Que rompamos los ciclos

Estados Unidos está adaptando nuevamente edificios para que sus pilotos de guerra duerman y vivan en las bases militares que albergan los aviones portadores de armas nucleares, de manera que estén listos para despegar ante la temible orden del demente, impulsivo y caricaturesco Donald Trump.

Que volvemos a la época de la disuasión nuclear. Que otra vez hay que tratar de digerir que hay una gente –líderes del mundo– que está dispuesta a estallar desde el aire a poblaciones enteras, a mujeres, hombres, niños, viejos, familias, mascotas, animales salvajes, árboles, ríos y casas junto con todas sus historias; a que en segundos todo eso quede reducido a cenizas, quemaduras, amputaciones y enfermedades que persigan a abuelos, padres e hijos durante décadas. Gente que está dispuesta a seguir probando que el hombre es su propio peor enemigo, su mayor temor.

Uno esperaría que la historia realmente enseñara. Que el hombre, como un ser racional, se alejara de sus más grandes amenazas y se uniera como especie frente a ellas. Pero el ser humano insiste en crearlas y en dividirse para poder hablar de primeros, segundos y terceros lugares en las escalas del poder.

Ojalá no estemos condenados a estos ciclos mortales a los que nos someten esos hombres enfermos y hambrientos de poder, que se alimentan más de la guerra que del amor para llenar sus vacíos de humanidad. Ojalá la vida de las familias en distintos lugares del mundo esté marcada por la educación, la paz y la tranquilidad de una cotidianidad sencilla en el planeta que se nos prestó, y no por la aterradora espera de las bolas de fuego creadas por unos pocos hombres para destruir su propia casa.

Ojalá sepamos romper esos ciclos eligiendo sabiamente a nuestros líderes, pues son ellos quienes moldean nuestra historia. Ojalá no permitamos que nos manipulen para vendernos sus guerras, que nos matan a nosotros también.

 

El hombre detrás del estado

A veces, cuando pensamos que hemos avanzado en aquello de un mundo más civilizado y armónico, en una especie de conciencia colectiva de nuestra capacidad de autodestrucción que nos ayude a frenarnos y a hacernos más pasito, cuando sentimos que los estados más desarrollados –que de cierta manera percibimos como “más confiables” porque han sufrido el horror y aprendido de sus propias guerras, con la esperanza de que comprendan mejor para intentar no repetir– son los que pueden salvarnos, a todos, al mundo, recordamos que esas naciones en realidad son, tantas veces, el hombre que las gobierna.

Esos estados cuyos nombres suenan por años a una especie de garantía de tranquilidad, hasta que cumplen el ciclo y llega el hombre que es, o que no es, y que puede ser cualquiera y tener la visión del mundo que le dé la gana. Y ese hombre se aprovecha del miedo del momento, arma el rompecabezas de su mensaje, acaricia y se ríe del grupillo que respalda sus designios a ciegas, se trepa al trono para hacerlo temblar y redirecciona la máquina completa.

Y otras naciones observan y les agrada la idea, y allí por supuesto hay hombres parecidos que corren a hacer lo propio.

Y entonces tiembla y cambia de rumbo también el planeta y esos estados que nos tranquilizaban ya nos asustan, y nuestros antiguos amigos son ya enemigos, y recordamos los horrores del pasado como si fueran visiones del futuro.

Y comprendemos que las naciones son, contra todos los pronósticos, tan vulnerables como el estado de ánimo humano y, así, el mundo.

 

De muros y puentes

Leyendo sobre el nuevo consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el general Mc Master, que entra en remplazo del fallido Flynn, en un evidente y positivo contraste con sus ideas y sin miedo a enfrentarse a Trump y a la ideología que este viene pregonando, por ejemplo al rechazar el término “terrorismo islámico radical” y explicar lo básico: que quienes ponen bombas actúan contra el propio Islam y son simplemente terroristas, y que no se puede calificar y castigar a una religión completa (¡alrededor de 1600 millones de personas!) por los actos radicales y cobardes de unos tantos que se escudan en una religión para verse representados de alguna manera ante el mundo –y tal vez para convencerse a ellos mismos de que hacen lo correcto y de que están protegidos por algún dios–, pienso en la diferencia que hacen las personas.

A los que nos duele Trump, a esos que nos quita la tranquilidad el hecho de que esté dedicado a trabajar por que nos odiemos en un planeta que necesita construir puentes en vez de muros, nos producen esperanza esas voces que se atreven a recordarles lo más elemental, lo más humano, a aquellos que se han acostumbrado a inventarse una nueva realidad para huir de aquella que los espanta porque no la entienden, y para escapar, también, del cambio, que es apenas lógico que nos produzca temor, a todos.

Si se hubiera quedado Flynn, tendríamos a un hombre clave apoyando las tesis extremistas del pavoroso Steve Bannon en boca de Trump, mientras que con Mc Master, posiblemente oigamos una voz de equilibrio en ese equipo oscuro que empieza a gobernar, influyendo en la toma de decisiones que pueden cambiarles la vida a millones de personas, de familias.

La diferencia que hace una persona es absoluta. Cuando tiene poder es más evidente: Trump es el nuevo presidente del país más poderoso del mundo y utilizando los medios que están a su disposición, además de las políticas que pone en práctica, difunde ideas y valores que, para su tipo de público, quedan legitimados, motivando, por ejemplo, que se multipliquen los insultos y los ataques a otras razas, religiones y culturas.

Pero en la gente del común, esos que nos movemos en un pequeño círculo –aunque multiplicado por el alcance de internet y de las redes sociales– también es determinante. Mis padres, mi esposo y las personas que intervienen mis experiencias, sumadas a mi esencia, a los libros que leo, los lugares que visito y demás, afectan mi mirada del universo y las decisiones que tomo, y repercuten a su vez en los más cercanos a mí.

Cada persona tiene un papel vital en su entorno y la suma de entornos es nuestro mundo. Por eso la educación juega un rol fundamental. Si hoy le enseño a un niño a no pisar las lombrices ni tirarles piedras a los pájaros ni arrancar las flores, si le enseño que no es un juego y lo motivo a respetar profundamente a los animales y a la naturaleza, su huella positiva en el planeta –y lo que les enseñe a los que lo rodean– será de gran importancia; si no lo hago o le muestro el irrespeto a través de mi ejemplo, solo contribuiré al aumento de la destrucción, desde lo espiritual hasta lo material.

Ojalá tengamos la convicción, la capacidad y la voluntad para educar seres humanos y para seguir trabajando y fortaleciendo nuestra propia humanidad, a ver si nos sorprenden los más creativos puentes y no los más poderosos muros.

 

La nación mayor

El miedo se ha convertido en el líder de nuestros días. Ha sido la principal motivación de varias de las mayorías que se han pronunciado en los últimos meses, redireccionando el rumbo de sociedades enteras, sin saber muy bien lo que han elegido ni por qué lo han hecho.

Después de ver una encuesta que se hizo tanto en Estados Unidos como en varios países europeos, en la que encontraron resultados similares de mayorías que apoyarían leyes para prohibir la entrada de nacionales de países de mayoría musulmana a sus naciones en el futuro, hice el ejercicio de tratar de entender qué podría pasar por la cabeza –o por las emociones– de estas personas.

Poniéndome en su lugar –o pensando como viajera que soy–, podría decir: “vivíamos muy tranquilos (y esto sí que sería una afirmación dudosa teniendo en cuenta la historia de Europa y lo que pasa actualmente, y cada vez más seguido, en tantas ciudades de Estados Unidos, que nada tiene que ver con musulmanes), hasta que empezamos a saber de explosiones o tiroteos por parte de musulmanes en nuestro territorio…”

Entonces sí, pensé, es cierto que es mejor salir de casa sin temer si allí a donde vamos algo puede estallar. Pensé también en los cientos de millones de musulmanes que nada tienen que ver con eso y que se sienten igual –o peor– de asqueados ante la demencia de unos cuantos “de los suyos”, con los que lo único que tienen en común es una clasificación al azar, y que se han convertido en su condena. No pude dejar de recordar esos contados colombianos mafiosos y tristemente representativos en tantos imaginarios que tan mal rato nos han hecho pasar a los casi 48 millones de colombianos de bien cuando intentamos explicar a un extranjero que jamás hemos visto la maldita cocaína, o nos demoramos en un aeropuerto poniendo ojos de niños buenos frente a agentes de inmigración con cara de puño que han leído la palabra clave en nuestro pasaporte.

Y así, cuántas situaciones más.

También, lo de siempre, tener en cuenta el resto de los datos de la encuesta que evidencian la desinformación absoluta de las personas del común –igualmente mal encaminada debido al miedo– que afirman creer que en sus países vive y vivirá una cifra desproporcionadamente mayor de musulmanes de la que realmente lo hace o lo hará según cálculos basados en la realidad. Que no saben –o no quieren saber– que gran parte de esos atentados que temen los han cometido musulmanes nacidos y educados en sus países y no inmigrantes que hubieran podido detenerse en un aeropuerto o una frontera. Y, como no, que los perfiles de quienes apoyan este tipo de leyes son bastante dicientes: los mayores de 60 años frente a los menores de 30, quienes no estudiaron más allá de la secundaria frente a los universitarios, y la población rural frente a la urbana.

Está de acuerdo con ello –teme mucho más– quien jamás ha convivido con otras culturas ni conoce un poco más de historia, de proporciones, de humanidad. Puro desconocimiento y puras ganas de lo malo pero conocido. Miedo al cuento que echa el populista de turno.

Entonces vamos a lo siguiente: personas nacidas y educadas en Europa y Estados Unidos han cometido crímenes en nombre de organizaciones terroristas que dicen actuar en nombre del Islam, y, como se sabe, muchos han hecho sus contactos y han recibido entrenamiento y órdenes por internet. En simples comunidades virtuales se han sentido parte de ese llamado al odio y a destruir, y han actuado.

Como se diría popularmente, entonces no crucemos la puerta de la casa porque nos puede pisar un carro.

Más nos valdría, en nombre de las seguridades nacionales y la tranquilidad absoluta, terminar de una vez por todas con el peligro de internet; encontrar el peor defecto que por ignorancia asociemos con cada nacionalidad para prohibir la entrada de esa y todas las demás a nuestro territorio; no reconocerles derechos a parejas del mismo sexo porque nos volvemos una sociedad “anormal”; no mandar los hijos al colegio para que el de nariz pequeña no llame narizón al narizón –y de pronto algún día este decida dispararle a toda su clase–; y no compartir la vida con nadie porque nuestra experticia en demonizar las diferencias nos ha llevado a que en esta nación mayor, la de la humanidad entera, se llegue una y otra vez a la guerra absoluta: con otro país, otra raza, otra religión, con la propia familia y con uno mismo.

 

PD: Si entendiéramos que los muros lo único que crearán son divisiones violentas –y pasajeras– que tarde o temprano estallarán, y que no se trata de alejarnos para no vernos, sino de aprendernos a mirar para reconocernos en los otros y enseñárselo a las nuevas generaciones, de manera que la posibilidad de contemplar un futuro en paz exista al menos en las ideas…

 

Pelotas de ping-pong

Tal vez nos convirtamos todos en pelotas de ping-pong: el uno llega allí a donde no les gusta el color de su piel, el otro allí a donde detestan aquello en lo que cree y uno más allí a donde no soportan el sonido de su forma de hablar.

Entonces empieza el juego de la demencia, se construyen e imponen ideas y leyes en forma de raquetas infalibles, con las que los gobiernos y los ciudadanos más cobardes golpean a ciegas y sin cesar esos pedazos de humanidad convertidos en pelotas que se han deformado hasta no encajar en ningún lado de la mesa y que, aporreadas en lo más profundo, terminan estallándose unas contra otras en medio del espacio de nadie, de todos.

Así, parece que queremos estallar la humanidad.

 

Un mundo que se ha vuelto loco

Por estos días me despierto por la mañana tratando de pensar que no, que no era verdad, que todo era una inverosímil pesadilla y que puedo levantarme a construir mi día en un mundo que, en medio de sus barbaridades y a pico monto, parecía ir hacia delante, al menos en lo relativo a la seriedad, la racionalidad, la decencia y la responsabilidad de la mayoría de los líderes de los países desarrollados que, para bien o para mal, definen el rumbo del planeta.

Pero no. Me levanto a profundizar el shock, a recibir un nuevo dardo, a encogerme por dentro porque la película de terror continúa, sin final visible ni predecible.

Los tormentos permanentes e impopulares que nunca nos abandonan a quienes nos duele la borrosa humanidad, como el hambre, las guerras, el hecho de que haya tantos obligados a escapar de todos lados para no llegar a ninguno, y ese tipo de situaciones que son pan de cada día, parecen solo un recuerdo de tiempos mejores que están lejos de volver.

Siempre lo traigo a colación: hemos asumido que ya pasó lo peor y que no se puede repetir. Las carnicerías de épocas antiguas, las esclavitudes formales, las monstruosas guerras mundiales que nos permitimos. Todo eso es cosa de un pasado en el que todavía no sabíamos lo que sabemos hoy ni teníamos cierto orden en la sociedad internacional. Rápidamente nos acostumbramos a que los derechos fundamentales se den por sentado, al menos en las ideas.

Pensábamos que todo podía ir mal, pero no tanto.

Así, podíamos criticar con razón muchas acciones de un país tan determinante como Estados Unidos, pero parecía imposible que su presidente afirmara públicamente que está de acuerdo con la tortura porque funciona, que calle a los periodistas y les responda preguntas según su conveniencia, que no crea que el hombre tenga que ver con el cambio climático, que considere que los inmigrantes son violadores, que pretenda revisar los informes científicos antes de que se hagan públicos, que vaya a construir un muro con un vecino dependiente en el momento en que menos inmigrantes de ese país llegan a su territorio y quiera humillarlos diciéndoles que ellos lo tendrán que pagar, que considere que Japón debe tener armamento nuclear, que admire a un demente como Putin y quiera permitirle sus excesos, que eche para atrás una reforma que ampliaba la salud a 20 millones de personas más, que quiera dejar de acoger a los refugiados, que irrespete a las mujeres cada que le da la gana, que pretenda deshacer el acuerdo nuclear con Irán, que hable de prohibirles la entrada a Estados Unidos a los musulmanes (que constituyen una séptima parte del mundo), que esté cerrándole las puertas comerciales y humanas de su país al mundo, y que afirme que podría empezar a dispararle a la gente en la Quinta Avenida y ni así perdería votos.

Eso, además de haber ganado con tres millones de votos menos que su rival, afirmando que esa diferencia fue por puros votos de ilegales. Su película no termina nunca y, a través de su poder y sus medios, empieza a convertirla en la realidad de millones de personas que no tienen como cuestionarla y que creen que tal vez les favorece creerla.

Un borracho ha tomado el timón del barco en la época de la posverdad. Se lo hemos permitido porque esa posverdad se ha apoderado de más mentes de las que creíamos posible.

La política nos tiene hartos. Hartos de las mentiras, de las burlas, de la corrupción, de la burocracia y de la inhumanidad. Hastiados del irrespeto hacia las sociedades para las que se creó. Pero ver a un payaso demente riéndose de nosotros –de la vida– en la cara, ver que los avances de años, logrados con las luchas de generaciones, se deshacen segundo a segundo, eso desgarra por dentro.

Cuáles derechos humanos, cuál compasión, cuál libertad y cuál convivencia pacífica, si nos estamos diciendo que no hemos entendido nada y que tal vez estemos condenados a un ciclo mortal.

Al menos yo, cuando abro los ojos por estos días, me encuentro de frente con un mundo que se ha vuelto loco.

 

Justificar

Hace un par de días iba a presentar algo frente a un público y quise asegurarme de pronunciar bien un nombre con una mezcla árabe que vi en la lista. Casualmente, me presentaron a esa persona antes de empezar y aproveché para aclarar mi duda.

– ¿Así se pronuncia tu nombre? –y procedí a hacer mi mejor intento para que sonara bien.

– Sí, así. Es que resulta que mi mamá es del Medio Oriente… ¡Pero yo no, yo soy católico! –se apresuró a responder.

Me sorprendió tanto, que no tuve tiempo de decirle todo lo que hubiera querido. Solo alcancé a pronunciar un tonto “yo adoro el Medio Oriente…”, como un intento simple pero claro de expresarle que había llamado positivamente mi atención, que no tenía nada que explicar…

Pensándolo bien, tal vez fue mejor esa frase porque, si fuéramos al fondo y con toda sinceridad, hubiera querido decirle que bastante más interesante encontraría a alguien con raíces del Medio Oriente que a uno que se declarara “católico”. Pero esa soy yo, también con mis prejuicios, y probablemente él hasta se identifique más ahora –real o aparentemente– con esa descripción de sí mismo que hoy causa menos inquietud.

Como si uno u otro tuviera más derecho de ser o estar, o de dar una conferencia por lo alto, por las letras que componen su nombre o por las coordenadas geográficas en las que lo parió la naturaleza.

Pero me quedé fría. Fría porque al parecer ha llegado demasiado lejos la idea de tener que justificar quiénes somos o de dónde venimos para no producir miedo, rechazo o juicios definitivos en los demás, que no tienen idea de quiénes somos. Fría por un mundo en el que las barreras se multiplican cada segundo a partir de cualquier característica que nos diferencie del otro. Fría porque lo hemos enfriado todo, hemos dejado a un lado eso de “seres humanos” para vernos como “los de tal parte”, “los de tal color”, “los que creen en tal cosa”, “a los que les gusta convivir con tal género”, “los que sí y los que no”.

Puras ideas que nos han metido desde el poder para volvernos paranoicos, para que nos odiemos, nos matemos y necesitemos protección todo el tiempo. Puro miedo de mirarnos a los ojos y compartir el puto mundo.

 

*Y a modo de anécdota, sí que resultó interesante ese personaje de cejas gruesas que jamás podrá ocultar.

 

No ha pasado nada

Para ir a la parte más humana y más práctica del triunfo del Señor T, hay que hablar del miedo y de la indiferencia. Del nuevo y sonoro triunfo del miedo de las poblaciones menos educadas, que se convierte en herramienta efectiva de poder para líderes populistas interesados simplemente en ganar y permanecer, a costa de lo que sea. El tercero de este tipo en lo que va del año, pero con varios otros en el ambiente que se pueden consolidar.

El miedo es peligrosísimo porque hace que las personas acepten lo que sea con tal de creer que todo va a mejorar. El miedo es el que hace que las sociedades hayan cedido en sus derechos a la libertad y a la privacidad, con tal de obtener “seguridad”. El miedo de la Alemania absolutamente debilitada ante el mundo después del Tratado de Versalles fue el que engrandeció a Hitler como líder poderoso y capaz de volver a convertir a ese país en el más fuerte, en la raza suprema, en el que no aceptaría a todos aquellos incómodos y menos buenos, y ya sabemos lo que pasó.

Entonces entra a jugar la indiferencia. Casi todos, por poco que se involucren en temas políticos, manifiestan hoy estar sorprendidos con el triunfo de un demente personaje de la televisión. Pero, también, muchos, en esa tendencia del ser humano a aferrarse a la normalidad, dicen que bueno, que tal vez no será tan grave, que nos demos cuenta de que el mundo siguió normal, de que las acciones no han caído, de que “no ha pasado nada”, como si el hecho de que el Señor T haya ganado significara que en ese preciso instante iba a explotar una bomba atómica o, de lo contrario, no ha pasado nada.

Hay muchos preocupados solo por su más cercano alrededor. Con plena seguridad esos no son el inmigrante latino –o de cualquier otra parte– que lleva décadas partiéndose el lomo en el país de las oportunidades, luchando por ser reconocido como un ser humano con derechos, pero teniendo al menos la certeza de vivir en la súper democracia en la que un tirano xenófobo jamás podría subirse al poder. Son ellos solo algunos de los que se despiertan hoy con ese panorama escalofriante sobre la nuca.

Nos tenemos que preocupar, claro que sí. Me decía alguien, con cariño y con la intención de darme ánimos en este estado de estupefacción y tristeza mío, que debíamos estar agradecidos porque nos ha tocado una vida muy buena, que nuestros abuelos vivieron guerras mundiales y un mundo muy difícil, que no pasaría nada. Y le decía yo que sí, que claro que agradecía la buena vida que me tocó, pero que sintiera un poco lo que pasaba hoy, con millones de inmigrantes a la deriva sin una esquina de mundo para dormir con los ojos cerrados; con una Siria demencial que continúa destrozando día a día y año tras año todo resto de humanidad ante el silencio generalizado; con una Rusia amenazante que ha vuelto a apoderarse de territorios ajenos frente a una comunidad internacional que ya no tiene la más remota idea de qué hacer para no desencadenar esa tercera guerra mundial con nombre propio.

Sobre todo, nos acercamos a Ella cuando los triunfos que estamos haciendo posibles a través de la democracia van en el sentido de dividirnos, de volver a calificar de menos a los diferentes, de tenernos miedo, de no confiar en la cercanía de nadie. Justamente, al final de la Segunda Guerra Mundial se crearon las Naciones Unidas para que los estados pertenecieran a un mismo grupo, tuvieran ciertas reglas, para tener un mundo más unido y menos propenso a la autodestrucción. Más tarde se creó también la Unión Europea entre países que un día lo habían dado todo para destruirse mutuamente y ahora tendrían una interdependencia económica y una integración progresiva en distintos ámbitos, de manera que no quisieran –o no pudieran– hacerse daño.

Y ahora el Reino Unido vota para salirse de la Unión Europea con una cantidad de votantes que ni siquiera sabían qué era eso; en Colombia se vota no a un proceso de paz bajo un montón de argumentos y mentiras indescriptibles del líder de la mano dura; y en el país más poderoso del mundo se le da el liderazgo a un aislacionista que quiere mirarse el ombligo y “make America great again”, es decir, que solo sean ellos –o él–, que no se ensucien con lo que no les concierne, que si el mundo se muere de hambre o de tristeza, o si llega la Tercera, aquí no ha pasado nada.

 

Los perdedores del Pato Trump

El próximo Presidente del país más poderoso del mundo tiene el nombre de un pato de Disney. Donald Trump. A su alrededor todo es un reality show. Sí, en serio, el multimillonario que critica a los multimillonarios, que insulta en cada frase a todos los que son diferentes a él (incluida su esposa, que es mujer e inmigrante), que basó su campaña en disparates xenófobos, retrógrados, egoístas e ignorantes como construir un muro en toda la frontera mexicana, prohibir la entrada de musulmanes a la democracia más antigua del mundo, echar para atrás los tratados de libre comercio y deportar masivamente a millones de inmigrantes (recordando las “deportaciones masivas” que terminaron en el exterminio Nazi hace no tanto tiempo como solemos creer), sí, ese es el nuevo Presidente de Estados Unidos.

Ese histérico, impulsivo y ególatra que en plena campaña afirmó que podía decir lo que le diera la gana y aun así ganaría. Será él quien tenga los códigos nucleares de la mayor potencia del mundo, es decir, quien podrá decidir cuándo y dónde utilizar una bomba nuclear contra la gente que no le guste. Será él quien empiece a utilizar el poder de veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU, probablemente de la mano de su nuevo amigo Putin, para impedir o dar vía libre a lo que más les convenga desde el punto de vista del poder y el ego, en contravía de los derechos humanos y del bienestar de las poblaciones más vulnerables. Será él quien intente echar para atrás la Reforma Sanitaria de Obama que les permite tener un seguro de salud a millones de personas que no lo tenían; quien convierta a la Corte Suprema de su país en una institución conservadora en contravía de las libertades básicas que ha ido adoptando la sociedad a medida que avanza en la forma de analizar y vivir la vida; quien decida alejarse del resto cuando le convenga y bloquee fronteras y tratados de libre comercio, pero a la vez decida qué guerras y en qué países tiene intereses y cómo actuar frente a ellos; quien retroceda en relaciones tan complejas que hoy están mejor que antes, como las de Irán y Cuba, con las repercusiones que eso tiene para la humanidad; y quien decida, también, cómo será el apoyo al proceso de paz y al cada vez más lejano posconflicto en Colombia (ya Uribe lo llamó “Presidente Trump”, aunque todavía no lo sea, porque sabe que a los líderes como ellos los enloquecen esas glorificaciones –a él aún algunos lo llaman “Presidente Uribe”–, y habló en esa misma frase en otros de sus términos favoritos como el “narcoterrorismo” y la “tiranía de Venezuela”).

Ese ser ignorante, a quien le tienen sin cuidado el futuro de su país y el del planeta mientras pueda demostrar que es capaz de todo por más fondo que toque con sus afirmaciones (y, ojalá que no, con sus hechos), será el hombre más poderoso del mundo. Sus caprichos podrán reencaminar y cambiar el camino de su país, de 330 millones de habitantes, y sí, el del mundo.

Triunfos como ese, además de todo lo anterior, no hacen sino fomentar la violencia entre las personas y las culturas, el insulto al diferente, el odio al otro, los actos xenófobos y la defensa de los territorios y los “derechos exclusivos” por parte de algunos frente a otros que “no los merecen”, que son menos ante sus ojos.

Con este vacío y esta incertidumbre se instala la desesperanza y perdemos todos. Pierde la humanidad, que se aleja cada vez más de su esencia social y compasiva, y de los derechos fundamentales que ha defendido como la libertad, la vida y la búsqueda de la felicidad; pierden los pueblos que se han unido para ser más ricos y más viables; pierde profundamente la democracia que hoy, más que nunca, enaltece la estupidez del ser humano.

 

El precio de no entender

Es posible que este sea el holocausto de nuestro tiempo, que hayamos pensado que los horrores a gran escala en el mundo que conocemos como civilizado ya no iban más, que esos espacios de esclavitud y muerte cerrados y sistemáticos habían sido el punto más alto de nuestra monstruosidad y parte de ese pasado oscuro del que ya se habla con cierto aire de madurez.

Pero hoy podemos explotar en pedazos o ser destrozados por un camión mientras caminamos por alguna calle con nuestra familia, blanco del odio entre seres humanos desconocidos pero marcados por los sellos que nos hemos inventado.

Es posible que tengamos el holocausto que nos corresponde, por partes, en espacios y momentos sorpresa, pero creado por nuestras propias ideas, por la forma que le hemos dado al mundo, por permitir que los niños crezcan creyendo que hay unos mejores que otros, que solo algunos tienen derechos, que no todos son dignos de un pedazo de planeta, que deben existir ciertos muros.

Y le sumamos que esta mañana algún candidato presidencial nos despierta utilizando la tragedia para resaltar que “cuando sea presidente” no permitirá la entrada de “personas de países terroristas” a su gran país, como si no fuera precisamente esa la actitud que ha llevado al mundo a todo esto. No entendemos nada. Y pagamos por ello.

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias.

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre lo que me conmueve, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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