Lo que no hay que repetir

Entender la esencia del camino, así no se tenga todo resuelto, es a veces la clave para llegar a una meta que permita seguir construyendo a su vez caminos más agradables y claros.

Hace unos meses le pregunté a un joven en Bosnia cómo se sentía con respecto a la recuperación de su país tras una guerra sangrienta e indescriptible que terminó hace apenas 27 años: “Vamos mejorando, aunque es difícil… Tal vez sea un poco más fácil para las generaciones que vienen, que de pronto no se van a acordar tanto de todo lo que pasó… Pero yo lo único que sé es que, así algunos hayamos vivido momentos muy duros, tenemos claro que la violencia nunca más, que saldremos adelante despacio, pero jamás con violencia.”

Me lo dijo con dolor y con una convicción tan impresionante, que yo tuve la certeza de que esa nación y esa sociedad tan heridas tienen esperanza y las espera un futuro mejor.

Ojalá que en Colombia, que tuvimos tantos más años de violencia que Bosnia, nos hayan sido suficientes para entender que la sangre solo trae más sangre y que solo educando para convivir en paz con el otro y para construir un camino de vida legítimo se puede alcanzar la armonía personal, familiar y en sociedad.

Que el futuro de nuestra Colombia no gire en torno al odio ni a la venganza. Que tengamos un país en construcción permanente alrededor de la esperanza y lejos de la guerra, en donde las nuevas generaciones hablen del odio en pasado, como una lección de historia cercana para no olvidar, pero para no repetir.

Que rompamos los ciclos

Estados Unidos está adaptando nuevamente edificios para que sus pilotos de guerra duerman y vivan en las bases militares que albergan los aviones portadores de armas nucleares, de manera que estén listos para despegar ante la temible orden del demente, impulsivo y caricaturesco Donald Trump.

Que volvemos a la época de la disuasión nuclear. Que otra vez hay que tratar de digerir que hay una gente –líderes del mundo– que está dispuesta a estallar desde el aire a poblaciones enteras, a mujeres, hombres, niños, viejos, familias, mascotas, animales salvajes, árboles, ríos y casas junto con todas sus historias; a que en segundos todo eso quede reducido a cenizas, quemaduras, amputaciones y enfermedades que persigan a abuelos, padres e hijos durante décadas. Gente que está dispuesta a seguir probando que el hombre es su propio peor enemigo, su mayor temor.

Uno esperaría que la historia realmente enseñara. Que el hombre, como un ser racional, se alejara de sus más grandes amenazas y se uniera como especie frente a ellas. Pero el ser humano insiste en crearlas y en dividirse para poder hablar de primeros, segundos y terceros lugares en las escalas del poder.

Ojalá no estemos condenados a estos ciclos mortales a los que nos someten esos hombres enfermos y hambrientos de poder, que se alimentan más de la guerra que del amor para llenar sus vacíos de humanidad. Ojalá la vida de las familias en distintos lugares del mundo esté marcada por la educación, la paz y la tranquilidad de una cotidianidad sencilla en el planeta que se nos prestó, y no por la aterradora espera de las bolas de fuego creadas por unos pocos hombres para destruir su propia casa.

Ojalá sepamos romper esos ciclos eligiendo sabiamente a nuestros líderes, pues son ellos quienes moldean nuestra historia. Ojalá no permitamos que nos manipulen para vendernos sus guerras, que nos matan a nosotros también.

 

Diseñar la vida con un solo brazo

Fotografía de @AfshinIsmaeli.

Observé despacio, conteniendo el aire, la foto de un bebé al que le faltaba un bracito. La manga izquierda de su pijama rosada quedaba colgando y dibujaba, en su extremo, un agujero por el que no se asomaba la vida. Leí que Daniel, como lo pusieron los médicos en el hospital, pues nadie sabe de dónde salió ni dónde está su familia, fue encontrado en las ruinas de Mosul: que, después de que unos terroristas lo pusieran en media calle como una trampa (matando a tres soldados iraquíes que intentaron ayudarlo), un perro se le comió el bracito.

Daniel es un bebé y aún no tiene la capacidad de entender que su situación dista mucho de ser “la vida normal”, que no todos pasan por algo así. Pero, muy en el fondo, su inocencia y su dolor –su humanidad– lo deben sospechar.

Con suerte –o tal vez sin ella–, si Daniel sobrevive a este tiempo de guerra que se siente infinito (y esto es desde la distancia); si consigue salir de ese hospital y no ser el blanco de otra bomba, otro disparo u otra trampa; si crece sin familia en algún toldo de algún campo de refugiados de algún país que se haya dignado a ofrecer un terreno polvoriento e inutilizado a los que no tienen derecho a un rincón de mundo; si aprende a diseñar su vida con un solo brazo y recuerda su destino cada que sienta la falta del otro, posiblemente entre a hacer parte de ese torbellino de sinsentidos a los que el universo rechaza con insistencia y que se transforma en la base del odio y la violencia, desquitándose a su vez con ese universo.

A veces el sinsentido nace, sí, de los adultos en que se han convertido esos niños abusados, hambrientos, abandonados, faltos de amor, a los que se les dijo que eran menos que los demás, o de esos a los que un perro se les ha comido un brazo porque fueron dejados en la calle como trampas mortales de la estupidez de los hombres; pero, a veces, tantas tantas veces, el sinsentido, la base principal y poderosa de esa violencia, nace de quienes se han atribuido la potestad de gritarles a los anteriores que nacieron para menos, que no tienen rincón de mundo, nace de esos seres humanos que, desde la lejanía y la comodidad de un hogar calentito, se asquean con los abandonados por la suerte, con los obligados a diseñar su vida con un brazo, y escupen su ignorancia sin cesar.

 

Miedo al miedo

Ayer por la tarde pedí un Uber para ir a reunirme con unas amigas. Me recogió un hombre joven y, después de montarme en el puesto de adelante como ellos lo solicitan casi siempre, me sentí algo incómoda porque percibí una mirada intensa de parte de él y por su forma de hablar. Me puso conversación sobre el servicio de Uber y yo, que no sabía si me sentía segura o no, seguí la conversación evitando un poco su mirada, pero hablando con un ser humano que me estaba prestando un servicio y que lo había hecho todo bien. De pronto, me recomendó otra aplicación y me dijo que le parecía muy buena y segura, porque también los hacía sentir seguros a ellos como conductores, ya que a veces le pasaba que recogía a personas que le causaban ciertas dudas y se sentía intranquilo. Así que ya éramos dos. Me dijo, contándome un ejemplo, que hacía unos días le había tocado un hombre que lo había saludado “¿qué más niño?”, con el acento y la connotación que solo los paisas conocemos, y que él se había sentido algo extraño. Entonces, hasta ese momento, yo estaba intranquila en un carro por alguien que hablaba de una manera y que a su vez se sentía intranquilo en otro carro por alguien que hablaba de esa manera que yo percibía que él hablaba…

Pareciera que no tiene fin. ¿En qué momento empezamos a sentir desconfianza de todo y a tenernos miedo entre todos y a todo?

Somos seres humanos. Ojalá pudiera más el lazo de la solidaridad y de una esencia compartida, que el pánico que se nos ha metido por dentro y ahora parece tomar las decisiones por nosotros.

 

De un número al mundo entero

¿En qué clase de dios cree o en qué tipo de valores se basa alguien que, de la manera más egoísta imaginable, defiende a capa y espada desde la comodidad de sus circunstancias ajenas al tema, el hecho de que un niño o niña siga viviendo en una institución de abandonados por las personas o por la suerte, en vez de llegar a un hogar que lo espera con el amor y las capacidades para acogerlo y ayudarle a construir un presente y un futuro?

Qué puede pasar por la cabeza –y por el corazón– de los aficionados a opinar basados en lo que les gusta imaginarse que es el mundo, tan lejos de la realidad de la que hablan. El cómodo universo de las ideas, lejano del de las vivencias y los dolores de los protagonistas. Si tan solo tomáramos nuestra interpretación del mundo para vivir la propia vida, pero no para decirles a los demás cómo tienen que vivir la suya –y mucho menos para destruirla desde la distancia…

Pero es que estamos en un país en el que el poder, el simple hecho de llevarse el punto, vale más que lo más básico en el sentido humano para que todos, no solo algunos, sino todos, encontremos formas de vivir mejor. Los ejemplos abundan: en el referendo por “papá y mamá”, sus impulsores dijeron que aceptarían cualquier resultado, pero apenas vieron que se había hundido, anunciaron que recurrirían a la desconocida figura de la apelación en el Congreso para seguir luchando por su triunfo, para no tragarse una derrota, qué importan los niños que no tienen hogar, qué más da gastarse la plata de este país urgido de tanto en un referendo ya rechazado y echar a la basura los avances de un estado laico que hoy reconoce la igualdad a la hora de adoptar, y qué importa ir preguntando por ahí si queremos o no seguir respetando nuestros derechos fundamentales. Por qué tener en cuenta a los otros si no soy yo el que quiere adoptar ni es mi hijo el que no tiene hogar.

Si pensáramos con el pedacito humano que el universo nos regaló a cada uno –si supiéramos lo que es ponerse en los zapatos del otro–, todo sería más sencillo: un niño –¡un niño!– se levanta todos los días de la vida en un cuarto ajeno, rodeado de extraños para quienes él es uno más, no el mundo entero, rodeado de una tristeza sutilmente tocada por la esperanza –que puede convertirse en desesperanza en cualquier instante– pensando si ese será el día en que alguna familia como esas a las que están acostumbrados los demás por fin llegará por él, lo abrazará cada día, lo amará para siempre y lo hará sentirse niño por primera vez.

¿Entonces yo, desde mi pequeño mundo y sin mirar a ese niño a los ojos ni haberme levantado cada día como él, decido que no tenga familia, que se siga despertando en la misma soledad, porque creo que el dios que me he imaginado dice tal y tal cosa? ¿En serio?

Pasar de ser un número a ser el mundo para alguien: eso es un hogar.

 

Instantes

Qué satisfactorio es cederle el paso al otro y por ahí derecho ganarse la sonrisa de un desconocido. Esos instantes que no percibimos tan representativos son pequeñas conexiones de humanidad que nos recuerdan que aquí estamos todos, luchándola, con la misma incertidumbre frente a la muerte y la misma necesidad de amor, todo eso antes que cualquier otra banalidad de aquellas a las que sí les manifestamos importancia. Son instantes que nos recuerdan que estamos vivos junto a otros que merecen también esa sonrisa y, siempre, compasión.

Que nuestras acciones generen más de esas conexiones instantáneas, inesperadas y esperanzadoras, y que nuestra mente y corazón sepan valorarlas.

Agradezco los indignados

Yo, a diferencia de quienes prefieren la comodidad de la anestesia permanente, agradezco los indignados.

Una vez, hace algunos años, un escritor a quien admiro y valoro profundamente, me dijo unas palabras bonitas sobre mis escritos, entre ellas, que se alegraba de encontrar ese sentimiento de indignación, la única forma de lucha contra la indiferencia.

También, a veces, cuando descubre el desconsuelo en mi mirada por situaciones percibidas como remotas, pero que a mí no me dejan dormir, mi mamá me dice que no puedo cargar con el peso del mundo.

Así duela, así implique más esfuerzo y así les estorbe a tantos, tenemos que indignarnos para convertirnos en seres humanos proactivos, dolientes, sensibles, compasivos, seres humanos que tomen acción desde sus posibilidades. Los indignados han cambiado la historia. Una sociedad indiferente es una sociedad sin esperanza.

Nada más fácil que prestarles atención solo a las cosas bonitas, sobre todo cuando las malas no nos tocan de cerca. Lo bueno es cómodo y muy popular, pero lo que duele hace un equilibrio bien importante. Es decir, en un mundo complicado, la belleza, la magia y lo positivo son un consuelo maravilloso que nunca debemos dejar de lado, pero eso no puede implicar olvidar o ignorar la contraparte.

Así mismo, con las posibilidades de comunicación de hoy, esa indignación hay que compartirla, hay que contar esas historias para alcanzar a otros que no tendrían cómo más sentirlas. La sensibilidad que generemos nos hará más humanos, creará lazos fundamentales, producirá ideas y permitirá construir una mejor sociedad.

Ojalá las nuevas generaciones sean curiosas, aprendan a indignarse frente a su entorno y a entender que si son afortunadas, con más razón deben compadecerse de los que no lo son e incluir dentro de sus sueños y proyectos formas creativas de generar sensibilidad y oportunidad.

Así que le agradezco en el alma a ese escritor el haberme expresado el valor que le daba a mi dolor frente al mundo, que comparto a través de historias que me llegan al alma, y a mi mamá que me ayude a levantarme cuando toco fondo, para seguir cargando a mi manera con el peso que pueda, sin desfallecer en el intento pero sin renunciar a la humanidad que me hace la persona que soy. Sin distanciarme de lo que me rodea, esté lejos o cerca.

Y le agradezco al universo, también, por cada uno de los indignados que, desde su percepción de la vida, nos sensibilizan para erradicar el peor de nuestros males: la indiferencia.

Casi siempre cuando las historias duelen, cuando contienen esa mezcla única de belleza y tristeza, son reveladoras: nos ayudan a comprender algo nuevo de nosotros mismos y del universo que habitamos.

Y es que yo vivo maravillada con cada detalle de este universo, será por eso que me duele.

 

Miradas de iguales

Hace un par de días me orillé en la carretera para comprar un postre en una pequeña caseta. Apenas vio que el carro se detenía, el chico que la atendía se levantó rápidamente y se acercó a la ventana. Al oír mi saludo –antes que alguna instrucción sobre lo que quería–, me devolvió una sonrisa enorme y sincera, y sus ojos brillaron.

No fue una transacción, no hubo invisibilidad: yo no miraba el postre y él no miraba el dinero que le entregué; nos mirábamos el uno al otro, seres humanos vivos durante unos segundos de igualdad.

 

Llenar la vida

En medio de tanta corrupción, de ver a tantas personas que pasan por encima de cualquier cosa –de sus valores, de la ley, de sus amigos y familia, de gente más vulnerable, de los sueños que alguna vez tuvieron como profesionales y como personas, de naciones enteras– para obtener dinero y poder, es un consuelo enorme para otros el reconocernos como seres humanos normalitos, de círculo pequeño y ambiciones más humanas, esos que somos felices desde el fondo del alma con la sonrisa de la persona que amamos al despertarnos y su abrazo de reencuentro al final de la tarde; los que queremos explotar de amor con la mirada cariñosa de un perro y sonreímos al oír por la ventana el canto de los pájaros; los que soñamos con conocer nuevos rincones de este planeta hermoso y trabajamos cada día para irlos descubriendo despacio; los que cerramos la llave del agua y apagamos las luces porque nos duelen los ríos, los mares, los árboles y cada pedacito de la naturaleza a la que tanto daño le hacemos; los que amamos profundamente a nuestros padres y a unos pocos más, y hemos entendido que ningún tipo de éxito, y mucho menos el dinero o el poder, valen más ni se comparan con la inmensidad, la profundidad y la intensidad del amor incondicional. Ese es el único que nos produce felicidad pura y limpia, y esperanza para cualquiera que sea nuestro destino aquí en la tierra y con lo que sea que venga después (en los momentos de miedo o incertidumbre me consuelo pensando que al llegar la muerte entraré en un abrazo eterno con esas personas sin las que no concibo la vida).
Recuerdo que, a partir de mi esencia independiente y de mis ambiciones profesionales, hace ya unos añitos, cuando terminé el colegio, sentía que Medellín era demasiado estrecha, que me cortaba las alas y que tal vez debía irme a vivir a otra parte. A eso le agradezco el haberme llevado a explorar el mundo y desarrollar esta pasión deliciosa que tengo por viajar, que me llena el alma y se ha convertido en uno de mis mayores motores de vida. Pero, también, la primera vez que me fui a otro país por un tiempo –donde fui absolutamente feliz–, descubrí que esas emociones desbordadas que me producían las nuevas experiencias me llevaban corriendo a un teléfono para compartirlas con los que amaba y a un computador a escribirlas para podérselas mostrar con más detalle, para no olvidar nada, para transmitirles algo de esa intensidad. ¡Ay, cómo deseaba que pudieran ver lo que estaba viendo yo!
Entonces entendí y acepté que el amor y las personas irremplazables de mi vida serían el número uno en ella por siempre. Seguí soñando y luchando incansablemente por mis sueños, y claro que el haber decidido vivir en Medellín me ha hecho renunciar a oportunidades que me hacían salir lágrimas de ilusión, pero decidí creer en que no hay un solo camino para llegar a la meta, sino que uno toma decisiones, vive, y la vida va construyendo caminos. Así, después de esa primera vez viví otros dos períodos en distintos lugares y viajo todo lo que puedo, pero regreso al amor, a la base, para soñar al lado de los irremplazables, para pasar este ratico de la vida amando y agradeciendo de cerca, y no perdiendo de vista las prioridades.
Sin amores que hagan sentir que el corazón se quiere estallar, ¿para qué lo demás? ¡Qué delicia los detalles del día a día sin necesidades de grandeza ni reconocimientos triviales! No ensuciemos el mundo. Construyamos formas limpias de llegar, amemos, no nos traicionemos y no llenemos la vida de vacío.

De muros y puentes

Leyendo sobre el nuevo consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el general Mc Master, que entra en remplazo del fallido Flynn, en un evidente y positivo contraste con sus ideas y sin miedo a enfrentarse a Trump y a la ideología que este viene pregonando, por ejemplo al rechazar el término “terrorismo islámico radical” y explicar lo básico: que quienes ponen bombas actúan contra el propio Islam y son simplemente terroristas, y que no se puede calificar y castigar a una religión completa (¡alrededor de 1600 millones de personas!) por los actos radicales y cobardes de unos tantos que se escudan en una religión para verse representados de alguna manera ante el mundo –y tal vez para convencerse a ellos mismos de que hacen lo correcto y de que están protegidos por algún dios–, pienso en la diferencia que hacen las personas.

A los que nos duele Trump, a esos que nos quita la tranquilidad el hecho de que esté dedicado a trabajar por que nos odiemos en un planeta que necesita construir puentes en vez de muros, nos producen esperanza esas voces que se atreven a recordarles lo más elemental, lo más humano, a aquellos que se han acostumbrado a inventarse una nueva realidad para huir de aquella que los espanta porque no la entienden, y para escapar, también, del cambio, que es apenas lógico que nos produzca temor, a todos.

Si se hubiera quedado Flynn, tendríamos a un hombre clave apoyando las tesis extremistas del pavoroso Steve Bannon en boca de Trump, mientras que con Mc Master, posiblemente oigamos una voz de equilibrio en ese equipo oscuro que empieza a gobernar, influyendo en la toma de decisiones que pueden cambiarles la vida a millones de personas, de familias.

La diferencia que hace una persona es absoluta. Cuando tiene poder es más evidente: Trump es el nuevo presidente del país más poderoso del mundo y utilizando los medios que están a su disposición, además de las políticas que pone en práctica, difunde ideas y valores que, para su tipo de público, quedan legitimados, motivando, por ejemplo, que se multipliquen los insultos y los ataques a otras razas, religiones y culturas.

Pero en la gente del común, esos que nos movemos en un pequeño círculo –aunque multiplicado por el alcance de internet y de las redes sociales– también es determinante. Mis padres, mi esposo y las personas que intervienen mis experiencias, sumadas a mi esencia, a los libros que leo, los lugares que visito y demás, afectan mi mirada del universo y las decisiones que tomo, y repercuten a su vez en los más cercanos a mí.

Cada persona tiene un papel vital en su entorno y la suma de entornos es nuestro mundo. Por eso la educación juega un rol fundamental. Si hoy le enseño a un niño a no pisar las lombrices ni tirarles piedras a los pájaros ni arrancar las flores, si le enseño que no es un juego y lo motivo a respetar profundamente a los animales y a la naturaleza, su huella positiva en el planeta –y lo que les enseñe a los que lo rodean– será de gran importancia; si no lo hago o le muestro el irrespeto a través de mi ejemplo, solo contribuiré al aumento de la destrucción, desde lo espiritual hasta lo material.

Ojalá tengamos la convicción, la capacidad y la voluntad para educar seres humanos y para seguir trabajando y fortaleciendo nuestra propia humanidad, a ver si nos sorprenden los más creativos puentes y no los más poderosos muros.

 

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias.

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre lo que me conmueve, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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