo que la idea del respeto por la diferencia puesta una y otra vez sobre la mesa por una mujer “desnuda” a la que no le temblaron la voz ni la mirada, logró bajar sus armas y crearle alguna inseguridad en sus convicciones.

No niego que pensé en decirle que seguramente él no conocía a una mujer desnuda o que le daba gracias al universo por ser libre y poderme vestir como me diera la gana. Ante sus insultos esa hubiera sido mi respuesta más probable, mi insulto de vuelta. Pero, en esa reacción automática y enérgica que tuve, que surgió de mi respeto por los musulmanes, de haber leído sobre su mundo y encontrarlo apasionante, me probé a mí misma que cuando se conoce y se respeta la mirada del otro, así haya un mal sabor de boca, se pueden cruzar universos enteros en paz.

Y tal vez no haya sido del todo malo ese último sabor. Fue la desnudez de las ideas, que a veces es agridulce.

 

Autora

Catalina Franco Restrepo es una periodista, traductora y soñadora colombiana, Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, apasionada por la vida, los viajes, los idiomas, las palabras y las historias de lugares y personajes que se encuentra en sus recorridos por el mundo y que la inspiran para escribir. Vivió en Montreal, en donde estudió francés; pasó un tiempo como practicante en CNN en Atlanta; ha colaborado con CNN en Español como corresponsal de radio en Colombia y con la W Radio como corresponsal en Medellín; ha sido editora de revistas; y actualmente colabora escribiendo para diferentes medios nacionales e internacionales, hace traducciones y asesora las comunicaciones de distintas empresas.

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