Lobos

Tan acostumbrados estamos al horror, que la mayor parte del tiempo lo sentimos solo como el ruido de fondo de una historia inverosímil que se empeña en regresar cada vez que abrimos los ojos. Nos hemos convertido en el horror.

Les comparto un fragmento precioso de “La vida entera”, del escritor israelí David Grossman, en el que Ora le cuenta a Abram la situación que vivió con su hijo Ofer (un niño), para recordar que, con suerte, somos –hemos sido– ese tipo de ser humano que en un principio se sorprendió e intentó rechazar ese horror.

 

Ofer me preguntó de qué estaban hechas las albóndigas y yo murmuré cualquier cosa, seguramente le dije que eran unas bolas que se hacían con carne, porque él se quedó pensando un momento y me preguntó qué era la carne.

Abram hace un esfuerzo y se sienta. Se abraza las piernas.

La verdad es que Ilan siempre había dicho que estaba esperando que Ofer formulara esa pregunta, desde el mismo momento en el que empezó a hablar y, en realidad, desde el momento en que vimos el tipo de niño que era.

¿A qué te refieres con eso de «el tipo de niño que era»?

[…]

Bueno, pues le dije a Ofer que era eso, simplemente carne. Se lo dije con la mayor indiferencia. No es nada en especial, solo carne. Ya sabes, como la que comemos casi a diario. Carne.

[…]

Metí la cabeza en las profundidades de la nevera intentando ignorarlo y también por rehuir su mirada, pero él no cedió y me preguntó a quién le quitaban esa carne. Y te diré que a él le encantaba la carne, la ternera y el pollo sobre todo. Fuera de eso apenas comía nada, pero las albóndigas, los escalopes y las hamburguesas le encantaban. Estaba hecho un auténtico carnívoro, cosa que alegraba mucho a Ilan, y la verdad es que no sé por qué también a mí.

¿Cómo?

Que me alegraba de que le gustara la carne, no sé, la verdad es que era una satisfacción bastante primaria. ¿Lo entiendes, verdad?

 […]

Ofer se quedó pensativo un momento y después me preguntó por la vaca de la que se coge la carne. Quería saber si la carne le volvía a crecer de nuevo.

Si la carne le volvía a crecer de nuevo, repite Abram sonriendo.

Intenté escabullirme diciéndole que no exactamente, que no era exactamente así como sucedía, y entonces Ofer volvió a empezar a pasearse por la cocina, cada vez más deprisa, y como me di cuenta de que estaba muy preocupado, porque me llegó a preguntar abiertamente si a la vaca le quedaba una herida cuando se le quitaba la carne, a mí no me quedó más remedio que decirle que sí.

Abram la escucha repentinamente embelesado ante los ricos matices que aprecia en la escena que le está siendo descrita. Ve a Ora de pie en la cocina hablando con el niño y a este, enjuto, muy serio y preocupado, correteando por la estrecha cocina, tocándose el lóbulo de la oreja y mirando a su madre con impotencia. Abram, inconscientemente, se lleva la mano a la cara para protegerse de la insufrible lluvia de esquirlas provenientes del interior de ese hogar. La cocina, la nevera abierta, la mesa puesta para dos, los vapores que se elevan de las cazuelas puestas al fuego, la madre, el niño pequeño, su sufrimiento.

Y entonces me preguntó si se le quita la carne a la vaca cuando ya está muerta y así ya no le duele. Estaba intentando por todos los medios encontrar una salida honrosa a todo ese asunto, ya me entiendes, una salida honrosa para mí, pero de paso también para toda la humanidad, así que enseguida me di cuenta de que tenía que inventarme una mentira piadosa y que después, con el tiempo, cuando estuviera más fuerte, hubiera crecido y se hubiera empapado bien de proteína animal, ya llegaría el momento de darle a conocer lo que tú una vez llamaste «Hechos de vida y muerte». No te puedes ni imaginar lo muchísimo que Ilan se enfadó conmigo después por no haber sido capaz de inventarme algo, y encima tuve que darle la razón, porque la tenía. Y con la mirada encendida añade: porque con los niños hay que saber limar los cantos, ocultar cosas, suavizarles los hechos, no nos queda otra salida, qué se le va a hacer, pero yo… nunca fui capaz de hacerlo porque no estaba dispuesta a mentir.

[…]

Entonces Ofer se puso todavía más nervioso al verme callada y empezó a dar vueltas por la cocina como una peonza, yendo y viniendo, hablando consigo mismo, y me di cuenta de que ni siquiera era capaz de decir con palabras lo que sospechaba, hasta que al final, y eso no lo olvidaré jamás, bajó la cabeza y se quedó allí encogido, todo encorvado -con el más delicado de los gestos Ora se transforma en Ofer, es su cuerpo, es su cara, es la mirada del niño asomándose a los ojos de ella. Y Abram lo ve, lo está viendo, es Ofer, míralo, lo estás viendo, ya no podrás olvidarlo, no podrás estar sin él-, y a continuación me preguntó si había alguien que mataba a la vaca para quitarle la carne, y ¿qué podía responderle yo? Le dije que sí.

Al oírlo se puso a correr por toda la casa, de una punta a la otra, completamente enloquecido y gritando -Ora recuerda el fino aullido que no parecía la voz de Ofer, ni siquiera una voz humana, pero que brotaba de él-, tocaba los objetos, los muebles, los zapatos que había en el suelo, corría, gritaba y tocaba las llaves que estaban encima de la mesa, los picaportes de las puertas, la verdad es que resultaba sobrecogedor, parecía una especie de rito, no sé, como si se estuviera despidiendo de todo lo que…

Ora mira a Abram con ternura, entristecida por lo que le está contando y por lo que todavía él va a tener que oír y piensa en que lo está contagiando, como si de una enfermedad se tratara, del sufrimiento que supone la crianza de los hijos.

Ofer corrió hasta el final del pasillo, junto a la puerta del cuarto de baño, ya sabes, donde estaba el perchero de los abrigos, y desde allí se puso a gritar, ¿la matáis?, ¿matáis a la vaca para quitarle la carne?, ¡dímelo!, ¿sí?, ¿sí?, ¿se lo hacéis porque sí? Y en ese momento comprendí, quizá por primera vez en mi vida, lo que significa el hecho de que comamos seres vivos, lo que significa el hecho de que los matemos para comérnoslos, y cómo nos educamos para llegar a no comprender que en el plato tenemos la pata arrancada de un pollo, y que Ofer no estaba dispuesto a engañarse de esa manera, ¿lo entiendes? Él era un ser completamente transparente, susurra Ora, ¿y sabes lo que es tener un niño así en este mundo de mierda?

Abram se retrae. De repente siente en lo más profundo de sus entrañas el estremecimiento de pavor que sintió cuando Ora le contó que estaba embarazada.

Ella bebe agua de la botella y se lava la cara. Le tiende la botella y él, sin pensarlo, se echa el resto del agua por la cabeza.

De repente la expresión de su rostro se hizo impenetrable, es como si se hubiera encerrado en sí mismo, así -Ora se lo muestra apretando con fuerza los puños-, y después se puso a correr por todo el pasillo, desde el cuarto de baño hasta la cocina, y empezó a darme patadas, imagínate, algo que nunca había hecho, me daba patadas con todas sus fuerzas y gritaba, ¡sois como los lobos!, ¡las personas son como los lobos!, ¡no quiero estar con vosotros!”

 

Qué distinto sería el mundo si cada uno rescatara siquiera un pedazo de su origen.

 

¡Tu opinión es muy valiosa!

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias, y he decidido que entorno a eso tiene que girar mi vida.

Por eso ahora, a partir de mi experiencia de años planeando viajes y viajando, quiero ayudarles a otros a planear los suyos y compartir con ellos esa felicidad que produce explorar el mundo.

Ah, y pronto vendrá mi primer libro…

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre historias que me conmueven, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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