Que rompamos los ciclos

Estados Unidos está adaptando nuevamente edificios para que sus pilotos de guerra duerman y vivan en las bases militares que albergan los aviones portadores de armas nucleares, de manera que estén listos para despegar ante la temible orden del demente, impulsivo y caricaturesco Donald Trump.

Que volvemos a la época de la disuasión nuclear. Que otra vez hay que tratar de digerir que hay una gente –líderes del mundo– que está dispuesta a estallar desde el aire a poblaciones enteras, a mujeres, hombres, niños, viejos, familias, mascotas, animales salvajes, árboles, ríos y casas junto con todas sus historias; a que en segundos todo eso quede reducido a cenizas, quemaduras, amputaciones y enfermedades que persigan a abuelos, padres e hijos durante décadas. Gente que está dispuesta a seguir probando que el hombre es su propio peor enemigo, su mayor temor.

Uno esperaría que la historia realmente enseñara. Que el hombre, como un ser racional, se alejara de sus más grandes amenazas y se uniera como especie frente a ellas. Pero el ser humano insiste en crearlas y en dividirse para poder hablar de primeros, segundos y terceros lugares en las escalas del poder.

Ojalá no estemos condenados a estos ciclos mortales a los que nos someten esos hombres enfermos y hambrientos de poder, que se alimentan más de la guerra que del amor para llenar sus vacíos de humanidad. Ojalá la vida de las familias en distintos lugares del mundo esté marcada por la educación, la paz y la tranquilidad de una cotidianidad sencilla en el planeta que se nos prestó, y no por la aterradora espera de las bolas de fuego creadas por unos pocos hombres para destruir su propia casa.

Ojalá sepamos romper esos ciclos eligiendo sabiamente a nuestros líderes, pues son ellos quienes moldean nuestra historia. Ojalá no permitamos que nos manipulen para vendernos sus guerras, que nos matan a nosotros también.

 

Agradezco los indignados

Yo, a diferencia de quienes prefieren la comodidad de la anestesia permanente, agradezco los indignados.

Una vez, hace algunos años, un escritor a quien admiro y valoro profundamente, me dijo unas palabras bonitas sobre mis escritos, entre ellas, que se alegraba de encontrar ese sentimiento de indignación, la única forma de lucha contra la indiferencia.

También, a veces, cuando descubre el desconsuelo en mi mirada por situaciones percibidas como remotas, pero que a mí no me dejan dormir, mi mamá me dice que no puedo cargar con el peso del mundo.

Así duela, así implique más esfuerzo y así les estorbe a tantos, tenemos que indignarnos para convertirnos en seres humanos proactivos, dolientes, sensibles, compasivos, seres humanos que tomen acción desde sus posibilidades. Los indignados han cambiado la historia. Una sociedad indiferente es una sociedad sin esperanza.

Nada más fácil que prestarles atención solo a las cosas bonitas, sobre todo cuando las malas no nos tocan de cerca. Lo bueno es cómodo y muy popular, pero lo que duele hace un equilibrio bien importante. Es decir, en un mundo complicado, la belleza, la magia y lo positivo son un consuelo maravilloso que nunca debemos dejar de lado, pero eso no puede implicar olvidar o ignorar la contraparte.

Así mismo, con las posibilidades de comunicación de hoy, esa indignación hay que compartirla, hay que contar esas historias para alcanzar a otros que no tendrían cómo más sentirlas. La sensibilidad que generemos nos hará más humanos, creará lazos fundamentales, producirá ideas y permitirá construir una mejor sociedad.

Ojalá las nuevas generaciones sean curiosas, aprendan a indignarse frente a su entorno y a entender que si son afortunadas, con más razón deben compadecerse de los que no lo son e incluir dentro de sus sueños y proyectos formas creativas de generar sensibilidad y oportunidad.

Así que le agradezco en el alma a ese escritor el haberme expresado el valor que le daba a mi dolor frente al mundo, que comparto a través de historias que me llegan al alma, y a mi mamá que me ayude a levantarme cuando toco fondo, para seguir cargando a mi manera con el peso que pueda, sin desfallecer en el intento pero sin renunciar a la humanidad que me hace la persona que soy. Sin distanciarme de lo que me rodea, esté lejos o cerca.

Y le agradezco al universo, también, por cada uno de los indignados que, desde su percepción de la vida, nos sensibilizan para erradicar el peor de nuestros males: la indiferencia.

Casi siempre cuando las historias duelen, cuando contienen esa mezcla única de belleza y tristeza, son reveladoras: nos ayudan a comprender algo nuevo de nosotros mismos y del universo que habitamos.

Y es que yo vivo maravillada con cada detalle de este universo, será por eso que me duele.

 

De muros y puentes

Leyendo sobre el nuevo consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el general Mc Master, que entra en remplazo del fallido Flynn, en un evidente y positivo contraste con sus ideas y sin miedo a enfrentarse a Trump y a la ideología que este viene pregonando, por ejemplo al rechazar el término “terrorismo islámico radical” y explicar lo básico: que quienes ponen bombas actúan contra el propio Islam y son simplemente terroristas, y que no se puede calificar y castigar a una religión completa (¡alrededor de 1600 millones de personas!) por los actos radicales y cobardes de unos tantos que se escudan en una religión para verse representados de alguna manera ante el mundo –y tal vez para convencerse a ellos mismos de que hacen lo correcto y de que están protegidos por algún dios–, pienso en la diferencia que hacen las personas.

A los que nos duele Trump, a esos que nos quita la tranquilidad el hecho de que esté dedicado a trabajar por que nos odiemos en un planeta que necesita construir puentes en vez de muros, nos producen esperanza esas voces que se atreven a recordarles lo más elemental, lo más humano, a aquellos que se han acostumbrado a inventarse una nueva realidad para huir de aquella que los espanta porque no la entienden, y para escapar, también, del cambio, que es apenas lógico que nos produzca temor, a todos.

Si se hubiera quedado Flynn, tendríamos a un hombre clave apoyando las tesis extremistas del pavoroso Steve Bannon en boca de Trump, mientras que con Mc Master, posiblemente oigamos una voz de equilibrio en ese equipo oscuro que empieza a gobernar, influyendo en la toma de decisiones que pueden cambiarles la vida a millones de personas, de familias.

La diferencia que hace una persona es absoluta. Cuando tiene poder es más evidente: Trump es el nuevo presidente del país más poderoso del mundo y utilizando los medios que están a su disposición, además de las políticas que pone en práctica, difunde ideas y valores que, para su tipo de público, quedan legitimados, motivando, por ejemplo, que se multipliquen los insultos y los ataques a otras razas, religiones y culturas.

Pero en la gente del común, esos que nos movemos en un pequeño círculo –aunque multiplicado por el alcance de internet y de las redes sociales– también es determinante. Mis padres, mi esposo y las personas que intervienen mis experiencias, sumadas a mi esencia, a los libros que leo, los lugares que visito y demás, afectan mi mirada del universo y las decisiones que tomo, y repercuten a su vez en los más cercanos a mí.

Cada persona tiene un papel vital en su entorno y la suma de entornos es nuestro mundo. Por eso la educación juega un rol fundamental. Si hoy le enseño a un niño a no pisar las lombrices ni tirarles piedras a los pájaros ni arrancar las flores, si le enseño que no es un juego y lo motivo a respetar profundamente a los animales y a la naturaleza, su huella positiva en el planeta –y lo que les enseñe a los que lo rodean– será de gran importancia; si no lo hago o le muestro el irrespeto a través de mi ejemplo, solo contribuiré al aumento de la destrucción, desde lo espiritual hasta lo material.

Ojalá tengamos la convicción, la capacidad y la voluntad para educar seres humanos y para seguir trabajando y fortaleciendo nuestra propia humanidad, a ver si nos sorprenden los más creativos puentes y no los más poderosos muros.

 

La nación mayor

El miedo se ha convertido en el líder de nuestros días. Ha sido la principal motivación de varias de las mayorías que se han pronunciado en los últimos meses, redireccionando el rumbo de sociedades enteras, sin saber muy bien lo que han elegido ni por qué lo han hecho.

Después de ver una encuesta que se hizo tanto en Estados Unidos como en varios países europeos, en la que encontraron resultados similares de mayorías que apoyarían leyes para prohibir la entrada de nacionales de países de mayoría musulmana a sus naciones en el futuro, hice el ejercicio de tratar de entender qué podría pasar por la cabeza –o por las emociones– de estas personas.

Poniéndome en su lugar –o pensando como viajera que soy–, podría decir: “vivíamos muy tranquilos (y esto sí que sería una afirmación dudosa teniendo en cuenta la historia de Europa y lo que pasa actualmente, y cada vez más seguido, en tantas ciudades de Estados Unidos, que nada tiene que ver con musulmanes), hasta que empezamos a saber de explosiones o tiroteos por parte de musulmanes en nuestro territorio…”

Entonces sí, pensé, es cierto que es mejor salir de casa sin temer si allí a donde vamos algo puede estallar. Pensé también en los cientos de millones de musulmanes que nada tienen que ver con eso y que se sienten igual –o peor– de asqueados ante la demencia de unos cuantos “de los suyos”, con los que lo único que tienen en común es una clasificación al azar, y que se han convertido en su condena. No pude dejar de recordar esos contados colombianos mafiosos y tristemente representativos en tantos imaginarios que tan mal rato nos han hecho pasar a los casi 48 millones de colombianos de bien cuando intentamos explicar a un extranjero que jamás hemos visto la maldita cocaína, o nos demoramos en un aeropuerto poniendo ojos de niños buenos frente a agentes de inmigración con cara de puño que han leído la palabra clave en nuestro pasaporte.

Y así, cuántas situaciones más.

También, lo de siempre, tener en cuenta el resto de los datos de la encuesta que evidencian la desinformación absoluta de las personas del común –igualmente mal encaminada debido al miedo– que afirman creer que en sus países vive y vivirá una cifra desproporcionadamente mayor de musulmanes de la que realmente lo hace o lo hará según cálculos basados en la realidad. Que no saben –o no quieren saber– que gran parte de esos atentados que temen los han cometido musulmanes nacidos y educados en sus países y no inmigrantes que hubieran podido detenerse en un aeropuerto o una frontera. Y, como no, que los perfiles de quienes apoyan este tipo de leyes son bastante dicientes: los mayores de 60 años frente a los menores de 30, quienes no estudiaron más allá de la secundaria frente a los universitarios, y la población rural frente a la urbana.

Está de acuerdo con ello –teme mucho más– quien jamás ha convivido con otras culturas ni conoce un poco más de historia, de proporciones, de humanidad. Puro desconocimiento y puras ganas de lo malo pero conocido. Miedo al cuento que echa el populista de turno.

Entonces vamos a lo siguiente: personas nacidas y educadas en Europa y Estados Unidos han cometido crímenes en nombre de organizaciones terroristas que dicen actuar en nombre del Islam, y, como se sabe, muchos han hecho sus contactos y han recibido entrenamiento y órdenes por internet. En simples comunidades virtuales se han sentido parte de ese llamado al odio y a destruir, y han actuado.

Como se diría popularmente, entonces no crucemos la puerta de la casa porque nos puede pisar un carro.

Más nos valdría, en nombre de las seguridades nacionales y la tranquilidad absoluta, terminar de una vez por todas con el peligro de internet; encontrar el peor defecto que por ignorancia asociemos con cada nacionalidad para prohibir la entrada de esa y todas las demás a nuestro territorio; no reconocerles derechos a parejas del mismo sexo porque nos volvemos una sociedad “anormal”; no mandar los hijos al colegio para que el de nariz pequeña no llame narizón al narizón –y de pronto algún día este decida dispararle a toda su clase–; y no compartir la vida con nadie porque nuestra experticia en demonizar las diferencias nos ha llevado a que en esta nación mayor, la de la humanidad entera, se llegue una y otra vez a la guerra absoluta: con otro país, otra raza, otra religión, con la propia familia y con uno mismo.

 

PD: Si entendiéramos que los muros lo único que crearán son divisiones violentas –y pasajeras– que tarde o temprano estallarán, y que no se trata de alejarnos para no vernos, sino de aprendernos a mirar para reconocernos en los otros y enseñárselo a las nuevas generaciones, de manera que la posibilidad de contemplar un futuro en paz exista al menos en las ideas…

 

Pelotas de ping-pong

Tal vez nos convirtamos todos en pelotas de ping-pong: el uno llega allí a donde no les gusta el color de su piel, el otro allí a donde detestan aquello en lo que cree y uno más allí a donde no soportan el sonido de su forma de hablar.

Entonces empieza el juego de la demencia, se construyen e imponen ideas y leyes en forma de raquetas infalibles, con las que los gobiernos y los ciudadanos más cobardes golpean a ciegas y sin cesar esos pedazos de humanidad convertidos en pelotas que se han deformado hasta no encajar en ningún lado de la mesa y que, aporreadas en lo más profundo, terminan estallándose unas contra otras en medio del espacio de nadie, de todos.

Así, parece que queremos estallar la humanidad.

 

Un mundo que se ha vuelto loco

Por estos días me despierto por la mañana tratando de pensar que no, que no era verdad, que todo era una inverosímil pesadilla y que puedo levantarme a construir mi día en un mundo que, en medio de sus barbaridades y a pico monto, parecía ir hacia delante, al menos en lo relativo a la seriedad, la racionalidad, la decencia y la responsabilidad de la mayoría de los líderes de los países desarrollados que, para bien o para mal, definen el rumbo del planeta.

Pero no. Me levanto a profundizar el shock, a recibir un nuevo dardo, a encogerme por dentro porque la película de terror continúa, sin final visible ni predecible.

Los tormentos permanentes e impopulares que nunca nos abandonan a quienes nos duele la borrosa humanidad, como el hambre, las guerras, el hecho de que haya tantos obligados a escapar de todos lados para no llegar a ninguno, y ese tipo de situaciones que son pan de cada día, parecen solo un recuerdo de tiempos mejores que están lejos de volver.

Siempre lo traigo a colación: hemos asumido que ya pasó lo peor y que no se puede repetir. Las carnicerías de épocas antiguas, las esclavitudes formales, las monstruosas guerras mundiales que nos permitimos. Todo eso es cosa de un pasado en el que todavía no sabíamos lo que sabemos hoy ni teníamos cierto orden en la sociedad internacional. Rápidamente nos acostumbramos a que los derechos fundamentales se den por sentado, al menos en las ideas.

Pensábamos que todo podía ir mal, pero no tanto.

Así, podíamos criticar con razón muchas acciones de un país tan determinante como Estados Unidos, pero parecía imposible que su presidente afirmara públicamente que está de acuerdo con la tortura porque funciona, que calle a los periodistas y les responda preguntas según su conveniencia, que no crea que el hombre tenga que ver con el cambio climático, que considere que los inmigrantes son violadores, que pretenda revisar los informes científicos antes de que se hagan públicos, que vaya a construir un muro con un vecino dependiente en el momento en que menos inmigrantes de ese país llegan a su territorio y quiera humillarlos diciéndoles que ellos lo tendrán que pagar, que considere que Japón debe tener armamento nuclear, que admire a un demente como Putin y quiera permitirle sus excesos, que eche para atrás una reforma que ampliaba la salud a 20 millones de personas más, que quiera dejar de acoger a los refugiados, que irrespete a las mujeres cada que le da la gana, que pretenda deshacer el acuerdo nuclear con Irán, que hable de prohibirles la entrada a Estados Unidos a los musulmanes (que constituyen una séptima parte del mundo), que esté cerrándole las puertas comerciales y humanas de su país al mundo, y que afirme que podría empezar a dispararle a la gente en la Quinta Avenida y ni así perdería votos.

Eso, además de haber ganado con tres millones de votos menos que su rival, afirmando que esa diferencia fue por puros votos de ilegales. Su película no termina nunca y, a través de su poder y sus medios, empieza a convertirla en la realidad de millones de personas que no tienen como cuestionarla y que creen que tal vez les favorece creerla.

Un borracho ha tomado el timón del barco en la época de la posverdad. Se lo hemos permitido porque esa posverdad se ha apoderado de más mentes de las que creíamos posible.

La política nos tiene hartos. Hartos de las mentiras, de las burlas, de la corrupción, de la burocracia y de la inhumanidad. Hastiados del irrespeto hacia las sociedades para las que se creó. Pero ver a un payaso demente riéndose de nosotros –de la vida– en la cara, ver que los avances de años, logrados con las luchas de generaciones, se deshacen segundo a segundo, eso desgarra por dentro.

Cuáles derechos humanos, cuál compasión, cuál libertad y cuál convivencia pacífica, si nos estamos diciendo que no hemos entendido nada y que tal vez estemos condenados a un ciclo mortal.

Al menos yo, cuando abro los ojos por estos días, me encuentro de frente con un mundo que se ha vuelto loco.

 

No ha pasado nada

Para ir a la parte más humana y más práctica del triunfo del Señor T, hay que hablar del miedo y de la indiferencia. Del nuevo y sonoro triunfo del miedo de las poblaciones menos educadas, que se convierte en herramienta efectiva de poder para líderes populistas interesados simplemente en ganar y permanecer, a costa de lo que sea. El tercero de este tipo en lo que va del año, pero con varios otros en el ambiente que se pueden consolidar.

El miedo es peligrosísimo porque hace que las personas acepten lo que sea con tal de creer que todo va a mejorar. El miedo es el que hace que las sociedades hayan cedido en sus derechos a la libertad y a la privacidad, con tal de obtener “seguridad”. El miedo de la Alemania absolutamente debilitada ante el mundo después del Tratado de Versalles fue el que engrandeció a Hitler como líder poderoso y capaz de volver a convertir a ese país en el más fuerte, en la raza suprema, en el que no aceptaría a todos aquellos incómodos y menos buenos, y ya sabemos lo que pasó.

Entonces entra a jugar la indiferencia. Casi todos, por poco que se involucren en temas políticos, manifiestan hoy estar sorprendidos con el triunfo de un demente personaje de la televisión. Pero, también, muchos, en esa tendencia del ser humano a aferrarse a la normalidad, dicen que bueno, que tal vez no será tan grave, que nos demos cuenta de que el mundo siguió normal, de que las acciones no han caído, de que “no ha pasado nada”, como si el hecho de que el Señor T haya ganado significara que en ese preciso instante iba a explotar una bomba atómica o, de lo contrario, no ha pasado nada.

Hay muchos preocupados solo por su más cercano alrededor. Con plena seguridad esos no son el inmigrante latino –o de cualquier otra parte– que lleva décadas partiéndose el lomo en el país de las oportunidades, luchando por ser reconocido como un ser humano con derechos, pero teniendo al menos la certeza de vivir en la súper democracia en la que un tirano xenófobo jamás podría subirse al poder. Son ellos solo algunos de los que se despiertan hoy con ese panorama escalofriante sobre la nuca.

Nos tenemos que preocupar, claro que sí. Me decía alguien, con cariño y con la intención de darme ánimos en este estado de estupefacción y tristeza mío, que debíamos estar agradecidos porque nos ha tocado una vida muy buena, que nuestros abuelos vivieron guerras mundiales y un mundo muy difícil, que no pasaría nada. Y le decía yo que sí, que claro que agradecía la buena vida que me tocó, pero que sintiera un poco lo que pasaba hoy, con millones de inmigrantes a la deriva sin una esquina de mundo para dormir con los ojos cerrados; con una Siria demencial que continúa destrozando día a día y año tras año todo resto de humanidad ante el silencio generalizado; con una Rusia amenazante que ha vuelto a apoderarse de territorios ajenos frente a una comunidad internacional que ya no tiene la más remota idea de qué hacer para no desencadenar esa tercera guerra mundial con nombre propio.

Sobre todo, nos acercamos a Ella cuando los triunfos que estamos haciendo posibles a través de la democracia van en el sentido de dividirnos, de volver a calificar de menos a los diferentes, de tenernos miedo, de no confiar en la cercanía de nadie. Justamente, al final de la Segunda Guerra Mundial se crearon las Naciones Unidas para que los estados pertenecieran a un mismo grupo, tuvieran ciertas reglas, para tener un mundo más unido y menos propenso a la autodestrucción. Más tarde se creó también la Unión Europea entre países que un día lo habían dado todo para destruirse mutuamente y ahora tendrían una interdependencia económica y una integración progresiva en distintos ámbitos, de manera que no quisieran –o no pudieran– hacerse daño.

Y ahora el Reino Unido vota para salirse de la Unión Europea con una cantidad de votantes que ni siquiera sabían qué era eso; en Colombia se vota no a un proceso de paz bajo un montón de argumentos y mentiras indescriptibles del líder de la mano dura; y en el país más poderoso del mundo se le da el liderazgo a un aislacionista que quiere mirarse el ombligo y “make America great again”, es decir, que solo sean ellos –o él–, que no se ensucien con lo que no les concierne, que si el mundo se muere de hambre o de tristeza, o si llega la Tercera, aquí no ha pasado nada.

 

Omran

Omran, guerra Siria

Anoche no pude dormir, Omran.

Lloré varias veces porque tú no podías llorar.

Sobre la almohada mojada, pensaba en dónde estarías en ese momento y qué pasaría cuando todos se olvidaran de tu foto.

Pensaba en lo mucho que deseaba abrazarte y hacerte sentir seguro por un momento, hacerte sentir como un niño.

Imaginaba cómo sería darte un hogar, ser tu hogar.

Cerraba los ojos pero lo único que veía era la imagen de tu cuerpecito sucio; de unas piernitas que volaban sobre la silla de una ambulancia; de un pelo despeinado, cortado por alguien en forma de hongo con amor; de una boquita estrecha, cerrada por el dolor, como un punto en medio de la nada; de una mirada apagada, caída, sin más fuerzas y bajo la sangre; de una carita sin expresión o, mejor, con la expresión más profunda de la impotencia y la resignación ante el horror, de la tristeza infinita, del miedo que se pierde cuando ya no hay nada que perder.

Pero solo tienes cinco años, es imposible que hayas perdido el miedo y sé que tu corazón, y los de miles de niños como tú, se sienten solos ahora, temerosos de un futuro que ya no ilusiona, en medio de la monstruosidad que les ha tocado vivir.

Cinco años en los que solo has visto guerra y a los que ahora, para tantos, seguirá ese dolor agudo de la desesperanza sin el consuelo de una familia, haciéndose adultos sin siquiera haber sido niños, mirando a los ojos a un mundo que los ha dejado solos, que manifiesta impresión y tristeza por una foto, sin entender nada más, pero al otro día vuelve a elegir la guerra, también sin comprenderlo.

Ay, Omran, tú, que eres Aylan, que eres miles, millones, hijo no merecido de la guerra, si supieras de qué manera te has metido en mi corazón.

 

La nacionalidad de las calles

Asustado con su propio poder de decisión, el mundo vio en los últimos días la caída de la libra, el alza del dólar, el susto en la bolsa y las reuniones de los líderes europeos para definir cómo va a ser el proceso de ‘divorcio’ entre el Reino Unido y el proyecto de unión entre países más avanzado del mundo.

También ve ahora la rabia y el miedo de los jóvenes, que apoyaban mayoritariamente la permanencia en la Unión Europea y hoy sienten que los mayores decidieron su destino, quitándoles, entre muchas otras oportunidades, la de vivir y trabajar en otros 27 países de Europa, que es lo más visible para ellos porque tal vez no son del todo conscientes de las consecuencias económicas, sociales y políticas del triunfo del Brexit. Unos jóvenes que, a pesar de venir disfrutando de todos esos beneficios, y tal vez dándolos por sentados porque no conocen otra realidad ni pensaron que fuera posible ‘retroceder’, no salieron a votar.

Ve, igualmente, una abrumadora cantidad de votantes asustados y sintiéndose culpables en un amanecer oscuro que anunció que el ‘leave’ había ganado, convirtiendo en realidad la improbable alternativa de que el Reino Unido dejara de hacer parte del sueño europeo y llevando a muchos a preguntar si se podía hacer un segundo referéndum y a hacer búsquedas en Google como “¿qué es la Unión Europea?”, “consecuencias de dejar la Unión Europea”. Es decir, dieron su voto ante semejante situación pero no sabían qué era realmente la UE ni tenían idea de qué pasaría si votaban a favor del Brexit ni pensaron que en realidad pudiera pasar.

Un poco tarde para esas búsquedas en Google. Tremenda irresponsabilidad alentada por discursos agresivos como lo son casi todos los que buscan generar miedo en las poblaciones. Y lo lograron.

Pero es todavía peor. Después de aceptar lo que se tiene que asumir en una democracia, que puede ir, como en este caso, de la mano del miedo y el desprecio hacia los inmigrantes, se han producido escenas escalofriantes de xenofobia en distintos lugares de Inglaterra como la que contó un polaco que hacía una fila en la que un señor empezó a gritarles a todos preguntando quién era extranjero y diciendo que eso ya era Inglaterra y que tendrían que irse en menos de 48 horas, o la polaca que ya siente miedo de mandar a su hijo de 5 años al colegio en el que siempre se habían sentido tranquilos, o los carteles que amanecieron colgados en varias partes de una localidad a una hora de Londres y en los correos de casas de familias polacas:  “Dejad la UE/No más parásitos polacos”.

Es verdaderamente espeluznante. Y es que esto es una muestra de que a veces pensamos que lo peor ha pasado, que el mundo entró ya hace décadas en una especie de statu-quo relativamente estable –al menos en lo que le importa a ‘Occidente’–, que ya no pasarán esas cosas innombrables que hacen parte de un pasado vergonzoso en el que también Europa fue villana, y que, de cierta forma y aunque me cueste incluso escribir esta idea, ‘el mundo civilizado’ ya sabe que no puede decirle de frente al diferente que no lo acepta. Ni puede acusarlo, violentarlo, matarlo. No de frente.

Pero ya vemos que todo es posible: que un demente como Donald Trump es candidato presidencial en Estados Unidos, que promover un muro en toda la frontera sur del país más poderoso –y más libre– del mundo puede ser causante de votaciones masivas, que se puede prohibir la entrada de una religión a ese mismo país, que se ahogan miles de personas en el mar porque en cualquier dirección se chocan con un muro, que una de las principales naciones y economías europeas se va de la UE porque no se la aguanta más, y que en esa Europa progresista que ha intentado alejarse de Hitler y de Mussolini como ha podido ahora no da vergüenza alabar los nacionalismos ni apoyar esos populismos que surgen ahora para aprovechar la abundancia de escandalizados frente a temas inmigratorios y demás.

Otra vez vemos un montón de gente que quiere sus países para ellos solos, para las razas superiores, para no contaminarse ni compartir lo que no toca. Y el triunfo del Brexit es un peligroso y triste impulso moral y simbólico para todas esas personas y movimientos que, por más ignorantes y descabellados que sean, hoy salen a gritar que han ganado, que hoy se empieza a desintegrar el proyecto europeo que ha mantenido la paz en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, que ahora se puede gritar a los extranjeros en la calle porque esa calle tiene nacionalidad.

 

Los niños de la paz

Yo ya siento un poquito de este cambio que significa la paz. He leído otro tono en las palabras de varias personas que antes criticaban este proceso con todas sus fuerzas –y con violencia verbal– y que ahora ven algo de luz, quieren intentarlo, incapaces de ser indiferentes ante un momento tan decisivo y emocionante.

Ese cambio de actitud, no de todos, pero al menos de algunos, muestra cómo ese símbolo enorme de decir que Colombia empieza la etapa de la paz –¡que ya no van a existir Las Farc!– nos une como parte del proyecto y el sueño más importantes en la historia del país, y nos hace sentir que negarlo o luchar contra ello sería demasiado absurdo, demasiado inhumano, que no es hora de mirar para atrás o de poner más obstáculos.

No ha sido, no es y no será fácil, pero empieza el camino de la paz porque sencillamente no hay otro, a no ser que queramos seguir siendo el país de la guerrilla, de la sangre, de los desaparecidos, de las minas, de los secuestros, de las venganzas y de la violencia como recurso para todo. El hecho de mirarnos de frente con unos señores que nos han hecho tanto daño y decirles que los perdonamos, que somos todos seres humanos capaces de reflexionar y ceder para mejorar y para construir un cambio fundamental, nos hace un país más maduro, más moderno, más esperanzador, nos hace viables.

Dejando a un lado los egos políticos que tanto han eclipsado las verdaderas prioridades del país y tanto daño le han hecho a la sociedad colombiana en medio de un proceso que parecía imposible, pienso que hoy, con estas ganas de llorar que se sienten, cada uno debe hacerse consciente de su propia responsabilidad para que la transformación de los colombianos sea estructural en cuanto a la forma de ver la vida.

Me parece esencial que cada padre y cada madre se sienten con sus hijos y les expliquen lo que está pasando de la forma más positiva que puedan: les expliquen que la violencia no es jamás la vía de solución; que son afortunados pues siendo niños les está tocando vivir el primer paso de la paz de su país; que el universo les ha puesto una tarea inmensa como constructores del futuro de Colombia, como los primeros que crecerán entendiendo que Colombia somos todos, reaccionando distinto, aceptando la diferencia, concibiendo la vida de una forma incluyente, priorizando la educación, poniéndose en los zapatos del otro, dándole la mano al que la tiene más difícil.

Yo, si algún día tengo hijos, me sentaré a explicarles desde el fondo de mi corazón que la paz empieza por no burlarse de otro niño en el colegio y por sentarse con él si es otro el que se burla; por valorar los actos humanos sobre las cosas materiales; por agradecerles siempre a las personas que nos sirven y nunca hacerlas sentir que están por debajo; por no negarle una sonrisa a nadie; por no dudar un solo segundo de que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, sin importar los colores ni las creencias ni los billetes en el bolsillo; por tratar a los animales y a la naturaleza con respeto y amor, pues no pueden decirnos con palabras lo que les duele, a pesar de que les duela tanto; por comprender, respetar y darles amor a las personas mayores, que seguramente sienten nostalgia de no tener la misma fuerza; por entender, finalmente, que el mundo tiene muchas situaciones injustas y dolorosas, que a algunos les toca luchar mucho más, que la persona que está en la calle necesita un aliento a través una sonrisa y un ‘muchas gracias’, que somos responsables de nuestros actos y que tenemos la obligación de actuar para construir la paz, desde las posibilidades de cada uno.

Yo les diría a los niños que están naciendo y creciendo hoy, que, entre muchas otras cosas, el universo los puso aquí como los niños de la paz.

 

Autora

Soy Catalina Franco Restrepo, periodista, viajera y lectora incansable. Aprendiz de escritora. Soy colombiana y vivo en Colombia, pero he viajado por más de 40 países y vivido en Estados Unidos, Canadá y España. Tengo un máster en Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid porque soy adicta a entender cómo funciona este mundo maravilloso, complejo y tantas veces tan doloroso. Después de hacer una práctica en CNN en Atlanta, he trabajado en medios de comunicación como La W, en editoriales como el Taller de Edición y en distintas empresas como asesora de comunicaciones y relaciones públicas. He hecho traducciones y escrito para distintos medios nacionales e internacionales. Pero siempre, a lo largo de todos esos años, he viajado y he leído, me he conmovido con el mundo y he intentado escribir. Así que soy viajera y contadora de historias.

En cuanto a este blog, hay espacio para mis textos sobre lo que me conmueve, para opiniones sobre el mundo y también para compartir la riqueza del planeta a través de relatos e imágenes de viaje.

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