Ojosdelalma
  • Voces
  • April 2nd

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    Hay quienes no saben, ni siquiera pueden imaginarse, qué es la paz. Y son muchos. Tal vez seamos más de los que podríamos incluir en el grupo en un primer momento porque, pensándolo bien, ¿sabemos nosotros lo que es la paz?

    Él preguntó qué era la paz. Se produjo un gran silencio. Gente que padecía la guerra no sabía explicar su ausencia. Pasado un tiempo, un hombre acholi se incorporó de la silla y dijo: ‘La paz es cuando un hombre solo tiene miedo a las serpientes’“*.

    * En: http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales/2011/04/para-mama-fatu-justicia-es-poder-llorar-a-su-hijo.html

  • March 17th

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    “Aprendemos las leyes y la manera de hablar de nuestros esclavos para dirigirlos mejor. Y así, poco a poco, sin darnos siquiera cuenta, renunciamos a nuestras cualidades humanas, a nuestras leyes propias. Nos deshumanizamos, adoptamos el estilo de vida de nuestros esclavos técnicos y terminamos por imitarles. El primer síntoma de esa deshumanización es el desprecio al ser humano. El hombre moderno sabe que sus semejantes, y hasta él mismo, son elementos que pueden reemplazarse. La sociedad contemporánea, que cuenta con un hombre por cada dos o tres docenas de esclavos técnicos, se ha organizado y funciona según leyes técnicas.”

    La hora 25. Gheorghiu C. Virgil.

  • March 7th

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    Publicado en: Voces

    “Los miembros del partido comunista, sin embargo, pretenden que los fascistas son responsables y que el peligro sólo puede evitarse liquidándolos. Los nazis quieren salvar su piel matando a los judíos. Todo esto no son más que los síntomas del miedo que invade a todo ser humano ante el peligro. Ese peligro, que es el mismo por doquier, diferenciándose tan sólo las reacciones de los hombres ante él.”

    La hora 25. Gheorghiu C. Virgil.

  • February 24th

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    Me encontré con esta frase de Goethe: “Things which matter most must never be at the mercy of things which matter least” (Las cosas que más importan nunca deben estar a la merced de las cosas que importan menos), y el primer ejemplo que me vino a la mente fue que ni el petróleo ni el gas ni los intereses del poder deberían estar jamás por encima de la vida, la dignidad y la libertad de los seres humanos de cualquier lugar del mundo.

    Pero eso es solo en mi mente que juega con ejemplos ilusorios.

  • February 21st

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    “Esto es lo que ve el corresponsal mientras escribe acerca de las tácticas y de la estrategia militar, mientras habla de generales y de héroes, más o menos auténticos, o sólo de sí mismo. Coge de su bolsillo una cajita encerada; es su comida. Dentro de la cajita hay dos pequeños paquetitos de duros pasteles de sabor absolutamente insulso. Hay un poco de queso y un tubo de píldoras de vitaminas, una rodaja de limón, con la que conseguir que el agua de la cantimplora tenga un gusto menos malo, y un pequeño paquetito con cuatro cigarrillos. Esa es su comida, comida con la que deberá mantenerse en constante trabajo y en tensión durante bastantes horas. Y si se ha avanzado, mientras come, sediento, verá cómo se le acercan niños semejantes a insectos, rascándose y sorbiendo por la nariz, con una nariz llena de mocos; y estos niños lloriquearán por una de las galletas e incluso por alguna pastilla vitamínica. Gritarán: —Caramela, caramela, caramela…! Okey! Gratias! Good-by! Y si él da las galletas a alguno, entonces aparecerán muchos niños más, sucios también y con caras de insecto. Y éstos gritarán también: — Caramela… caramela…!”

    Hubo una vez una guerra. John Steinbeck.

  • January 21st

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    Leyendo Hubo una vez una guerra, libro en el que John Steinbeck reúne sus reportajes sobre la Segunda Guerra Mundial, me encontré, en uno de ellos, con una historia linda que me sacó una sonrisa: cuenta Steinbeck que los ingleses detestaban comer chicle y que sus hijos, por el contario, se sentían profundamente atraídos por esta costumbre tan americana. Para los niños el chicle era algo duradero que podían reciclar para seguir utilizando unos días después, a diferencia de, por ejemplo, la mermelada, que se acababa en instantes. Entonces, cuando los niños veían a los soldados norteamericanos caminando por las calles británicas, lo que hacían era pedirles chicle, volviéndose, incluso, como lo describe Steinbeck, ‘mendigos profesionales de chicle’.

    Pero lo que más me llamó la atención fue esta conversación entre un niño inglés y un soldado norteamericano que les acababa de decir que no tenía chicles a un grupo de chicos y que, a cambio, para contentarlos un poco y lograr que se fueran, les había dado algo menos apreciado por ellos: monedas.

    - ¿Es tan bonita América como esto? -pregunta el muchacho.

    - Aproximadamente lo mismo -dice el soldado-. Más grande, pero más o menos es lo mismo.

    - ¿Es cierto que no tiene usted chicle?

    - No, ni una pieza.

    - ¿Hay mucho chicle en América?

    - ¡Oh, sí, montones de chicles!

    El niño suspira profundamente.

    - Espero ir allí alguna vez -dice.

    Es, sencillamente, hermoso. Así empiezan los sueños de un niño; así, con esa inocencia, y con todas las fuerzas, empieza a imaginarse lo que encontrará en ese lugar enaltecido y soñado el día que pueda estar allí; así empieza a perseguir un ideal aunque, tal vez, cuando lo consiga, no recuerde que fue sencillamente por el chicle que alguna vez decidió que tenía que llegar.

    Así, con esos suspiros profundos que produce un sueño muy apasionado pero muy lejano.

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