Miradas de iguales

Hace un par de días me orillé en la carretera para comprar un postre en una pequeña caseta. Apenas vio que el carro se detenía, el chico que la atendía se levantó rápidamente y se acercó a la ventana. Al oír mi saludo –antes que alguna instrucción sobre lo que quería–, me devolvió una sonrisa enorme y sincera, y sus ojos brillaron.

No fue una transacción, no hubo invisibilidad: yo no miraba el postre y él no miraba el dinero que le entregué; nos mirábamos el uno al otro, seres humanos vivos durante unos segundos de igualdad.

 

Mirar al suelo

Me llama mi esposo a contarme que compró unas cosas en un mercado y que al final, cuando un empleado le ayudó a llevar los paquetes al carro, sacó un billete de dos mil pesos y él le pidió que por favor lo pusiera en el suelo porque les prohibían recibir plata. Era venezolano, me dijo mi esposo.

Entonces pienso yo en qué condenado mundo una persona que ha salido de su país porque allá todo es una mierda, a buscarse la vida en otro que también se la lucha, sin que le puedan entregar dos mil tristes pesos en la mano por un esfuerzo adicional que hizo para prestarle un buen servicio al cliente de la empresa que se lo prohíbe y, finalmente, tener que pedir en voz baja que se los tiren al piso, como para subir más la moral de la dolorosa supervivencia, para recoger como basura esos tres pesos de más que esa noche harán la diferencia.

Duele como funcionamos. Duele la necesidad de ese hombre que probablemente cada día pide que le sigan atando su mirada al suelo.

 

Pasión y transformación

La plata está en el centro de todo y se convierte en el medio y el fin de nuestra existencia. Y eso es lo que les enseñamos a los niños desde que se empiezan a formar. Eso es lo que pasa.

El director de cine Michael Moore documentó en un video la experiencia que tuvo en Finlandia aprendiendo sobre el método de la educación en ese país, que hoy tiene los mejores estudiantes del mundo.

Resulta que hace unos años Finlandia tenía estudiantes igual de aburridos y frustrados que en muchos otros países, incluido Estados Unidos. Entonces decidieron implementar nuevas ideas hasta llegar a que hoy los niños tengan la jornada escolar más corta de cualquier país occidental (20 horas a la semana); prácticamente no tengan tareas; les den la misma importancia al arte, la música y el deporte que a las demás materias; y se les dé prioridad a los intereses particulares de los niños y al tiempo libre para que desarrollen su cerebro haciendo lo que más les gusta, además de algo más o menos importante: aprender a formarse como seres humanos.

Entonces cuentan los entrevistados que en Finlandia no existe esa obsesión desesperante por “buscar colegio”: no hay colegios mejores que otros porque no hay educación privada, sino que el estado maneja absolutamente todos los colegios, que son iguales, y, por lo tanto, el mejor colegio para cada uno es el que le queda más cerca.

Lo más importante es lo siguiente: los niños ricos y pobres estudian juntos y aprenden lo mismo, se respetan y son amigos, por lo tanto, aprenden y viven la esencia de la igualdad, y probablemente construyan relaciones, ideas y proyectos para trabajar juntos después, aprovechando el talento de todos, que no depende de cuánta plata tiene cada uno ni del color de la piel.

Así mismo, explican, los papás de los niños más ricos querrán asegurarse de que los colegios sean excelentes, en su totalidad porque todos son iguales, y así todos los niños tendrán una educación de la más alta calidad, además de tiempo para darles libertad a la mente y al alma.

Probablemente todos conocemos a alguien muy talentoso en algo que ya no pudo ser. Por la plata: o es pobre y no tiene con qué explotar ese talento ni se atreve a intentarlo, o es rico y le da miedo dedicarse a algo que no le dé más plata.

Nos hemos olvidado de la pasión, del talento, de la grandeza y la capacidad de los seres humanos, poniendo al dinero en el centro de todo: estudia en el colegio que puedas pagar, estudia con los que tienen la misma plata que tú, estudia lo que te asegure conseguir un trabajo en el que ganes suficiente plata, deja tu pasión como hobbie porque probablemente no sirve para nada, solo los que tienen igual o más dinero que tú son dignos de tu respeto.

Entonces se pierden ideas y mentes brillantes, se separan colegios, barrios, posibilidades y seres humanos, que después se matan entre ellos (probablemente por plata).

La educación es la esencia de una sociedad. Se puede hacer de un niño un monstruo o un gran ser humano con el poder de transformar positivamente su alrededor.

 

En voz baja

Nadie debería sentirse menos que nadie. La cantidad de billetes en el banco o en el bolsillo no debería establecer clasificaciones entre los seres humanos y determinar quiénes miran hacia arriba y quiénes hacia abajo. No debería cambiar la forma de ser, de sentir y de actuar de las personas.

Hace poco se enfermó la mujer que nos ayuda en mi casa y vino, digámosle Anita, a reemplazarla durante un tiempo.

Anita es del Chocó, habla muy pasito, no mira a los ojos. Desde que llegó intenté mostrarle que en mi casa nadie era menos que nadie y hacerla sentir que su trabajo era valioso.

– A usted todo le gusta, doña Catalina. Gracias por ser tan amable. Hay personas que lo tratan muy mal a uno –me dijo una vez mientras yo almorzaba.

Pero me seguía diciendo “doña Catalina” y cuando yo le empecé a decir “doña Anita” me respondía “¡cómo así que doña Anita!”, mirando el piso y con risa nerviosa.

A veces ella me preguntaba cómo hacer alguna cosa y yo le decía que como a ella le pareciera mejor. La respuesta era un no rotundo: yo era la que tenía que decir cómo se hacía porque solo así estaría bien.

Sin falta, cuando iba a salir de mi casa, me pedía que por favor le revisara el bolso. Yo, con la respiración cortada ante algo tan absurdo, le pedía inútilmente que lo cerrara, que no tenía que mostrarme nada.

Desde el momento en el que un ser humano parte de que es menos, de que los demás asumen que va a hacer algo malo, de que son los otros los que siempre tienen la razón, cuando no puede mirar a los ojos y llamar a los demás por su nombre, cuando es incapaz de afirmar algo y de expresar lo que piensa, algo se rompe en el mundo.

Finalmente, la persona que trabajaba conmigo antes se alivió y ayer por la tarde me despedí de Anita, con el corazón arrugado. Le dije que le agradecía enormemente su trabajo y que quería recomendársela a alguien cercano a mí, a una amiga que tenía un bebé de dos años.

– Anita, ¿te gustan los niños? –le pregunté.

– Ah, yo no sé, usted es la que sabe –me respondió mirando hacia el suelo, casi no se le oía la voz.

– ¿Yo sé si te gustan los niños? ¿Cómo voy a saberlo yo?

– Usted es la que sabe –fue lo único que pudo afirmar.

Es como una roca, con unos ojos muertos que le convierten en el típico negro de pesadilla que te asalta en la calleja peor iluminada del peor barrio de Nueva York. Pero basta que le oigas hablar durante cinco minutos para que empiecen a llegarte otros mensajes. Mensajes de dolor, sabes. Por Dios, pero si no es más que un chiquillo… Un niño asustado. Estos chicos crecen en el ghetto olvidados de todo el mundo. Están aterrados. Se rodean de un muro de machismo, creyendo que eso servirá para protegerles, pero en realidad se les puede destruir en cuestión de segundos. Eso es lo que temen: que les destruyan.

 

La hoguera de las vanidades. Tom Wolfe.

Autora

Catalina Franco Restrepo es una periodista, traductora y soñadora colombiana, Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, apasionada por la vida, los viajes, los idiomas, las palabras y las historias de lugares y personajes que se encuentra en sus recorridos por el mundo y que la inspiran para escribir. Vivió en Montreal, en donde estudió francés; pasó un tiempo como practicante en CNN en Atlanta; ha colaborado con CNN en Español como corresponsal de radio en Colombia y con la W Radio como corresponsal en Medellín; ha sido editora de revistas; y actualmente colabora escribiendo para diferentes medios nacionales e internacionales, hace traducciones y asesora las comunicaciones de distintas empresas.

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